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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO SUPREMO DE LA MAGISTRATURA DE ESPAÑA
Miércoles 17 de octubre de 1984
Es para mí motivo de profunda satisfacción
poder recibir esta mañana a vuestro distinguido grupo, compuesto por los
ilustres Miembros del Consejo Supremo de la Magistratura de España.
A todos y cada uno de vosotros, así como a los compañeros de profesión que
representáis, de las diversas partes de España, quiero reservar un cordial
saludo.
Conozco las altas funciones que vuestro Consejo y Organismos afiliados
desempeñan, y que tanta repercusión tienen en el buen funcionamiento de sectores
vitales para el recto ordenamiento de la sociedad española. Por ello quiero
expresaros mi profundo respeto y estima por esas funciones y por cuantos en
España las ejercen con verdadera competencia y con profundo sentido de
responsabilidad jurídica y cívica.
Desde esta sincera estima por vuestras personas y misión, permitidme, Señores,
que os diga una palabra sobre algo que está en vuestro espíritu y que pertenece
a la esencia de mi propio ministerio. Me refiero al aspecto ético que encarna la
particular función del Magistrado.
Vosotros sabéis bien que las mismas normas legales de cada nación suelen tutelar
con precisión la libertad e independencia del Magistrado, para que ejerza con
las debidas garantías su misión, preciosa e insustituible para la sociedad.
Ello mismo os coloca en una posición ética de particular significado y amplitud.
Para responder al cometido sagrado que la sociedad os confía, para mantener una
incorruptible imparcialidad, para discernir con sabia y equitativa prudencia la
adecuación o no de la norma o el modo de su aplicación concreta. Y sobre todo
para responder al dictamen de una indefectible conciencia en la que alienta la
voz de Dios.
Sé que la sociedad española espera mucho de vosotros en el momento actual. Séame
permitido rogaros come Sucesor de Pedro que no la defraudéis en ningún momento.
Y que vuestra absoluta rectitud profesional, la objetividad e independencia de
vuestros dictámenes basados únicamente en la norma jurídica justa y en la voz de
la conciencia, vuestro sentido moral ejercido con la discreción debida a tan
altas mansiones, sean un ejemplo de moralidad sin fallo para toda la sociedad.
Señores: Pido para vosotros al Juez de jueces y Señor de los señores para que
ilumine vuestras vidas y actuación. A El ruego que bendiga a vosotros, a
vuestros compañeros de profesión y a vuestras familias.
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