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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ÁRABE DE EGIPTO ANTE LA SANTA SEDE*

Viernes 19 de octubre de 1984

 

Señor Embajador:

Me agrada poder recibir las Cartas Credenciales que acreditan a Vuestra Excelencia como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la Republica Árabe de Egipto. Os doy la bienvenida y os agradezco los saludos que me habéis dirigido en nombre de vuestro Presidente, Su Excelencia Mohamed Hosni Mubarak. Por mi parte, os pediría un comunicado de reciprocidad, asegurándole mis más cordiales y buenos deseos.

Agradezco a Vuestra Excelencia la alusión a la disponibilidad de la Santa Sede para promover la causa de la paz mundial cuando y donde le sea posible. Comparto con todo mi corazón el deseo de vuestro País de hallar en Oriente Medio una paz justa y duradera. Espero también que esa región pueda alcanzar una paz auténtica y total mediante la cooperación de cuantos viven en ella. Pero, como justamente habéis resaltado, esa paz debe ir enraizada en un espíritu de justicia que reconozca los Derechos de todos los pueblos del área.

Tal como habéis mencionado, dirigí una Carta Apostólica al comienzo de este año a los obispos, clero, religiosos y fieles de toda la Iglesia sobre la Ciudad de Jerusalén. En ese mensaje, recordaba que el destino de la Ciudad Santa, Patria de los corazones de todos los creyentes en un Dios y símbolo de cercanía, unión y paz para toda la familia humana, sigue siendo causa de continuas tensiones. Estoy convencido de que la identidad religiosa de Jerusalén, y en particular la tradición monoteísta común, puede ofrecer una vía que promueva el acercamiento de cuantos sienten a la Ciudad Santa como algo propio.

Esto es fundamental para una justa paz en la región del Oriente Medio, como lo es la salvaguardia del Líbano y una solución justa para el Pueblo palestino. Las heridas de la división y los sentimientos de animosidad pueden sin duda ser superados si todos los que creen en el Dios uno, que tienen como tarea la defensa de valores humanos fundamentales, reconocen lo que tienen en común y admiten que la coexistencia pacífica constituye la perspectiva más prometedora de ese futuro que les concierne a todos.

Me alegro también de oír a Vuestra Excelencia confirmar el hecho que vuestro País continua esforzándose por llevar adelante el plan quinquenal, en el que se está prestando especial atención al bienestar tanto espiritual como material de sus ciudadanos. Estoy seguro de que estos esfuerzos cuentan con la cooperación de todas las comunidades que componen el Pueblo egipcio. La historia de Egipto se caracteriza efectivamente por la presencia de diferentes comunidades religiosas, cada una de las cuales, en su identidad de fe, se considera parte integrante de la Nación, y desea dar su propia contribución al progreso y a la vida pacífica del País.

Un elemento fundamental de esta paz fructífera y pacífica lo constituye la libertad religiosa a la que habéis aludido, como derecho de toda persona y garantía de respeto de la conciencia y dignidad de todos los demás.

Excelencia: Confío en que vuestra estancia aquí sea fructífera. Podéis estar seguro de que recibiréis una cooperación eficaz por parte de la Santa Sede durante el cumplimiento de vuestra misión. Que Dios derrame sobre usted y sobre el Pueblo egipcio sus abundantes favores y sus especiales bendiciones.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 49, p.15. 

 

Copyright 1984 © Libreria Editrice Vaticana 

 

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