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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE CANADÁ
ANTE LA SANTA SEDE*

Viernes 30 de marzo de 1984

 

Señor Embajador:

Me complace recibir aquí a Su Excelencia y le doy las gracias por los sentimientos y cordiales votos que acaba de manifestarme en nombre del Gobierno y del pueblo canadienses.

Le agradeceré que se haga el intérprete de mi agradecimiento ante las autoridades a quienes representa, y también de mis cordiales deseos para el desempeño de su alta responsabilidad al servicio de sus compatriotas. Varias veces he tenido ya ocasión de recibir aquí a personalidades civiles de su País y, en particular, al Sr. Primer Ministro, Don Elliott Trudeau.

Usted comienza hoy a ocupar un lugar en la lista de Embajadores de Canadá que se han sucedido aquí en estos quince años y han honrado mucho a su País, ganándose la estima de la Santa Sede. El interés que puso usted mismo desde el primer momento en la instauración de estas relaciones diplomáticas, da a entender que está bien preparado para captar su especial significado y alcance, y que pronto le resultarán familiares. Por su parte, la Santa Sede será feliz de conocer cada vez mejor, por medio de usted, las realidades complejas e interesantes de la vida de los canadienses y los problemas que tienen planteados sus dirigentes. Y a su vez, atestiguará ante usted la acción espiritual y los esfuerzos por la paz que la Santa Sede realiza y ofrece al mundo, de acuerdo con su misión. En muchos campos estos esfuerzos coinciden con los de su País para el bien de la comunidad mundial; y espero que en esta perspectiva la cooperación entre Canadá y la Santa Sede resulte cada vez más fructuosa.

Los intercambios con su Patria van a registrar un momento fuerte con motivo de mi viaje pastoral, cuya realización se acerca y que usted ha recordado amablemente. Yo también pienso en él con alegría. La duración y extensión del mismo, en lo posible en diez días, parecen estar a la medida casi continental de su País y responder a la variedad de sus comunidades. Los contactos que ya he mantenido aquí con muchos canadienses, sobre todo con los obispos y con las autoridades civiles, sumados a las visitas que he tenido ocasión de hacer a su tierra para reunirme con los emigrados polacos, me han permitido entrar en simpatía profunda con sus compatriotas. Canadá sigue siendo un país joven, con inmensas posibilidades de todo tipo, lleno de dinamismo y esperanza, pero sin que le falten tradiciones bien arraigadas. Formulamos los mejores votos por su armonía en la diversidad, por el mantenimiento y profundización de los valores humanos y cristianos de su patrimonio, y por su irradiación y aportación benéfica a la solución de los problemas internacionales.

Sí, Su Excelencia ha puesto bien de relieve la variedad cultural de los grupos que forman actualmente Canadá. Se diferencian en origen, lengua, mentalidad, intereses locales y ciertas estructuras típicas de las provincias; y sin embargo, en la Confederación están llamados a procurar el bien común necesario al conjunto y adoptar el mismo compromiso en relación con el exterior. Este equilibrio difícil que necesita consolidarse y perfeccionarse constantemente teniendo en cuenta las peculiaridades, requiere sin cesar respeto de los demás que son diferentes, diálogo, voluntad de comprensión y, claro está, solidaridad efectiva.

Por lo demás, el cambio rápido que ha experimentado y seguirá experimentando la sociedad canadiense y que es fuente de progreso bajo ciertos aspectos, lejos de dañar la identidad del patrimonio canadiense, ayudará siempre a vivir todos los valores humanos y cristianos en el nuevo contexto cultural. Estos valores deberán consolidarse y arraigarse como puntos de referencia indispensables, como exigencias benéficas para un auténtico progreso, y también como premisas para una civilización verdaderamente humana; dichos valores dan sentido pleno a la vida, a la libertad y a la comunidad. Una civilización sólo es grande por su alma.

Y, en fin, del mismo modo que la Iglesia en Canadá ha tomado conciencia de sus responsabilidades respecto de las Iglesias de otros países, sobre todo de las Iglesias jóvenes, igualmente el Pueblo canadiense y su Gobierno pueden contribuir a proyectar en el mundo las preocupaciones sumamente humanitarias que usted ha enumerado, referentes sobre todo al arreglo pacífico de diferencias, garantía de los Derechos del hombre y en especial de la libertad de conciencia, y solidaridad con los pueblos menos favorecidos que carecen trágicamente de lo necesario.

En todos estos campos, su País encontrará en la Santa Sede comprensión, apoyo y estímulo. Ya desde ahora pido a Dios que mueva al Pueblo canadiense y a sus dirigentes por este camino honroso y generoso. Y a usted, Señor Embajador, le deseo una misión feliz y fructuosa.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 32, p.4.

 

© Copyright 1984 - Libreria Editrice Vaticana

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