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VIAJE APOSTÓLICO A ZARAGOZA,
SANTO DOMINGO Y PUERTO RICO

CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Aeropuerto de Zaragoza
Miércoles 10 de octubre de 1984

 

Majestades,
amados hermanos en el Episcopado,
autoridades,
querido pueblo de España
:

1. Llego por segunda vez  a tierra española y siento dentro de mí las mismas emociones que experimenté al comenzar mi anterior visita, hace casi dos años.

Mi presencia aquí quiere significar estima profunda, admiración y confianza en las cualidades de vuestro pueblo y de las gentes que lo integran. Las de la península y de las islas, de las ciudades y de los pueblos, de la capital de la nación y de las diversas autonomías. A todos envío desde ahora mi cordial recuerdo y saludo.

Durante mi precedente visita a esta ciudad de Zaragoza me referí a una cita inminente, a la que la Iglesia no podía faltar: la conmemoración del V centenario del descubrimiento y de la evangelización de América. Precisamente el comienzo de la preparación espiritual de dicho acontecimiento hace que esté encaminando mis pasos hacia la República Dominicana, donde se inició la evangelización del Nuevo Mundo.

Siendo éste el motivo de mi viaje, era un deber histórico, además de un impulso natural del corazón, que me detuviera antes en tierra española. Porque fue España la que abrió la comunicación entre Occidente y el Continente americano y la que, en gran parte, llevó al mismo la luz de la fe en Cristo, junto con Portugal, al que también desde aquí envío mi cordial saludo. En efecto, de Palos de la Frontera partieron las primeras carabelas, de vuestros lares salieron los primeros evangelizadores, a los que tantos otros han seguido hasta nuestros días Desde los primeros momentos fueron gentes de España entera.

He venido por ello a esta ciudad, a postrarme ante la Virgen del Pilar, Patrona de la Hispanidad, para dar gracias a Dios por esa gesta y por la contribución esencial de los hombres y mujeres de España en una sin par obra de evangelización.

2. Después de dar gracias a Dios y a España, siento el deber de agradecer la presencia y las nobilísimas palabras de acogida pronunciadas por Su Majestad el Rey Don Juan Carlos. El y la Reina Doña Sofía han tenido la gentileza de venir a darme la bienvenida a la patria cuya suprema representación ostentan, y a la que solícitamente sirven desde la Corona.

Mi cordial gratitud también al Señor Presidente del Gobierno, a los representantes del pueblo, a las autoridades civiles y militares, que amablemente y expresando el sentir de los españoles, han venido a recibir al Papa.

Un saludo particular y agradecido a las autoridades aragonesas, de manera especial a los miembros de la corporación municipal de Zaragoza y a todos los zaragozanos, por su disponibilidad y colaboración Y un fraterno abrazo de paz a cada uno de los hermanos obispos españoles, unidos a mí en la acción de gracias que he manifestado, y que comparten conmigo la solicitud por todas las Iglesias.

3. Hace dos años me despedía de vosotros con un ¡Hasta siempre, España! Hoy, al visitaros de nuevo, se hace cercanía aquel saludo, en el que está presente —como entonces— la realidad total de vuestra patria.

Siento, a través de quienes habéis venido a recibirme con tanta cordialidad, el eco multitudinario del pueblo cristiano español, al que encontré en tantos momentos de mi anterior visita. El mostró su espontáneo sentimiento ante el mensaje religioso y moral de una humilde persona, pero que es por designio divino el Sucesor de San Pedro. Por esa cercanía al Pastor de la Iglesia universal y a lo que él encarna —una característica histórica de los católicos españoles— no puedo sino expresar vivo reconocimiento.

Todo cristiano —e incluso todo hombre de buena voluntad— sabe que la fe y la adhesión a la Cátedra de Pedro no interfieren con las legítimas opciones temporales que Dios y la Iglesia dejan a la responsable libertad de cada hombre. Todos, por ello, pueden encontrarse, respetarse y colaborar en torno a las exigencias fundamentales de un mensaje que —como dije a las autoridades españolas —“habla de amor entre los hombres, de respeto a su dignidad y a los valores fundamentales de paz, de concordia, de libertad, de convivencia” (Discurso a sus Majestades y a las autoridades civiles de Madrid, 2; 2 de noviembre de 1982).

La Iglesia respeta la justa autonomía de las realidades temporales, con una opción que es profunda y decidida. Sin embargo, no rechaza la sana colaboración que favorezca el bien del hombre, que es a la vez ciudadano y fiel. Ella pide que se respete su libertad en el ejercicio de su tarea, dirigida al servicio de Dios y a la formación de las conciencias, y pide respeto hacia las diversas manifestaciones, personales y sociales, de la libertad religiosa de sus fieles. Ella, por otra parte, está convencida de que la actuación práctica de los principios morales —que son cristianos y humanos a la vez —proporciona una base sólida para la ordenada convivencia, la solidaridad comunitaria, la armonización jurídica de los mutuos derechos y deberes en el campo personal, familiar, escolar, laboral y cívico. Porque el cristiano que sabe vivir en coherencia su fe, no podrá menos de ser creador de fraternidad y diálogo, alentador de justicia, promotor de cultura y elevación de las personas.

El hecho que nos congrega: el centenario del descubrimiento y de la evangelización de América, tuvo una enorme trascendencia, para la humanidad y para España. Para ésta constituye una parte esencial de su proyección universalista. Allí se inició una gran comunidad histórica entre naciones de profunda afinidad humana y espiritual, cuyos hijos rezan a Dios en español y en esa lengua han expresado en gran parte su propia cultura.

Sería imposible y deformante presentar una historia verídica de esa gesta española haciendo abstracción de la Iglesia y de su labor. Más aún: me pregunto con tantos de vuestros pensadores si sería posible hacer una historia objetiva de España sin entender el carácter ideal y religioso de su pueblo o la presencia de la Iglesia.

Por todo esto, con mirada cultural que es un respetuoso homenaje a su solera histórica; con acento de voz amiga que invita a superar lagunas sin negar esencias, quiero referir a España el grito que desde Compostela dirigí a Europa: “Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes” (Acto europeo en Santiago de Compostela, 4; 9 de noviembre de 1982). Así encontrarás tu historia vertebrada. Podrás superarla con la debida apertura hacia metas más altas. Podrás avanzar hacia los desafíos del futuro, con savia vital, con creatividad renovada, sin rupturas ni fricciones en los espíritus.

4. A la Virgen del Pilar, Patrona de la Hispanidad, confío estas intenciones, España, sus pueblos y cada uno de sus hijos.

Que su protección maternal alcance toda suerte de bendiciones divinas sobre esta querida tierra, sobre sus Reyes y familia, sus Pastores, Autoridades y todas sus gentes.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana 

 

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