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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LAS COMISIONES INTERNACIONALES
SOBRE EL DESARROLLO Y EL DESARME*


Sábado 21 de enero de 1984

 

Queridos amigos:

1. Es un placer para mí dar hoy la bienvenida a los miembros de la Comisión Independiente sobre el Desarrollo Internacional, bajo la presidencia del señor Willy Brandt y de la Comisión Independiente sobre el Desarme y Seguridad, presidida por el señor Olof Palme. Ambas Comisiones han reunido expertos y dirigentes de todo el mundo, con una experiencia impresionante en diversos campos, con el fin de estudiar algunos de los mayores problemas de la civilización contemporánea.

Vuestras dos Comisiones han examinado cuestiones que se relacionan con muchos de los importantes desafíos que debe afrontar la humanidad al final de este milenio. El hecho de que os hayáis reunido aquí en Roma me brinda una oportunidad para subrayar de nuevo la unión intrínseca que existe entre las dos series de problemas que cada Comisión ha afrontado y entre las soluciones de las cuestiones Norte-Sur y de los problemas existentes en el contexto Este-Oeste.

En diversas ocasiones, especialmente en mi Mensaje con ocasión de la Jornada mundial de la Paz de este año, y en mi alocución al Cuerpo Diplomático, he llamado la atención de los dirigentes mundiales y de los hombres de toda condición sobre la interrelación de estas dos grandes cuestiones.

2. Cualquier esfuerzo por establecer un orden internacional más justo y fraterno debe tener en cuenta la realidad del mundo actual. Hoy los desafíos y los problemas que afectan a los hombres en todas partes trascienden las fronteras nacionales, e incluso regionales. Los dirigentes de las naciones ya no pueden confeccionar su programa político aisladamente, con la mirada únicamente puesta en sus propios intereses nacionales. Las decisiones tomadas para el bien de el país o región en la esfera económica, social y política, afectan necesariamente a otros pueblos, naciones y regiones. Si hoy “la cuestión social ha tomado una dimensión mundial” (Populorum progressio, 3), quiere decir que los programas de naciones y regiones deben nacer de una atención consciente a ese hecho y procurar calcular, desde el principio, el impacto que tales proyectos tendrán en los pueblos y naciones directa e indirectamente afectados. Está fuera de toda duda que los medios y el talento están al alcance de la mano; es hay tarea de los dirigentes utilizarlos y mostrar a sus pueblos cómo esta visión de conjunto proyectada al exterior es, en última instancia, la mejor garantía para ellos mismos y para los otros pueblos del mundo.

Hay factores muy complejos de tipo técnico, científico, social y político que deben ser afrontados, cada uno con su importancia específica, si queremos que la situación del mundo actual mejore. Podríamos engañarnos pensando que la aplicación de una simple fórmula universal remediaría la situación y restauraría un orden mundial de justicia, fraternidad y paz. Las respuestas a los problemas deben ser elaboradas cuidadosamente y puestas en práctica con paciencia. Deben ser examinadas y contrastadas para asegurarse que responden a las necesidades y son de verdad soluciones adecuadas. Una tarea así exige lo mejor de un amplio equipo de expertos que trabajan unidos por el bien común. Esto significaría corregir, donde sea necesario los sistemas o incluso crear nuevas estructuras allí donde se vea su necesidad.

3. De todos modos, existe todavía un aspecto más profundo que no puede ser ignorado. Hay exigencias íntimas en cada una de estas iniciativas a las que se debe atender, y sobre las que quisiera llamar vuestra atención hoy. Esto es lo que quise decir cuando afirmé en el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de este año: “La importancia que tiene la humanidad para resolver las tensiones, revela que los obstáculos o por el contrario, las esperanzas, provienen de algo más profundo que los mismos sistemas” (núm. 1). Ningún sistema es capaz de satisfacer todos los anhelos del corazón humano. Todo sistema está sometido a crecer y menguar, porque está sujeto a las aspiraciones de los seres humanos que los controlan. Por esta razón, es importantísimo se conozcan por parte de todos que las estructuras que se intenta corregir o crear deben ser capaces de acrecentar la libertad y dignidad de los individuos y pueblos a los que atañen.

Esto significa que un hombre nunca puede ser reducido a un objeto o a una realidad unidimensional, como “homo economicus” u “homo faber”. Igualmente significa que el hombre debe mantenerse en el centro de cualquier proyecto, a fin de que las estructuras que construyamos o reformemos permitan una mayor libertad y dignidad a toda persona afectada por la institución. En ello está implícita la visión del hombre como transcendente y transcendiendo, desarrollándose a sí mismo mediante un crecimiento que le saca de sí mismo, realizando su propio potencial a través de la participación en la comunidad con sus hermanos y hermanas, y, en último término mediante la profundización de su relación con Dios, que es el Padre de todos nosotros y fuente última de la vida y dignidad de toda persona.

Si los dirigentes y legisladores de nuestras sociedades al final de este milenio tienen presente esta imagen de todo hombre en su plena potencialidad, entonces grupos como los vuestros tendrán una mayor posibilidad de contribuir a una distribución justa de los recursos de la tierra, en una comunidad de naciones que habrá aprendido a vivir en armonía y paz. Con este noble fin encomiendo vuestros esfuerzos, y ofrezco la seguridad de mis oraciones por su éxito.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 19, p.14.

 

© Copyright 1984 - Libreria Editrice Vaticana

 

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