Señora Embajadora:
reciba mi más cordial bienvenida en este día
en que presenta las Cartas Credenciales que la acreditan como Embajadora
Extraordinaria y Plenipotenciaria de la República Oriental del Uruguay ante la
Santa Sede.
Agradezco las amables palabras que ha tenido a bien dirigirme, con las que ha
querido poner de manifiesto algunos rasgos del alma noble de la nación uruguaya,
expresando a la vez los buenos propósitos que la animan al iniciar su alta
misión.
Vuestra Excelencia ha aludido a los esfuerzos que el pueblo uruguayo realiza
para lograr un nivel de vida superior. Me alegra esta voluntad de superación que
es un anhelo inscrito en lo profundo de la persona humana, la cual merece en ese
camino todos los cuidados y dedicación de quienes tienen la responsabilidad en
los destinos de la Nación. Ojalá esa aspiración se logre con la libre
contribución de todos y cada uno, y conduzca a un progreso integral mediante el
común interés y trabajo, que ha de ser enmarcado en una perspectiva
verdaderamente humana, porque así “el hombre no sólo transforma la naturaleza
adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como
hombre, es más, en un cierto sentido se hace más hombre” (Laborem Exercens, 9).
Me complace asimismo que la sociedad uruguaya quiera empeñarse en la tutela y
promoción de los valores supremos del hombre, porque la dignidad de la persona,
individual y colectivamente considerada, es uno de esos supremos valores que han
de ser siempre tutelados. Por ello el Concilio Vaticano II afirma que “pertenece
esencialmente a la obligación de todo poder civil proteger los derechos
inviolables del hombre” (Dignitatis
Humanae, 6).
La tarea evangelizadora de la Iglesia se sitúa precisamente en esta perspectiva
de promoción y estímulo de los valores de las personas y de los pueblos. Entre
tales valores está la dimensión espiritual y religiosa del ser humano. Por eso,
en las inmediaciones de cumplirse el V Centenario del comienzo de la
evangelización de América, la Iglesia quiere aplicarse con renovadas energías en
ese esfuerzo por construir una sociedad más sana, moral, justa, pacífica y
libre, donde el alma religiosa de cada persona pueda hallar su adecuada
expresión.
En esa línea, los Pastores, sacerdotes y familias religiosas en Uruguay
continuarán incansables su misión de servicio al hombre, ciudadano e hijo de
Dios, potenciando a la vez los valores de la cultura cristiana que es uno de los
elementos de la identidad del alma uruguaya.
En ese campo de la cultura es consolador el hecho de la reciente creación de la
Universidad Católica “Dámaso Antonio Larrañaga” que, fiel a las raíces
históricas del pueblo uruguayo y consciente de los retos que plantea el futuro,
contribuirá sin duda a la elevación del nivel cultural de la población.
Señora Embajadora: Formulo mis mejores votos por el éxito de la nueva misión que
hoy comienza y deseo manifestarle las seguridades de mi estima y apoyo.
Al agradecer el deferente saludo del Señor Presidente de su país, invoco sobre
Vuestra Excelencia y familia, las Autoridades y todos los amadísimos hijos del
Uruguay abundantes y escogidas gracias del Altísimo.
*AAS 77 (1985), p. 145-146.
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. VII, 2 1984 pp.964-966.
L'Attività della Santa Sede 1984 pp. 798-799.
L’Osservatore Romano 19.10. 1984 pp.1, 4.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.44 p.11.
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