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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CONSEJO EJECUTIVO DE LA UNICEF*

Sala Clementina
Jueves 26 de abril de 1984

 

Señor Director ejecutivo:

Es para mí una alegría darle la bienvenida esta mañana en el Vaticano a usted y con usted, a todas las personas relacionadas de algún modo con la asamblea del Consejo ejecutivo de la UNICEF que se reúne estos días en Roma.

A su organización se le ha confiado una tarea muy noble y urgente: la preocupación por todos los niños del mundo. La Santa Sede sigue sus actividades en este campo con gran atención. De hecho, la misión y el deber de servicio de la Iglesia a la familia humana la hace especialmente sensible a las necesidades de los niños, ese precioso tesoro, merecedor del mayor amor y respeto, que se da a cada generación como un reto a su sabiduría y sensibilidad.

Así, pues, me complace mucho tener esta oportunidad para compartir con usted algunas reflexiones relacionadas con su tarea.

1. Hace exactamente cuatro años, cuando tuve el honor de dirigirme a la XXXIV Asamblea General de los Naciones Unidas, planteé la siguiente cuestión: “qué más se podía desear a cada nación y a toda la humanidad, a todos los niños del mundo sino un futuro mejor en el que el respeto de los derechos del hombre llegue a ser una realidad plena durante todo el tercer milenio que ya está a las puertas” (Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 2 de octubre de 1979, n. 21. L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 14 de octubre de 1979, pág. 15).

La atención al niño es atención por ese futuro mejor sobre el cual hablé a la Asamblea General. Lo que está en juego en la infancia y en la atención a los niños es la suerte y el destino de la persona, de la vida humana y de la existencia. El niño es signo del misterio de la vida y piedra de toque de la autenticidad de nuestro respeto por el misterio de la vida. Cada niño es, en cierto modo, un signo de la esperanza de la humanidad. El o ella son signo de la esperanza puesta y expresada por el amor de los padres, un signo de las esperanzas de una nación y de un pueblo.

El niño representa además un signo especial para la Iglesia. La atención al niño está enraizada, en efecto, en la misión fundamental de la Iglesia. Como recordaba en mi Exhortación Apostólica Familiaris consortio hablando sobre el papel de la familia cristiana en el mundo moderno, la Iglesia “está llamada a revelar y a proponer en la historia el ejemplo y el mandato de Cristo, que ha querido poner al niño en el centro del Reino de Dios: ‘dejad que los niños vengan a mí... que de ellos es el Reino de los cielos’ (Lc 18, l6)” (núm. 26).

En realidad Cristo llega incluso a identificarse a sí mismo con los niños: “Y el que por mí recibiere a un niño como éste, a mi me recibe” (Mt 18, 5). Cada uno de los niños de Éste mundo es un signo viviente de ese misterio de vida y esperanza que se reveló en Jesucristo.

Esta es la razón por la que la Iglesia ha considerado siempre que cualquier esfuerzo que se haga en orden a un desarrollo genuino del niño es una inversión inestimable para un futuro mejor de toda la sociedad.

2. Aunque uno pueda confortarse contemplando cómo la opinión pública va tomando cada vez más conciencia de la necesidad de dedicar mayores recursos, y con mayor urgencia, al bienestar de los niños, sigue siendo verdad que la situación de muchos niños en el mundo de hoy es extremadamente crítica. Uno de los mayores escándalos de nuestra sociedad es ciertamente que, a pesar del progreso enorme que se ha logrado en el campo científico y técnico, sean tantos los niños que se encuentran entre los seres que más sufren. Resulta incluso triste darse cuenta de que tales niños, y de un modo especial los más pobres entre ellos, son con frecuencia los primeros en verse afectados por la depresión económica y sus consecuencias. Las escandalosas diferencias que existen en nuestra sociedad se reflejan de un modo especial entre nuestros niños: mientras en un sector del mundo los niños carecen de las necesidades humanas más elementales, en otros sectores los niños son inseridos desde su más tierna infancia en una sociedad basada en el consumo, la posesión e incluso el derroche.

Tal situación constituye un reto para la conciencia de cualquier hombre y mujer en nuestro mundo, de cada nación y particularmente de aquellos que tienen alguna responsabilidad en la comunidad internacional. A las exigencias de la conciencia no se puede responder con vagas promesas y, mucho menos, con la explotación política del dolor humano. La crítica situación de sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas más débiles reclama esfuerzos rápidos y coordinados en orden a asegurar a todos nuestros niños un futuro mejor, al cual tienen derecho.

3. La solicitud de la Iglesia por los niños nace también del hecho de que la Iglesia se sitúa del lado de la vida. La Iglesia considera que un aspecto prioritario de su misión en el mundo de hoy consiste en proclamar el valor de todas y cada una de las personas humanas, especialmente de aquellos que tienen menos posibilidad de defenderse. Por esta razón, la Iglesia no dejará nunca de alzar su voz profética proclamando que la vida humana tiene que ser respetada y protegida desde el momento de su concepción.

¿No hay que percibir en el cambio del índice demográfico de muchos países desarrollados un cambio de actitud hacia el niño y hacia la misma vida? ¿No puede ocurrir que en su deseo de que sus hijos tengan el mayor número de cosas posible, algunas personas los estén privando de los elementos básicos y positivos, necesarios para que sean una persona humana auténtica? ¿No es posible detectar un cierto temor ante el niño, temor ante las exigencias de amor y generosidad humana que requieren la procreación y educación de un niño? ¿No pertenecen el amor, la generosidad y la autodonación a los elementos más nobles de la misma vida? La mentalidad anti-vida que ha surgido en la sociedad actual es muchas veces signo de que la gente ha perdido la fe en la vida, ha perdido la visión de los elementos más fundamentales del destino humano.

Es un peligro real recurrir a soluciones que parecen ofrecer resultados a corto plazo, pero que, por tratarse de soluciones que no se fundamentan en una visión integral de la persona, no sólo no conducirán a la solución deseada sino más bien a un ulterior enajenamiento del hombre respecto a sí mismo.

4. Un ejemplo de respuesta falsa a la situación crítica de los niños sería indudablemente adoptar una política que tuviera como resultado tal debilitación de la institución familiar, especialmente en aquellos países en vías de desarrollo en los que el sistema familiar tradicional está impregnado realmente de sabiduría humana y nutrido de profundos valores morales.

La Iglesia está convencida de que una de las respuestas más vitales a la situación del niño en el mundo actual debe proceder de un reforzamiento y fortalecimiento de la familia como institución y mediante una política que permita a las familias desempeñar el papel irreemplazable que les compete propiamente a ellas.

La Santa Sede ha ofrecido recientemente a la comunidad internacional una Carta de los Derechos de la Familia, un documento que había sido solicitado por muchos obispos de todo el mundo durante el Sínodo de Obispos de 1980, celebrado aquí, en el Vaticano. Este documento señala con claridad áreas en las que los derechos de la familia son ignorados y minados. Pero es, en primer término, un documento que demuestra la confianza que la iglesia tiene en la familia, que constituye la comunidad natural de vida y amor a la que se ha confiado la tarea singularísima de la transmisión de la vida y el cuidado y desarrollo amorosos de la persona humana, especialmente en los primeros años.

Una vida familiar sana contribuirá enormemente a la estabilidad de la sociedad. Garantizará que los niños reciban un desarrollo personal armonioso, en el que sus necesidades sean tomadas en consideración desde una perspectiva integral. Sé que usted conoce muy bien la contribución que las familias pueden prestar a un cuidado sano, a una educación sana y a la erradicación de enfermedades en los países en vías de desarrollo. El amor y la estabilidad que una vida familiar sólida y genuina puede ofrecer en el terreno físico, cultural y moral, tiene que ser considerado, por consiguiente, como factor importante a la hora de responder a las nuevas formas de enfermedad que afectan cada vez más a los niños de los países desarrollados.

Hablando de la familia, no puedo pasar por alto el importante aspecto del papel de la maternidad y la necesidad de que se dé a las madres toda la protección y asistencia necesarias durante el embarazo y por un período de tiempo razonable después del parto. Un elemento esencial en cualquier política en favor del niño es procurar una presencia efectiva de la madre entre sus hijos más pequeños y garantizar que las madres se preparen para desempeñar con eficacia su papel en las áreas de la nutrición y de una sana educación. La Santa Sede ha abogado repetidamente en favor de adecuados avances personales y sociales para la mujer a fin de asegurar la dignidad de las mujeres y el progreso de la calidad de vida a las futuras generaciones. Cualquier política que se oriente a ayudar a las madres a desempeñar sus tareas con eficacia y satisfacción debe basarse en el principio que supone reconocer adecuadamente el trabajo de las madres en el hogar por el valor que éste tiene para la familia y la sociedad.

5. Precisamente porque se da cuenta del gran valor de la familia, la Iglesia se siente particularmente cercana a aquellos niños que no tienen la alegría de crecer en el seno de una familia sana y completa. Como afirmaba en la Familiaris consortio: “Hay en el mundo muchas personas que desgraciadamente no tienen en absoluto lo que con propiedad se llama una familia. Grandes sectores de la humanidad viven en condiciones de enorme pobreza, donde la promiscuidad, la falta de vivienda, la irregularidad de relaciones y la grave carencia de cultura no permiten poder hablar de verdadera familia. Hay otras personas que por motivos diversos se han quedado solas en el mundo” (núm. 85).

Junto a todos los esfuerzos que debemos hacer para intentar que se ayude a las familias a desempeñar su papel con mayor eficacia, es importante dedicar atención urgente e inmediata a aquellos niños privados de vida familiar. En especial hago un llamamiento a otras familias para que respondan a su vocación a la hospitalidad y abran sus puertas a niños que tengan necesidad de atención temporal o permanente. Al mismo tiempo, renuevo mis llamamientos a las autoridades para que provean una legislación que permita a las familias adecuadas adoptar niños o atenderlos durante cierto tiempo. Tal legislación debe respetar al mismo tiempo los derechos naturales de los padres, incluida la esfera religiosa. También es importante intentar que se eliminen todos los abusos que se cometen en este campo, tanto a nivel nacional como internacional, y que consisten en explotar a los niños y sus necesidades.

Señor Director ejecutivo, deseo que no tenga usted ninguna duda de que todos aquellos que trabajan sinceramente por un futuro mejor para todos los niños del mundo encontrarán en la Iglesia y en esta Sede Apostólica un fiel aliado. Pido la bendición de Dios para su trabajo y para el trabajo de todas aquellas instancias e individuos que, por tantos y tan variados caminos, intentan garantizar que el don de la vida humana de que participa cada niño pueda desarrollarse del modo más pleno para el bien de toda la humanidad.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 24, p.23.

 

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