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VIAJE APOSTÓLICO A ZARAGOZA,
SANTO DOMINGO Y PUERTO RICO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CLERO DE PUERTO RICO

Pabellón de Deportes de la Universidad de Puerto Rico
Viernes 12 de octubre de 1984

 

Amadísimos sacerdotes,
religiosos, religiosas y seminaristas
:

1. Un motivo de particular satisfacción para mi en esta visita a Puerto Rico, que deseaba desde hace tiempo, es el encuentro con vosotros, las fuerzas vivas de la Iglesia en esta hermosa Isla, a la que Colón bautizó con el nombre del Precursor del Mesías: San Juan Bautista.

El Papa es bien consciente de lo que vosotros significáis para la Iglesia, y de la entrega y sacrificios con que lleváis a cabo vuestra misión pastoral como mensajeros del Evangelio, testigos de la fe y servidores de los hermanos. Por ello, durante este viaje apostólico con el que se inicia la preparación de los actos conmemorativos del V centenario del descubrimiento y de la evangelización de América, no podía dejar de reservar un tiempo especial, aunque forzosamente breve, a vosotros, los consagrados al Señor o que lo seréis un día.

Me gustaría poder saludaros personalmente, uno por uno; saber de vuestras actividades apostólicas, conocer vuestras inquietudes, vuestros problemas, vuestras penas y alegrías: oír vuestras confidencias y esperanzas, los deseos de vuestro corazón lleno de amor a Cristo y a su Iglesia.

Pero desearía, sobre todo, que este encuentro fuera para vosotros un momento de consuelo, de estímulo en vuestra vida de testigos de Cristo, de Apóstoles, de personas que han dedicado sus vidas al servicio de Dios y de los hermanos. Sed, pues, plenamente conscientes de que, en buena parte, la edificación de la Iglesia en Puerto Rico depende de vuestra actividad apostólica, como cotidianos mensajeros y distribuidores unidos a vuestros obispos y superiores, sed de verdad en el mundo de hoy, cada cual en su ambiente propio, “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5, 13-14). Sal que dé una inspiración nueva a la sociedad, luz que oriente hacia horizontes que no son los sugeridos por meras razones humanas.

2. Queridos sacerdotes diocesanos y religiosos: no dejéis de miraros interiormente con ojos de fe renovada cada día. Sois los elegidos, los amigos de Jesús, los servidores de su plan de salvación. Dispensadores de los misterios de Dios en favor de vuestras comunidades; enriquecidos con poderes que superan vuestras personas, en virtud de la potestad recibida por la imposición de las manos (2Tm. 1, 6), sois los brazos, la voz, el corazón de Cristo que continúa salvando al hombre de hoy a través de vuestro ministerio eclesial.

Reavivad, pues, en vosotros la ilusión, la esperanza, la gracia recibida en vuestra ordenación sacerdotal. Recordad que actuáis tantas veces “in persona Christi”, “in virtute Spiritus Sancti”. Una fuerza interior que supera las capacidades humanas y que ha de llevaros —con humildad, pero con gran confianza— hacia vuestra propia plenitud interior, hecha madurez de vida en Cristo: “Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza. No te avergüences pues . . . del testimonio que has de dar de Nuestro Señor” (Ibíd. 1, 7-8).

Sí, mis queridos hermanos en el sacerdocio: mirando a Cristo como modelo y como fuerza que puede renovar cada día vuestra juventud de espíritu, sentíos gozosos de vuestra propia identidad de sacerdotes. Y no cedáis nunca a la duda sobre el valor de vuestra vida y sobre la posibilidad de ser perseverantemente fieles a ella. No estáis solos con vuestras únicas fuerzas humanas: “Dios es para nosotros refugio y fortaleza, un socorro en la angustia siempre a punto. Por eso no tememos” (Ps. 45 (46), 2 s.).

Pero sed a la vez conscientes de vuestra flaqueza, para superar la cual necesitáis imprescindiblemente una constante y decidida unión con Cristo en la oración; necesitáis la gracia de los sacramentos, que también para vosotros son fuente de renovación y de gracia. Así, alimentados en ese hontanar inagotable que es Cristo, fieles a la meditación diaria, al rezo de la liturgia de las horas y con un profundo amor filial a la Madre de Jesús y nuestra, mantendréis inalterada la robustez y frescura de vuestra entrega.

3. Las almas a vosotros confiadas esperan mucho de vosotros. No las defraudéis en la donación generosa: “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10, 8).

El amor a Cristo ha de inspirar eficazmente vuestro amor al hombre, sobre todo a quienes están más necesitados. Pero que todos vean en primer lugar en vosotros a los amigos y maestros en la fe, a los seguidores de Cristo, a los constructores de la Iglesia, a los predicadores de hermandad y diálogo, que en ese espíritu se entregan también generosamente a la obra del progreso y promoción del hombre.

En vuestro ministerio concreto, permaneced siempre unidos a vuestros obispos, centros de la vida eclesial diocesana. La unidad que nace del núcleo mismo de nuestra fe cristiana y que pertenece a la esencia íntima de la Iglesia, se hace aún más necesaria cuando surgen dificultades. Por ello no cedáis nunca a la tentación —en aras de una pretendida mayor eficacia pastoral— de desoír o actuar contra las directrices de vuestros Pastores.

Y cuando en el ejercicio de vuestro ministerio encontréis cuestiones que tocan opciones concretas de carácter político, no dejéis de proclamar los principios morales que rigen todo campo de la actividad humana. Pero dejad a los laicos, bien formados en su conciencia moral, la ordenación según el plan de Dios de las cosas temporales. Vosotros habéis de ser creadores de comunión y fraternidad, nunca de división en nombre de opciones que el pueblo fiel puede elegir legítimamente en sus diversas expresiones. Esta consideración que dirijo a vosotros, sacerdotes diocesanos y religiosos, es igualmente aplicable a los otros miembros de las familias religiosas.

4. ¿Qué decir ahora como más específico para vosotros, religiosos y religiosas de Puerto Rico? Recordando palabras del Apocalipsis os repetiría con gozo: “Conozco tus obras, tu caridad, tu fe, tu ministerio, tu paciencia” (Ap 2, 19). Sé de vuestra presencia cualificada en los diversos campos del apostolado eclesial: en las parroquias, con los niños, los estudiantes, los enfermos, los necesitados de asistencia, los pobres, los marginados, los hombres de cultura, o con tantos otros que confiadamente acuden a vosotros buscando consejo y aliento.

Me alegra toda esta presencia eclesial que vosotros ofrecéis con vuestra labor y vuestro amor al hombre por Cristo. Permitidme que a este propósito os recuerde que, como almas consagradas a Dios, habéis de ser ante todo especialistas del Evangelio de Jesús, seguidores de la caridad perfecta hacia Dios y hacia el prójimo en la que se resume la esencia del Evangelio.

Es en este dinamismo de la santidad, en la línea del carisma de cada instituto, donde encuentra la vocación religiosa su verdadero sentido y realización. En una fundamental actitud de servicio: “Schola dominici servitii”, como indica la bella fórmula de la regla de San Benito (San Benito, Regla, 45).

Tened bien en cuenta en todo momento que así como corresponde al laico dar testimonio cristiano en la esfera de las realidades temporales, así el alma consagrada ha de darlo recorriendo en su vida el itinerario de las bienaventuranzas, encarnando con alegría las exigencias de castidad, pobreza y obediencia, participando activamente en la vida de su propia comunidad, manteniendo una intensa vida de oración porque “toda dádiva buena y todo don desciende del Padre de las luces” (St 1, 17).

Por ello, no os dejéis deslumbrar por el espejismo de un activismo desproporcionado que pueda impediros el contacto con el Señor. No cedáis tampoco a la fácil tentación de infravalorar la vida en común o de permitir que motivaciones no evangélicas empañen vuestra propia identidad religiosa o inspiren vuestra conducta.

5. Sé que está también aquí presente un grupo de jóvenes, que representan a esos más de 300 alumnos del seminario mayor y de diversos institutos religiosos, en fase de formación. Ellos alegran profundamente mi corazón de Pastor, porque encarnan las esperanzas puestas en el futuro de la Iglesia en esta Isla.

No necesito muchas palabras para manifestaros, queridos jóvenes, mi gran afecto y mi deseo de confirmaros en vuestro camino. Os exhorto a no apagar vuestra generosidad y a manteneros fieles a la llamada que Dios ha dejado en vuestras almas. Ante la tarea exigente pero grandiosa que os espera, sed conscientes de la importancia de este tiempo de preparación y, como el siervo fiel y prudente del Evangelio, haced fructificar al máximo los talentos que habéis recibido (Mt 25, 14-22), para ponerlos a disposición de la Iglesia y de quienes aguardan vuestro futuro ministerio.

6. Es consolador para mí y motivo de agradecimiento al Padre, constatar la esperanzadora floración de vocaciones sacerdotales y religiosas de Puerto Rico. Ello prueba que la Iglesia hunde cada vez más sus raíces en el alma buena del pueblo puertorriqueño. Y esto mismo ha permitido llegar a la hermosa meta de que todos los obispos de la Isla sean nativos y que Puerto Rico tenga su primer cardenal.

Pero este crecimiento no es suficiente y por ello hay que seguir cultivando con todos los medios las vocaciones a la vida consagrada. Un esfuerzo que corresponde a toda la comunidad cristiana.

Esta Isla que va a cumplir sus 500 años de evangelización ha recibido y sigue recibiendo la ayuda sacrificada y preciosa de otros hermanos en la fe, que viniendo de otras tierras, han dado y dan lo mejor de sí a esta Iglesia. A ellos quiero decir: ¡Gracias en nombre de Cristo! ¡Gracias por vuestra generosidad! ¡Gracias por vuestra apertura de corazón! Seguid trabajando en esta Iglesia hospitalaria que es también la vuestra, la de Cristo en América Latina.

7. Termino pidiendo al Señor que el “Plan nacional pastoral con ocasión del V centenario del comienzo de la evangelización de América” preparado por vuestros obispos, produzca abundantes frutos para la Iglesia que peregrina en tierra borinqueña, y en primer lugar para vosotros.

A vuestras plegarias confío las responsabilidades del mi ministerio como Sucesor de Pedro, y os aseguro que pido a la Madre de la Divina Providencia, para que os ayude, os consuele maternalmente y os haga fieles a vuestra entrega eclesial. Con estos deseos, a vosotros y a todos los que aquí representáis doy con gran afecto mi bendición apostólica.

 

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