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VIAJE APOSTÓLICO A COREA, PAPÚA NUEVA GUINEA,
ISLAS SALOMÓN Y TAILANDIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL GOBIERNO DE TAILANDIA Y AL CUERPO
DIPLOMÁTICO ACREDITADO EN BANGKOK*

Palacio del Gobierno, Bangkok
Viernes 11 de mayo de 1984

 

Señor Señor Primer Ministro,
distinguidas Señoras y Señores,
queridos amigos:

1. Constituye para mí un placer especial poder dirigir a ustedes y a aquellos a quienes representan, mis cordiales saludos y sincero agradecimiento por su presencia aquí.

Las amistosas relaciones entre la Santa Sede y el Reino de Tailandia se remontan a unos trescientos años en la historia. En 1669, durante el reinado del Rey Narai el Grande, y el pontificado del Papa Inocencio XI, fue erigido el primer Vicariato Apostólico en la ciudad sagrada de Ayutthaya. Los tiempos modernos hicieron sentir un creciente deseo de lazos más estrechos entre la Santa Sede y Tailandia, hasta que en 1969 se establecieron relaciones diplomáticas formales.

El presente estado de relaciones refleja la confianza mutua que existe entre la Santa Sede y Tailandia. Ello ofrece amplia seguridad al Gobierno de Tailandia de que no existe incompatibilidad a ningún nivel entre la lealtad de un ciudadano tailandés a su País y su aceptación del Evangelio cristiano o su condición de miembro de la Iglesia Católica. En realidad, la promoción de la virtud del patriotismo tiene una gran tradición en la doctrina católica, como demuestra la historia de tantos heroicos patriotas católicos en diversos países del mundo.

2. La Iglesia Católica es una comunidad universal cuyos miembros pertenecen a casi todos los países y continentes, naciones, razas, lenguas y culturas. La Iglesia considera que una parte importante de su misión consiste en la tarea de buscar caminos para el entendimiento y la colaboración pacífica entre los pueblos, promoviendo además iniciativas que salvaguarden y defiendan la dignidad que Dios ha otorgado a la persona humana.

Por esta razón, deseo aprovechar esta noche la oportunidad de llamar vuestra atención, como representantes de Gobiernos y Naciones, sobre un problema de una magnitud inmensa. Guardar silencio sobre el mismo equivaldría a negar en cierto modo lo que la Iglesia Católica enseña sobre la dignidad humana y sobre cómo los individuos y las naciones pueden y deben responder en defensa de esta dignidad. Me refiero a la situación de los miles y miles de refugiados que viven normalmente en este País. La preocupación profunda que siento por su bienestar y su futuro me impulsa a mencionar el tema en esta asamblea y a hablar en su favor.

Por cortesía del Gobierno Tailandés, he tenido la oportunidad de visitar esta mañana el Campo de refugiados de Phanat Nikhom, un centro de preparación y de tránsito para más de 17.000 hombres, mujeres y niños que han sido exiliados de sus propios países y han buscado refugio aquí en Tailandia. Para mí ha sido una experiencia particularmente conmovedora, pues, cuando contemplaba los rostros de tantos seres humanos que sufrían, sabía que otros muchos miles se hallaban en una situación similar, viviendo en los distintos campos de este País.

El triste destino de estas gentes, valientes y desafortunadas, no puede ser ignorado por la comunidad internacional. La Humanidad debe tomar cada vez más conciencia de la gravedad de la situación, a fin de que se emprendan acciones rápidas y decisivas orientadas a una solución adecuada.

3. La pobreza de estas víctimas de la inseguridad política y de las luchas civiles es tan extrema, prácticamente en todos los niveles de la existencia humana, que es difícil para un extraño hacerse una idea de ella. No sólo han perdido sus bienes materiales y el trabajo que les permitía ganar un sustento para sus familias y preparar un futuro seguro para sus hijos, sino que sus propias familias han sido desarraigadas y divididas: esposos y esposas separados, hijos separados de sus padres. En sus países de origen han dejado las tumbas de sus antepasados y con ello, en un sentido real, han dejado atrás una parte de sí mismos, empobreciéndose así todavía más.

Muchos de los refugiados han soportado graves peligros en su huida por mar o por tierra. Muchísimos de ellos fueron dados por perdidos ó muertos en camino, y con frecuencia fueron víctimas de una explotación vergonzosa. Habiendo llegado aquí, desposeídos de todo, se encontraron en un estado de total dependencia de otros que los alimentan, los visten, los protegen y toman las decisiones pertinentes sobre su futuro.

Y mayor es aún la pobreza de las personas ancianas, enfermas y minusválidas, las cuales tienen dificultades especiales para encontrar un País dispuesto a concederles asilo estable. Estas víctimas innumerables están sufriendo realmente una suerte cruel: imposibilitados para volver a su País, no pueden permanecer indefinidamente en esa situación. ¿Qué deben hacer? ¿El camino que se han visto obligados a seguir, les ofrece verdadera esperanza para el futuro?

4. Los gritos desesperados de estos hombres, mujeres y niños que sufren, han sido escuchados por mucha gente compasiva, tanto en Tailandia como en todo el mundo, ofreciéndoles así un resquicio de esperanza. En esta ocasión, deseo expresar mi admiración y aprecio a los varios grupos que han asistido a los refugiados durante su estancia en este País.

En primer lugar, deseo expresar mi gratitud al Gobierno y al pueblo de Tailandia. Estos merecen nuestro agradecimiento especialmente por haber aceptado ser, desde hace ya muchos años, el País de primera acogida para miles y miles de refugiados de otros lugares del Sudeste de Asia. La comunidad internacional conoce las dificultades que han encontrado. Tales dificultades no son sólo materiales. El orden político interno y externo se ha visto afectado por el influjo constante de los refugiados. La salida de esta misma gente hacia otros países de acogida no ha transcurrido siempre con la misma rapidez.

La historia recordará el sentido de hospitalidad, el respeto por la vida y la profunda innata generosidad mostrados por el pueblo de Tailandia. Estas virtudes nacionales han hecho posible que las autoridades tailandesas superaran múltiples obstáculos, ofreciendo así cierta dosis de esperanza a tantas personas que vivían en los límites de la desesperación. A Su Majestad el Rey y al Gobierno y pueblo de Tailandia les renuevo mi profundo aprecio.

Reconozco asimismo, con profunda estima, la labor del Alto Comisariato de las Naciones Unidas para los refugiados. La gran solicitud de esta Organización por la protección y asistencia de los refugiados en todo el mundo la ha movido, no sólo a asumir, con la ayuda constante de los Gobiernos, las cargas financieras del primer asilo, sino además la responsabilidad de animar a las naciones a aceptar refugiados y a ofrecerles una oportunidad real de instalarse definitivamente y comenzar una nueva vida. La generosa respuesta de las muchas naciones que han recibido a los refugiados es bien conocida y ha merecido ciertamente la gratitud eterna de los mismos.

Una solidaridad humana semejante han manifestado de forma clara numerosas Organizaciones no gubernamentales, tanto de carácter confesional como no confesional. Desearía señalar la labor de la COERR (Oficina Católica para el Auxilio de Emergencia y los Refugiados); me es grato mencionar también las otras muchas Organizaciones nacionales e internacionales que están cooperando en esta misión urgente de misericordia. Esas entidades han asistido a los refugiados ofreciéndoles facilidades de educación, ayudándolos a salvaguardar su identidad cultural y ofreciéndoles apoyo moral y psicológico.

Además, la contribución de muchas Organizaciones católicas es expresión de la generosidad y la solidaridad de numerosas Iglesias locales en otras partes del mundo. Desearía dirigir aquí una especial palabra de agradecimiento a aquellos que han prestado asistencia religiosa a los refugiados, satisfaciendo su hambre espiritual y respetando al mismo tiempo las creencias de las personas a quienes atendían.

Por último, no puedo callar la contribución prestada por los muchos voluntarios, especialmente jóvenes, que han venido de todas partes del mundo para ponerse al servicio de los refugiados. Sus experiencias quedarán profundamente grabadas en sus corazones y podrían muy bien dar una nueva orientación a sus vidas.

A todas estas personas y grupos quiero dirigirles una palabra de profundo agradecimiento y admiración. Aunque son incapaces de hacer frente a todas las necesidades de sus desafortunados hermanos y hermanas, estas personas generosas, mediante un magnífico ejemplo de cooperación, muestran a los refugiados que no están abandonados y que aún tienen motivos de esperanza, incluso en medio de una tragedia indecible.

Además, cuando pensamos en la gran cantidad de personas que viven en los campos, esas instancias y grupos nos ayudan a recordar que cada refugiado es un ser humano individual, con su propia dignidad y su propia historia personal, con su propia cultura, experiencias y aspiraciones legítimas. Muchos de los refugiados me han escrito expresándome sus angustias y esperanzas, y yo me he sentido profundamente conmovido por sus peticiones de atención y ayuda.

5. Con todo, los muchos esfuerzos realizados para disminuir los sufrimientos de los refugiados no deben constituir para la comunidad internacional una excusa para dejar de preocuparse por el futuro último de estas gentes. Queda el hecho de que resulta repugnante y anormal que cientos de miles de personas se hayan visto obligadas a abandonar sus propios países por razones de raza, origen étnico, convicciones políticas o religión o porque están en peligro de violencias o incluso de muerte debido a las luchas civiles o a la inseguridad política. El exilio viola seriamente la conciencia humana y las normas de vida en sociedad; es claramente contrario a la Declaración Universal de los Derechos Humanos y al mismo Derecho Internacional.

En consecuencia, los Gobiernos del mundo y la comunidad internacional a la larga deberán centrar su atención en soluciones políticas de amplio alcance a problema tan complejo.

La acogida en otros pueblos no puede ser nunca la respuesta definitiva a la situación de estas gentes. Tienen derecho a volver a sus raíces, a regresar a sus países de origen con su soberanía nacional y su derecho a la independencia y la autodeterminación; tienen derecho al conjunto de relaciones culturales y espirituales que los alimentan y los sostienen como seres humanos.

6. En último término, por consiguiente, el problema no podrá ser solucionado si no se crean las condiciones que hagan posible una reconciliación genuina: reconciliación entre las naciones, entre los diversos sectores de una determinada comunidad nacional, en el seno de cada uno de los grupos étnicos y entre esos mismos grupos étnicos. En una palabra, hay necesidad urgente de perdonar y olvidar el pasado y de trabajar juntos en la construcción de un futuro mejor.

En el contexto de mi llamamiento a la reconciliación, deseo expresar mi reconocimiento a los diversos representantes de otras tradiciones religiosas y espirituales. Su colaboración es testimonio de una convicción compartida sobre el deber de discernir más claramente los valores que configuran la dimensión espiritual de la existencia humana. Desde esta perspectiva, uno puede ver realmente que los esfuerzos comunes de los cristianos y los miembros de las religiones no cristianas en la tarea de reconciliar a los individuos y los grupos entre sí, pueden ser un campo fecundo de trabajo común. Esto es verdad sobre todo desde el momento en que tales esfuerzos responden a una tendencia fundamental del espíritu humano.

7. Señoras y Señores: Desde este lugar deseo renovar esta noche los llamamientos que he hecho en otras ocasiones a los representantes de los Gobiernos y Organizaciones internacionales para que aumenten e intensifiquen todos los esfuerzos a fin de que los refugiados, tanto aquí en Tailandia como en otros lugares, puedan ser acogidos de nuevo en sus propios países, en los cuales tienen derecho humano natural a vivir en libertad, dignidad y paz.

La Iglesia Católica, por su parte, ofrece la seguridad de su apoyo incansable a todas las iniciativas orientadas a conseguir este objetivo. Empeña al propio tiempo su disponibilidad constante para prestar la propia ayuda, en la medida en que pueda y únicamente por el amor y respeto que siente hacia la persona humana, a todos los esfuerzos orientados a restablecer las condiciones y circunstancias justas a las que cada uno de los refugiados tiene derecho humano y sin las cuales no es posible una paz justa y duradera.

Que nuestros esfuerzos comunes en la causa de la dignidad de la persona humana atraiga sobre nosotros abundantes bendiciones de Dios, que es la fuente de toda dignidad humana y que nos llama a reconocer y respetar esta dignidad como un don valioso suyo.

Que Dios os sostenga en la gran misión de servir a la Humanidad necesitada.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.21, pp. 22-23 (p.342, 343).

 

© Copyright 1984 - Libreria Editrice Vaticana

 

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