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VISITA PASTORAL A LOMBARDÍA Y PIAMONTE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PROFESORES Y ALUMNOS DE LA UNIVERSIDAD DE PAVÍA


Sábado 3 de noviembre de 1984


1. Estoy sumamente agradecido al rector magnífico de esta antigua e ilustre universidad de los estudios por las nobles palabras con las que me ha recibido. Aparte de él, dirijo mi deferente saludo al senado académico, a cada uno de los profesores de estas célebres facultades, al personal no docente y a todos los estudiantes de esta comunidad. Desde sus mismos orígenes, vuestra universidad ha sido como una encrucijada de la cultura europea, ya que, debido al prestigio de sus docentes y a su misma situación geográfica, ha acogido —tanto ayer como hoy— a numerosos jóvenes de distintas nacionalidades, rivalizando de ese modo con otras cualificadas sedes de la cultura no sólo europea, sino internacional.

Como ciertamente sabéis, la inclusión de este encuentro en mi viaje pastoral se debe al hecho de que San Carlos, de joven, estudió aquí derecho canónico y civil a partir de noviembre de 1552, consiguiendo el doctorado in utroque en diciembre de 1559 y recibiendo las credenciales de manos de Francesco Alciati, después cardenal. El período de sus estudios en Pavía abrió el espíritu del joven, ayudándole por ejemplo a conocer de cerca las dificultades por las que atravesaban los estudiantes menos acomodados. Nació así en su mente la idea de un Colegio, que recibió el nombre de él y que daría comienzo a sus actividades en 1563. La vida del joven Carlos en esta universidad nos es conocida por las cartas y por la biografía de Carlo Bascapé, donde encontramos esta frase significativa: él "no llevó un género de vida distinto del de sus coetáneos, pero al mismo tiempo cultivó la piedad y la honestidad con toda diligencia" (cf. Vita e opere di Carlo, arcivescovo di Milano, cardinale di S. Prassede; Milán, 1965, pág. 19). Por otra parte, las cartas al padre y a su agente se centran en diversos problemas, pero ya permiten entrever en él un espíritu bien dispuesto y sensible, que le permitía comprender las necesidades de los demás para hacerles frente con su propio patrimonio. Esto continuó haciéndolo, de manera puntual y ejemplar, en la cátedra de San Ambrosio, como celoso Pastor de la Iglesia de Milán.

2. Teniendo en cuenta la gloriosa historia de vuestra universidad y, más en general, considerando la función propia de toda universidad, no se puede pasar por alto el papel determinante que estas sedes tienen en orden al desarrollo del hombre y de los pueblos. La universidad es lugar de encuentro entre personas de diversas generaciones, que dan "naturalmente" vida al intercambio y al diálogo, en los que cada uno puede y debe hacer acto de presencia con su propia contribución. Más aún, diría que es sede privilegiada de encuentro, en cuanto que, aparte de las finalidades institucionales de la investigación científica y de la actividad didáctica, debe contribuir al crecimiento o maduración del joven, orientando su futuro y su inserción en la sociedad. Una función verdaderamente ardua es la formativa, que no puede ser ignorada o circunscrita a breves momentos: parte de la cátedra, se aprovecha de la ciencia como canal natural de difusión, se pone en acto en el desarrollo moral del joven.

En el pasado surgieron los colegios, que contribuían a crear el clima favorable para dicho encuentro entre los diversos sectores, ayudando a la investigación y al estudio, y tutelando el momento formativo. Hoy las estructuras pueden ser, y son, diversas; pero la relación de confianza mutua nunca deberá faltar para llevar a cabo una investigación serena, tan eficaz en el plano científico cuanto provechosa en el plano adyacente, pero superior, de la educación. En este contexto es grande la responsabilidad de todos los docentes, ya que ellos son como delegados de la sociedad familiar y civil no sólo para estudiar y guiar a quien estudia en cuanto que estudia, sino más bien para asistirle en su crecimiento y en su dignidad de hombre.

Sabéis muy bien que universidad quiere decir también libertad. Si estuviese condicionada por factores externos o sometida a programas lesivos de los derechos humanos, entonces estaría comprometida la libertad de la investigación y las bases de la seriedad científica vendrían a menos. ¡Pero no sólo éstas! La universidad nos habla de una libertad a nivel más profundo, una libertad que hunde sus raíces en sus mismos orígenes. Por eso afecta muy directamente a los intereses de la sociedad misma, influyendo, y no de manera superficial, en el futuro gracias al trabajo aunado de profesores y estudiantes. Pensad en el intercambio de los resultados de la investigación, en la selección de las hipótesis de trabajo, en los intentos de nuevas síntesis: este iter ordinario de la ciencia, incidirá, tarde o temprano, en la vida práctica. Es el futuro, que pasa a través de distintas generaciones, con la viva esperanza de que sea mejor para todos. Por esto, se puede decir que todo el mundo espera la aportación de la universidad a la solución de sus problemas, que se presentan graves y difíciles y que afectan a todas las esferas de la existencia humana. La investigación —a la que siempre se presta la debida atención y el necesario apoyo— en el interior de la universidad sigue siendo el único punto de referencia y de solución, no encontrándose fácilmente sucedáneos en otros sitios. Debido a este servicio a la sociedad en general y al crecimiento interior del hombre, la universidad tiene que potenciar su compromiso cada vez más.

Mi vivo deseo es, por tanto, que la universidad sea fragua incansable de cultura y de investigación, libre y ágil en sus programas, abierta a toda aportación cultural, para que, de la franca discusión de los proyectos y de las ideas, se deriven soluciones que tengan siempre al hombre y su dignidad como centro de interés.

3. La universidad ha sido siempre el espejo de la sociedad y lugar de confrontación, algunas veces dialéctico, pero siempre provechoso, entre culturas de matriz diversa. Este dato constituye la riqueza misma de la universidad, que vive de estas aportaciones, que crece en el diálogo, que acostumbra a tener espíritu crítico. Este aspecto fundamental no puede ser desatendido, sobre todo hoy que las nuevas generaciones son más exigentes y críticas, piden respeto para las posiciones de los demás y desean —a veces con exuberancia juvenil— mayor coherencia y participación. La comunidad universitaria será así si esa confrontación es diaria, si se satisface a su tiempo la exigencia de una real participación que implique a todos para el bien de todos. De ese modo se pone en práctica una especie de comunión que es didáctica y científica, pero también moral y humana, y se puede ofrecer, al mismo tiempo, un modelo a la sociedad, que tanta necesidad tiene —como es bien sabido— de reforzarse y amalgamarse para una convivencia ordenada y pacífica.

Estimulando la competitividad con otras instituciones culturales, favoreciendo los encuentros científicos, teniendo siempre ante la vista el interés primario del hombre, la universidad promoverá también el respeto mutuo, la estima recíproca, ayudará a los jóvenes a vivir en la sociedad. Este es su aspecto humano, como intermediaria de relaciones que se entrecruzan, de intercambios que contribuyen a la investigación y al prestigio de la institución misma, como fuente de una riqueza de humanidad, que es algo de valor inestimable.

4. En vuestra universidad se enriqueció, al menos en parte, la personalidad del joven Carlos Borromeo. Mientras estudiaba pudo conocer a sus coetáneos con sus problemas. De estos estudios y experiencias, el futuro arzobispo de Milán sacó como conclusión el propósito de favorecer la cultura de los jóvenes, abriendo colegios —además del que he recordado, de esta ciudad, que visitaré dentro de poco, el de los Nobles, el de Brera—. De este modo se permitía que grupos menos favorecidos participasen en la cultura, dando cabida en el cauce de la universidad a categorías de personas que hasta entonces habían sido extrañas a ella. No es, por tanto, infundada la afirmación de que San Carlos también es benemérito por esto: por haber abierto a todos la institución universitaria, con el fin de no desperdiciar la contribución que jóvenes "con cualidades y dones que el Señor les ha dado" —así se expresaba el obispo de Piacenza, el Beato Paolo Burali, ante el cardenal Borromeo, al presentarle un joven para el homónimo colegio— podían ofrecer al progreso de la ciencia.

Sabéis bien que la Iglesia ha mirado siempre con interés y amor tanto los estudios como las sedes universitarias En ellas ha tenido lugar, y lo sigue teniendo, el encuentro entre ciencia y fe, entre cultura eclesiástica y laica, entre dos modos diversos, aunque no divergentes ni irreconciliables, de considerar al hombre, su dignidad, su vida, su destino. La historia misma de las universidades, tal como surgieron en el Medioevo y se desarrollaron en la Edad Moderna, es testigo de la estrecha urdimbre entre fe y cultura, que también hoy exige una nueva, clara y sólida configuración. En efecto, las dos matrices se inspiran, aunque con óptica diversa, en el estudio del hombre, de sus inmensas capacidades, que, si son justamente canalizadas, enriquecen al hombre mismo. No hay competencia entre ciencia y fe por lo que respecta al hombre: más bien existe complementariedad, ya que la ciencia, por sí sola, no consigue satisfacer la exigencia de absoluto, que no se puede suprimir del corazón del hombre. Una ciencia, no desvinculada ni enemiga de la fe, ayudará al hombre a salir de la maraña de sus problemas, a encontrar soluciones que lo liberen de la esclavitud del pecado y del egoísmo, y le abran a la esperanza, que se apoya en Dios, creador de todo don perfecto.

Más aún, este encuentro entre fe y cultura es necesario, para liberar al hombre de la ideología del consumismo que lo aliena, mortificando su creatividad de pensamiento y de acción. La universidad, por tanto, es sede también de este compromiso que atañe al futuro del hombre, que siempre tiene necesidad de una apertura espiritual, más allá de la materia, que es "radicalmente" necesidad de Dios. No puede haber un futuro que se apoye en una ciencia ajena a la fe, ya que la ciencia se encuentra con la fe en el ámbito de los vastos problemas que atañen al hombre. Todo progreso de la ciencia en los diversos campos de lo que se puede llegar a saber lleva necesariamente al Creador, y toda aportación que ennoblezca la vida del hombre entra necesariamente, si bien de reflejo, en esta visión. Es éste un tema en el que la universidad no puede dejar de profundizar, y me alegro de haber aludido por lo menos a él, en vista del valor teórico y práctico que encierra.

5. A vosotros, queridos profesores, que aportáis vuestra contribución a la ciencia, os encomiendo particularmente este estudio sobre nuestro futuro, que es también el futuro del hombre. En el curso de vuestra investigación honesta, silenciosa y docta, sabed percibir siempre la relación profunda que liga al hombre con Dios, y hacer que emerja toda la capacidad que tiene el hombre de elevarse por encima de sí. Vosotros participáis en primera persona en el desafío del futuro, contribuyendo a hacerlo más humano y más sereno, siempre respetuoso de la dignidad de la persona humana. Y recordad —lo que fue ya tema de mi primera Encíclica— que Cristo ha venido a redimir al hombre, a devolverle la esperanza, a infundirle una nueva vida. Sabed llevar adelante con orgullo vuestro compromiso de estudiosos, que centran su atención en el hombre, imagen viva de Dios.

En cuanto a vosotros, jóvenes estudiantes, chicos y chicas, aprended a dar respuesta y a colaborar en este compromiso de vuestros docentes pensando que vana sería la función de la universidad, y quedaría incluso alterado su proyecto originario y original, si faltase vuestra respuesta personal. Vivís en un mundo coordinado y compacto: profesores y estudiantes; enseñanza e investigación; saber en general y disciplinas individuales; derechos y deberes; espera de un honrado bienestar y exigencia del Absoluto. Ya en esta rápida serie de fáciles enunciados copulativos se descubre el sentido de vuestra necesaria colaboración, y al mismo tiempo el secreto de vuestra mejor formación para la vida.

Quiero, por tanto, concluir este agradable encuentro de hoy, realizado diría— bajo el recuerdo y el signo del gran reformador San Carlos, renovando el saludo del principio e impartiéndoos, en nombre de Dios "scientiarum Dominus" la bendición apostólica, como deseo de que el trabajo de todos sea fructífero.

 

© Copyright 1984 -  Libreria Editrice Vaticana

 

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