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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE PARAGUAY
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Jueves 15 de noviembre de 1984

 

Queridos Hermanos en el episcopado:

1. Con verdadera satisfacción os recibo hoy, Obispos del Paraguay, venidos a Roma para realizar vuestra visita ad limina Apostolorum. Os trae hasta aquí vuestro sentido eclesial, vuestra fe y la de vuestro pueblo, que en los comienzos de la evangelización del continente americano dio al mundo el ejemplo admirable de las Reducciones, las cuales hicieron famoso el nombre de vuestra tierra. Os trae también vuestra conciencia de Pastores, celosos del mayor bien de vuestro pueblo y consagrados a procurarlo en comunión plena con el Sucesor de Pedro, que hoy os dice con afecto: Bienvenidos seáis a este encuentro.

Antes de seguir adelante, quiero agradeceros esta visita preparada con esmero, así como las palabras pronunciadas por vuestro Presidente, los Informes que cada uno de vosotros ha enviado, lo mismo que la Relación de vuestra Conferencia, y que se refieren a cinco años de vida y de trabajo, de gozos y sacrificios, de preocupaciones y esfuerzos eclesiales.

2. Del análisis de los Informes que habéis presentado brota el reconocimiento a Dios, Dador de todas las gracias. En el pasado quinquenio la Iglesia en Paraguay ha dado pasos significativos. Y lo ha hecho merced al tenaz y generoso empeño de Obispos, sacerdotes, miembros de familias religiosas e institutos de vida consagrada, así como de tantos y tan beneméritos laicos. En verdad ha habido dificultades y podrían mencionarse carencias, pero tampoco han faltado serenidad y audacia para una tarea planificada y perseverante de la Iglesia.

A este propósito no puedo dejar de recordar los progresos que se perciben en el campo de la pastoral vocacional, con un alentador crecimiento en el número de aspirantes a la vida sacerdotal y religiosa. Igualmente grato es ver el desarrollo de la pastoral juvenil y de la pastoral familiar, así como los esfuerzos realizados para traducir en obras concretas de asistencia y de promoción la opción preferencial por los pobres.

En este espíritu de acción de gracias al Señor, quiero compartir con vosotros algunas reflexiones que brotan de la realidad en que vive inmersa la Iglesia en vuestro país.

3. En esta ocasión quiero expresar ante todo mi más vivo aprecio por el esfuerzo realizado para mantener y acrecentar la unidad en el seno de vuestra Conferencia Episcopal y en la Iglesia en general. Esta Sede Apostólica conoce, en efecto, la fraternal cohesión que caracteriza a los Pastores de la Iglesia en el Paraguay. Y vosotros percibís bien la importancia de este testimonio, que es el primer aporte al pueblo confiado a vuestros cuidados.

Os aliento, por ello, a buscar cada día la conservación y fortalecimiento de la unidad en toda la comunidad eclesial. Como exigencia de la propia condición de seguidores de Cristo y como garantía de eficacia apostólica, hay que prestar mucha atención a las palabras del Maestro: “Que todos sean uno” (Jn. 17, 21). Ahora bien, tal unidad eclesial no puede ser mantenida y acrecentada sin motivaciones profundas y sobrenaturales, que hagan fácil la renuncia, la comprensión, el diálogo, el carácter de servicio de la autoridad y la colaboración responsable de la obediencia. Por otra parte, la unidad de la Iglesia en torno a sus legítimos Pastores es un valioso aporte a la misma sociedad civil y al florecimiento de solidarias iniciativas en favor del bien común.

Me alegra, pues, que a ese tema de la unión eclesial, a los esfuerzos que a veces se hacen por minarla y a los fundamentos en los que se basa, hayáis dedicado un reciente documento de vuestra Conferencia (Conf. Episc. Parag., Epist. past. ante visitationem ad limina Apostolorum, die 7 oct. 1984).

4. Muy ligado al tema anterior está el del magisterio episcopal. No es necesario recordaros la rica tradición escriturística acerca de la responsabilidad y de la misión de los Pastores de la Iglesia. Tampoco es preciso señalar la variedad y la gravedad de asuntos delicados que hoy afectan a la conciencia del hombre creyente.

La tradición religiosa de vuestro pueblo, lo sabéis bien, hace particularmente importante la palabra del Obispo y del sacerdote. Me limito, pues, a señalaros la necesidad de un magisterio que, en íntima unión con la Sede de Pedro, exponga con pureza e integridad las exigencias de la fe y de la moral cristianas; que ayude a superar las dudas o la ignorancia religiosa; que clarifique desde el Evangelio las situaciones concretas y los problemas de los fieles y que evite en ellos la desorientación moral. Tarea difícil, pero que constituye un auténtico servicio al bien de la Iglesia y aun de la Patria.

Siguiendo las orientaciones del Concilio Vaticano II y de las Conferencias de Medellín y Puebla, esa voluntad de servicio os impulsará a acompañar de cerca al hombre paraguayano en su realidad cotidiana, en sus problemas concretos, conscientes de la misión que tiene la Iglesia, Madre y Maestra. Vuestro mismo Plan de Pastoral Orgánica señala el cauce que debe seguir ese propósito de acompañar, orientar y evangelizar a vuestros fieles.

5. Quiero asimismo animaros de corazón en la tarea de dinamizar y profundizar la religiosidad popular de vuestros fieles. Sus expresiones son frecuentes y elocuentes, y a ellas os habéis referido en más de un documento, calificándolas de ricas pero a la vez necesitadas de purificación.

El estudio de tales expresiones hará posible el rescate de auténticos valores religiosos, muchas veces ocultos y olvidados. El celo pastoral que os caracteriza y el aporte inteligente de los expertos revitalizará una tradición que no debe perder contenido ni caer en la rutina. La transmisión y el desarrollo de la fe se verán confirmados con esta dinamización de la piedad popular, y el sentimiento religioso del pueblo hallará cauce adecuado de manifestación.

A este propósito, no podemos olvidar la importancia fundamental de la sagrada liturgia. La oportuna renovación de la misma ha favorecido sin duda una mayor participación del fiel católico en la vida litúrgica. Vuestro trabajo y el de vuestros colaboradores habrá de cuidar siempre el sano equilibrio, la observancia de las normas que la regulan y el decoro propio de la acción sagrada. De este modo, también en Paraguay la liturgia puede ser el gran instrumento pedagógico para la educación de la fe de los fieles.

6. La tarea prioritaria y propia de la Iglesia es evangelizar. Por ello, el primer servicio que ella ha de ofrecer generosamente es esa labor evangelizadora, a fin de conducir a todos al centro del misterio salvador en Cristo. Pero es lógico que para ser eficaz, la evangelización debe tener en cuenta las concretas necesidades del pueblo. Por tal motivo, vuestro Plan de Pastoral Orgánica habla de “evangelizar al hombre paraguayo en su cultura”.

Sin duda alguna, los desafíos de la realidad son un llamado a la conciencia, que debe hallar inspiración y guía en los principios de la fe. Por ello, en momentos en que la sociedad paraguaya se pregunta sobre sí misma, sobre su situación presente y sus perspectivas de futuro, la palabra de los Pastores habrá de orientar a los fieles acerca del plan de Dios sobre las realidades temporales. A tal objeto, ellos habrán de iluminar desde la fe las exigencias de la vocación cristiana de los fieles, también en su proyección social, a la luz de los principios morales que han de orientar el comportamiento ético de las personas.

No cabe duda de que en todo ello los Pastores han de respetar las legítimas opciones que se abren a la conciencia del pueblo fiel. Como es igualmente cierto que han de dejar a los laicos, debidamente formados en su vida moral, la tarea que a ellos compete de hacer presente la Iglesia en el orden temporal y cambiar desde dentro las situaciones sociales, políticas o económicas, que deben ser transformadas a la luz del Evangelio (Apostolicam Actuositatem, 7.13.14.29).

Se trata de promover un camino que recoja las justas aspiraciones de las personas, el respeto de sus derechos, la voluntad de colaborar —en un clima de legítima libertad— en la construcción responsable de la sociedad de que se forma parte. Y buscando objetivos de solidaridad y fraterna convivencia que excluyan siempre el recurso a la violencia y la injusticia. Sólo así pueden hallarse soluciones aceptables y verdaderas a la problemática social, creando a tal fin las oportunas formas intermedias de relación y colaboración en las estructuras internas del tejido de la sociedad.

7. En este contexto quiero referirme ahora a la preocupación por la pastoral social. Y quiero hacerlo evocando el ejemplo de Nuestro Maestro y Señor. Es verdad que el amor a todos los hombres no admite exclusión alguna. Pero sí admite un particular empeño en favor de los más necesitados. ¿Cómo no recordar, pues, a los indígenas, tantas veces reducidos a penosas condiciones de vida? ¿Cómo no mencionar a los numerosos pobladores de barrios populares cuya existencia transcurre en el hacinamiento insalubre y en la incertidumbre laboral? ¿Cómo olvidar al campesinado sufrido y abnegado, con problemas de tierra y vivienda, con insuficiente retribución y con precarios servicios de educación y de sanidad?

La Iglesia mira con amor privilegiado a estos grupos. Por ello quiero recomendaros un particular interés y apoyo al trabajo que se realiza en vuestro país en favor de los necesitados. Siguiendo las directrices de la enseñanza social de la Iglesia, abrid en este terreno nuevos caminos e iniciativas de promoción y asistencia, con generosidad y perseverancia. De este modo se manifestará en todo su valor la coherencia entre la fe y la vida práctica de los cristianos, tanto en el orden personal y familiar como en el social y comunitario. Así daréis a la vez un válido aporte al bien de la comunidad nacional.

8. Antes de concluir nuestro encuentro, deseo dejaros brevemente tres recomendaciones que afectan al campo de la pastoral familiar, de la pastoral juvenil y de la pastoral vocacional.

Sé que habéis iniciado la celebración del Año Nacional de la Familia, bajo un lema sugestivo y elocuente. Si muchas veces he tenido que mostrar mi preocupación ante ataques contra la familia, hoy os expreso mi satisfacción por esta iniciativa pastoral. Muchas y loables son las iniciativas puestas en marcha con motivo del Año de la Familia. Quiero subrayar por mi parte la atención a las familias de escasos recursos y el empeño en difundir la doctrina familiar de la Iglesia. Os aseguro a la vez mi oración, para que el Señor suscite copiosos frutos pastorales en favor de todas las familias paraguayas y que cada una de ellas sea en verdad una comunidad más cristiana y humana.

En el campo de la pastoral juvenil os recomiendo seguir aplicando los mejores recursos humanos y pastorales para la evangelización del mundo joven. No dejéis de apoyar una organización ágil y eficaz de la pastoral juvenil, para que podáis contar con más “hombres de Iglesia en el corazón del mundo”. La formación doctrinal sólida, la espiritualidad adecuada y la generosidad de corazones sanos, hará que sean los jóvenes los primeros evangelizadores de sus coetáneos.

Finalmente, la dinamización de los grupos y movimientos juveniles, en coordinación con la pastoral de la familia y de la educación, impulsará una pastoral vocacional fecunda. Quiero aseguraros que el Papa comparte vuestra preocupación y esfuerzos en favor de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Por ello, aunque os alegra justamente el creciente número de aspirantes, quiero animaros a un empeño renovado. Mucho han hecho hasta ahora en favor vuestro los misioneros procedentes de diversas naciones. Quizás llega el momento de pensar en el desafío misionero a la Iglesia en Paraguay. Y estoy seguro de que el corazón valiente y generoso de vuestros jóvenes sabrá volcarse en favor de los cristianos de otros continentes.

9. Al término de este encuentro fraterno, deseo reiteraros mi gratitud por el trabajo realizado y por los propósitos que os animan. Y al alentaros a un renovado empeño de evangelización en Paraguay, quiero emplear las palabras que vuestro Plan de Pastoral Orgánica utiliza en la formulación del objetivo general: “Evangelizad al hombre paraguayo en su cultura, con opción preferencial por los pobres y con una acción planificada y orgánica, para la edificación de una comunidad eclesial, testimonial y misionera, que celebra la salvación y está presente en el nacimiento de los nuevos tiempos, animando la formación de una sociedad más justa, fraterna y abierta a Dios”.

Sobre estos propósitos y sobre vuestras personas, los sacerdotes, familias religiosas y seminaristas, lo mismo que sobre todo el amadísimo pueblo del Paraguay, invoco la protección del Beato Roque González y Compañeros Mártires. Y confiando en la intercesión de la Pura y Limpia Concepción de Caacupé, de corazón os imparto la Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1984 -  Libreria Editrice Vaticana

 

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