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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARLAMENTARIOS DE LA UNIÓN EUROPEA OCCIDENTAL*

Lunes 29 de octubre de 1984

 

Señoras, señores:

En el curso de la breve sesión extraordinaria de vuestra asamblea, que estáis celebrando en Roma, habéis deseado tener un encuentro con el Papa. Aprecio esta confiada iniciativa, que me permite saludar a los parlamentarios pertenecientes a los siete países de la Unión de Europa Occidental, manifestarles mi estima y comunicarles mi apoyo en su importante tarea orientada a reforzar los vínculos y a consolidar la paz en esta parte de Europa.

1. Esta Unión, que siguió a la Organización del Tratado de Bruselas, tomó su forma el 23 de octubre de 1954. Comprendo vuestro deseo y vuestra satisfacción por poder cumplir hoy el trigésimo aniversario. Durante este tiempo, gracias a Dios, no se han visto vuestros países implicados en la guerra, y esta paz corresponde precisamente a uno de vuestros objetivos. Pero no han faltado las tensiones en el mundo que nos rodea, en la misma Europa, y vosotros no podéis permanecer indiferentes ante ellas, por vosotros mismos y por los demás, pues tales tensiones afectan a la opinión pública de vuestros países y quiebran la verdadera paz. Las vicisitudes vinculadas a los problemas sociales, económicos y políticos han afectado igualmente a vuestros compatriotas, desde el interior; y vuestra Unión, a partir de su origen, se proponía también contribuir a hacer frente a las repercusiones de estos problemas.

2. Ciertamente, existen otras instituciones europeas, o intercontinentales, muy estructuradas, de las que forman parte también vuestros países, pero que están igualmente abiertas a otros miembros. Tales instituciones trabajan, por lo demás, en la aportación de soluciones adecuadas en el plano de la seguridad, de los derechos sociales, de los intercambios culturales. Pero (y más todavía quizás para países como los vuestros, tan marcados por su historia personal y por su rico patrimonio) la experiencia demuestra que, para ser al mismo tiempo eficaz y respetuoso con los legítimos derechos de cada uno, la unidad progresa con dificultad; la madurez en este ámbito es lenta; la puesta en práctica de la colaboración se encuentra con muchos obstáculos y debe efectivamente avanzar con prudencia. Esta es la razón por la que la solidaridad que va creciendo profundamente en el interior de un grupo restringido puede favorecer una participación más directa de los interesados, puede ser oportuna y benéfica, en la medida en que este grupo siga estando atento a los problemas de los demás, deseoso de crear solidaridades progresivamente ampliadas, y teniendo ante los ojos las condiciones realistas de reforzamiento de la justicia, de la libertad y de la paz en el mundo. En este sentido, formulo mis deseos de que realicéis juntos lo que verdaderamente corresponde al bien común de vuestros países del que Europa y la comunidad mundial podrían sacar provecho.

3. Al subrayar este servicio al hombre, a los hombres sin exclusión alguna, estoy seguro de que comprendéis que no es competencia de la Santa Sede entrar en debates técnicos, militares y políticos: que constituyen precisamente el objeto de vuestra reunión. Pero, en otro plano distinto, la promoción de una estructura comunitaria y, me atrevería a decir, su defensa, dependen también de valores morales y espirituales y ahí es donde se siente implicada la Iglesia. Tenemos idea clara de la civilización, que puede además encontrar su realización en diversas culturas en el seno de la gran Europa, pero que extrae su fuerza de los imperativos comunes a todas: el respeto a la libertad y a los derechos fundamentales del hombre, a su vida, a su conciencia y a sus necesidades espirituales, a su vocación a la familia, a una participación democrática auténtica en los asuntos de la ciudad y de la nación, e, inseparablemente, la búsqueda de la justicia para todos, del bien común de todos, la preocupación por el porvenir de los pobres, el rechazo de la violencia, la lucha contra los egoísmos individuales y colectivos, el buen uso de la libertad, la educación en el sentido profundo de la vida; resumiendo: el servicio a la dignidad humana que Dios mismo garantiza.

4. El cristianismo, a pesar de los limites y de los fracasos debidos a las flaquezas de los hombres ha despertado en las poblaciones de Europa el gusto por estos valores; ha contribuido a echar sus sólidas bases; ha formado generaciones en este sentido; y quiere y puede, todavía hoy, llevar a cabo este servicio. La civilización a la que justamente están vinculados los países europeos será fuerte, sabrá defenderse desde el interior, si guarda su alma, si se hace con los medios necesarios para consolidar las convicciones y para educar en el sentido de los imperativos que acabo de evocar. Es este un servicio en el que la Iglesia y en el que los cristianos participan con todas sus fuerzas, pero que concierne al mismo tiempo a todos los hombres de buena voluntad, a todos los que quieren promover la unión de Europa y permitirle que contribuya al progreso de las relaciones pacificas internacionales, así como al desarrollo de los países que miran a Europa y cuentan con su progreso.

Os agradezco vuestra visita. Pido a Dios que os inspire y os ayude en el paciente trabajo que lleváis a cabo para reforzar los vínculos entre vuestros respectivos países. Imploro su bendición sobre vuestros trabajos, vuestras personas y vuestras familias, y sobre vuestras patrias.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 52, p.14.


Copyright 1984 © Libreria Editrice Vaticana

 

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