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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ACADEMIA ECLESIÁSTICA PONTIFICIA

Lunes 30 de enero de 1984


Monseñor Presidente,
queridos sacerdotes de la Pontificia Academia Eclesiástica:

 

1. Me da alegría este encuentro con vosotros a breve distancia de la visita que tuve el gozo de hacer el año pasado a la Academia Eclesiástica; esta reunión me ofrece la oportunidad de veros de nuevo y profundizar en un diálogo que se sitúa en una dimensión de fe  y de gracia sobrenatural y eclesial.

Ante todo agradezco a mons. Cesare Zacchi las corteses expresiones que me ha dirigido interpretando vuestros sentimientos. A él, al director espiritual y a cuantos se prodigan por vuestra formación expreso mi agradecimiento y aprecio. Un saludo y augurio particular  le deseo a los cinco alumnos que, terminados los cursos académicos, se disponen a comenzar su servicio a la Santa Sede.

2. Al reanudar el diálogo con vosotros, queridos alumnos, quisiera proponeros algunas consideraciones sobre una dote y un don peculiar al que debe tender vuestra formación y que ha de caracterizar vuestra personalidad e inspirar vuestra misión: el discernimiento.

En la Carta a los Romanos, San Pablo así nos exhorta: "No os conforméis a éste siglo, sino transformaos por la redención de la mente para poder conocer cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta" (Rom. 12, 2).

Os estáis preparando a un ministerio que exige capacidad especial de discernimiento. En su aspecto exterior, este servicio se presenta con una estructura que tiene algunos puntos de semejanza con funciones análogas ejercidas por la sociedad civil y política. Pero las motivaciones de fondo y los criterios que inspiran el servicio de los Representantes de la Santa Sede son diferentes y completamente originales. En efecto, todo ministerio en la Iglesia tiene por modelo a Jesucristo, por norma suprema el Evangelio, su fuente última de inspiración es el Espíritu Santo y es su objetivo el reino de Dios.

Estas realidades espirituales están en la base de vuestra vida y de la misión que se os confía. Es menester saber captarla y vivirlas. El discernimiento es precisamente esta capacidad de saber juzgar e interpretar la vida, actividades y situaciones de la Iglesia y del mundo a la luz de Cristo y del Evangelio.

3. Es importante estudiar con atención las condiciones, puestas por San Pablo para que progrese el discernimiento.

En primer lugar, como dice el Apóstol, no hay, que conformarse con la mentalidad del siglo. No puede ser el mundo el que os ofrezca, criterios válidos para valorar y elegir. Puesto que el mundo se contrapone, al espíritu de Cristo, coloca en primer lugar la búsqueda del prestigio, la carrera, la riqueza, los intereses y el aparentar más que e1 ser. Debéis guardaros bien de tal mentalidad  si queréis ser idóneos para cumplir un ministerio eclesial auténtico y provechoso.

Por otra parte, esta “separación” interior del mundo, unida a una riqueza interior de fe, os permitirá captar mejor la realidad del mundo, sus aspiraciones, sus expectativas y retos, y así podréis responder a todo ello con la gracia y la luz de Cristo.

4. La otra condición que pone San Pablo para tener discernimiento es la transformación interior, la renovación de la mente. Esta renovación es la vida nueva, la gracia y la verdad, que son obra de Cristo (cf. Jn 1, 17). A esto debe tender toda la formación humana, espiritual y cultural que recibís en la Academia Eclesiástica.

La auténtica educación tiende, de hecho, a encauzar todos los elementos y aspectos de la existencia y todas las adquisiciones culturales, hacia una síntesis vital en Cristo, a "recapitular todas las cosas en Cristo" (Ef. 1, 10).

5. La Iglesia y la Sede Apostólica esperan de vosotros que poseáis en abundancia ese discernimiento espiritual, porque cuanto más rico sea éste, mejores servidores buenos y fieles seréis.

En virtud de tal discernimiento tendréis la capacidad y el don inestimable de ver y hacer vuestra la perspectiva del hombre, de la sociedad y de la historia con sus diferentes elementos socio-políticos y culturales, en la esfera de Cristo Revelador del Padre y Redentor del hombre, centro del cosmos y de la historia.

Este discernimiento precisamente os permitirá captar el "kairos" de la Iglesia en un contexto social determinado, con la óptica del reino de Dios y el dinamismo trascendente de la historia de la salvación.

Más aún, el discernimiento os capacita para interpretar y proponer lo que «el Espíritu dice a las Iglesias», para que las Iglesias acierten a vivir el Evangelio y responder a las expectativas y retos del mundo de hoy. 

6. El discernimiento será una riqueza en vosotros si lo recibís como gracia del Espíritu Santo y como síntesis de los dones de ciencia, entendimiento y  sabiduría que florecen  en la vida  espiritual, ferviente e intensa.

Con el fin de que el Espíritu Santo os conceda en abundancia este don, pido para vosotros la intercesión de María, Sede de la Sabiduría y Madre del Buen Consejo, y os imparto de corazón mi bendición.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 7, p.4.

 

© Copyright 1984 - Libreria Editrice Vaticana

 

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