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VIAJE APOSTÓLICO A SUIZA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO ANTE EL GOBIERNO DE
SUIZA*

Friburgo, 13 de junio de 1984

 

Excelencias, Señoras y Señores:

1. En el curso de mis visitas pastorales a diferentes países, siempre reservo un breve encuentro al Cuerpo Diplomático acreditado ante el Gobierno. Querría subrayar él interés de este encuentro, y sé que también ustedes le conceden importancia. Ocupa un lugar singular entre los otros que agrupan sobre todo a cristianos con una finalidad religiosa y pastoral. Este encuentro me permite saludar, a través de sus personas, a las autoridades civiles y a los pueblos de muchos países; algunos de éstos me son ahora familiares por mis viajes; la mayoría están representados ante la Santa Sede. Y, sobre todo, quiero evocar con ustedes los problemas de la Comunidad mundial, para los que han recibido misión y competencia.

Esta misión es tan importante y delicada que siempre ha gozado, desde la antigüedad a nuestros días, de un gran respeto e incluso de una garantía de inviolabilidad para con la persona investida de tal responsabilidad y para su libertad de acción. Este principio sigue siendo fundamental, aunque haya que lamentar ciertos hechos que a veces lo contradicen.

2. Lo que quiero subrayar, en todo caso, es el valor del trabajo que recae sobre los diplomáticos, en beneficio de sus compatriotas y de la paz mundial. Son personas que, por su formación cultural, su preparación específica, sus capacidades, su visión de los hombres, de las cosas y de los acontecimientos, su sabiduría y su fidelidad a su propia patria, son escogidas para una misión prolongada o, en algunos casos, para la solución de ciertos asuntos especiales. Todos los que forman parte de esta rama de la actividad política del Estado, sea cual fuera la escala jerárquica a la que pertenecen, tienen el honor y la obligación de ser conscientes de sus responsabilidades específicas de cara a las autoridades de su país, pero también de cara a la Comunidad política internacional en medio de la cual trabajan. Pienso en los Embajadores y en sus colaboradores. Pienso también en los representantes y en los observadores cerca de las numerosas Organizaciones internacionales de gran prestigio que han establecido su sede en este país.

Sin duda, la evolución de los tiempos y de las sociedades ha contribuido a transformar ciertas formas exteriores de la diplomacia clásica, a modificar algunas de sus atribuciones y funciones. La extraordinaria rapidez de la información y de las comunicaciones, la facilidad de contactos a los más altos niveles permiten a los responsables de la vida nacional tratar directamente muchos e importantes asuntos de los que sus predecesores se hacían cargo casi por completo. Pero esto no disminuye la razón de ser de estos colaboradores indispensables, que son los diplomáticos. Al contrario, en la medida en que surjan nuevos problemas, intereses y necesidades, y se acentúe la interdependencia, haciéndose así más numerosas y complejas las relaciones de colaboración entre los países, seguirá siendo indispensable la presencia en el extranjero de hombres experimentados, buenos conocedores de la vida internacional, dotados del sentido de responsabilidad y de una gran rectitud. Ustedes siguen siendo quienes transmiten las instrucciones y expresan la voluntad de sus gobernantes, los discretos servidores de los intereses de sus pueblos, los obreros de la paz. Una tarea que a veces no es quizás bien comprendida, pero es necesaria, delicada y meritoria.

En efecto, la actividad que ustedes desarrollan no es autónoma ni está a merced de una inspiración estrictamente personal. La obra del diplomático es la expresión, en el plano internacional, de un cierto modo de guiar los destinos de tal o cual país. Podría decirse que constituye el reflejo de los principios doctrinales o del pragmatismo que comporta el programa gubernamental para las relaciones de todo tipo con los demás países. Esta función es propia, en un grado eminente, de los Jefes de Misión, que representan a la persona del Jefe del Estado y que desempeñan el papel de portavoz oficial de la política de su Gobierno.

La misión que ustedes desempeñan los confronta con los problemas vitales de la sociedad para contribuir a su progresiva solución. Se trata de los grandes objetivos humanos que a continuación voy a evocar, como suelo hacerlo también con los Jefes de Estado, porque son problemas que preocupan a la Iglesia.

3. Ustedes tienen que defender y favorecer loe intereses de sus países. Tienen que crear un terreno favorable a los intercambios comerciales, financieros y culturales, entre sus países y los otros. Ustedes tienen que suscitar y hacer revivir las simpatías, o hacer desaparecer las antipatías que impiden los contactos normales y las amistades. Tienen que desempeñar su propio papel en el campo de la política bilateral y de la política internacional. Les compete intervenir en los candentes y numerosos problemas que actualmente turban al mundo entero. Ustedes los conocen bien. Cada uno de ellos es susceptible de poner en peligro la paz, frágil y vacilante: conflictos regionales ya existentes; carrera de armamentos; proliferación de armas nucleares; hambre, sequía y miserias de todo tipo en diversas partes del globo; desprecio de la justicia y de los derechos del hombre; tensiones ideológicas; etc. La diplomacia está presente en todos estos problemas, actuando según sus reglas (cortesía, discreción, negociación) de cara a la gravedad de las dolorosas situaciones de nuestro mundo, para estudiar los medios de llegar a una solución satisfactoria, lo más justa y eficaz posible, evitar a los pueblos ulteriores sufrimientos y proporcionarles un rayo de esperanza.

4. El país en el que ustedes ejercen actualmente su misión diplomática parece estar al abrigo de los graves problemas que acabo de evocar, pero, por contraste, ofrece una posibilidad de perspectiva para captar su importancia a nivel de otros países. Suiza ha luchado por mantener la paz, la coexistencia respetuosa entre poblaciones muy diversas por sus tradiciones y sus lenguas, por promover en sus fronteras la democracia y la libertad; frente a esto, deben suponer para ustedes un horror las guerras civiles ruinosas, los conflictos entre países vecinos, los totalitarismos, el ahogo de las libertades fundamentales (entre ellas, de la libertad religiosa). El terrorismo internacional, que se ceba en los inocentes y desestabiliza a los países que aspiran a la paz, no debería tener trato de favor o complicidad a nivel de responsables, y mucho menos entre los diplomáticos, cuya misión no puede servir de apoyo a “soluciones” de violencia. El creciente fenómeno de los refugiados políticos (numerosos aquí) debe plantearles a ustedes la cuestión fundamental, no sólo de la acogida y de la ayuda de sus propios países, sino de los motivos inadmisibles que empujan a tantos hombres y mujeres a expatriarse para salvaguardar su libertad de pensamiento y de creencia. La afluencia de mano de obra extranjera suscita también la reflexión sobre las condiciones de trabajo y las condiciones de vida familiar de esos trabajadores. En fin, la situación generalmente confortable de la mayoría de los ciudadanos de este país (por lo que se refiere a los bienes materiales y a la salud) no debería hacerles a ustedes olvidar a quienes, en tantas regiones del mundo, se ven privados del mínimo vital. Y una razón más para no olvidarlos lo constituye el hecho de que Suiza acoge a Organismos internacionales que tratan de hacerse cargo de estos problemas.

5. Ustedes saben bien que la Iglesia, cuya misión es la de extender el Evangelio, se compromete al mismo tiempo a promover la dignidad integral del hombre, sin ningún otro interés, ni político ni económico. Continuamente recuerda los principios esenciales en favor de la persona humana, de la armonía social, de los derechos de los pueblos, en favor de la justicia, de la paz y de una verdadera fraternidad entre todos los hombres.

Con esta finalidad, y en su nombre, la Santa Sede ofrece su colaboración a los responsables del bien común; tanto a ellos como a ustedes, señores Jefes de Misión aquí presentes, expreso mi estima y mis mejores deseos de cara a la actividad y a los esfuerzos desplegados para construir un mundo mejor, basado sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad, que son los únicos auténticos pilares de la paz en la sociedad humana. Este era el deseo expresado por Juan XXIII en la Encíclica Pacem in terris, y él había vivido desde dentro la misión diplomática.

Excelencias, señoras y señores: Les agradezco su visita y pido a Dios que bendiga a sus personas, a sus familias y su contribución por el bien de la humanidad.


*L' Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.27, p.10.

 

© Copyright 1984 -  Libreria Editrice Vaticana

 

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