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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL MOVIMIENTO DE COMUNIÓN Y LIBERACIÓN
EN EL TREINTA ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO


Sábado 29 de septiembre de 1984

 

Queridísimos hermanos y amigos:

1. Expreso mi intensa alegría por este encuentro con vosotros, que habéis venido a Roma para festejar los 30 años de vida de vuestro Movimiento y para reflexionar juntamente con el Papa sobre vuestra historia de personas que viven en la Iglesia y están llamadas a colaborar, en intensa comunión, para llevarla al hombre, para dilatarla por el mundo.

Al mirar vuestros rostros, tan abiertos, tan felices por esta fiesta, experimento un sentimiento íntimo de alegría y el deseo de manifestaros mi afecto por vuestra dedicación de fe y el de ayudaros a ser cada día más adultos en Cristo, compartiendo su amor redentor por el hombre.

La exposición fotográfica, que he tenido oportunidad de admirar al entrar en esta aula, las palabras (testimonios, relatos, cantos), que he escuchado hace poco, me han permitido volver a recorrer, como desde adentro, este período de vuestra vida, que es parte de la vida de la Iglesia italiana, y ahora ya no sólo italiana, de nuestro tiempo. Me han dado la posibilidad de ver con claridad los criterios educativos propios de vuestro modo de vivir en la Iglesia, que implican un vivaz e intenso trabajo en los más diversos contextos sociales.

Por todo esto quedo agradecido al Señor, que una vez más me ha hecho admirar su misterio en vosotros, que lo lleváis y debéis llevarlo siempre con la humilde conciencia de ser dúctil arcilla en sus manos creadoras.

Proseguid con esmero por este camino, a fin de que, a través de vosotros, la Iglesia sea cada vez más el ambiente de la existencia redimida del hombre (cf. Homilía en Lugano, 12 de junio de 1984: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de junio de 1984), ambiente fascinador, donde cada hombre encuentra la respuesta al interrogante del significado de su vida: Cristo, centro del cosmos y de la historia.

2. Jesús, el Cristo, Aquel en quien todo fue hecho y todo consiste, es, pues, el principio interpretativo del hombre y de su historia. Afirmar humildemente, pero con igual tenacidad, a Cristo principio y motivo inspirador del vivir y del actuar, de la conciencia y de la acción, significa adherirse a El, para hacer presente adecuadamente su victoria sobre el mundo.

Actuar a fin de que el contenido de la fe se convierta en inteligencia y pedagogía de la vida es la tarea cotidiana del creyente, que hay que realizar en cada situación y ambiente donde está llamado a vivir. Y en esto está la riqueza de vuestra participación en la vida eclesial: un método de educación en la fe para que incida en la vida del hombre y de la historia; en los sacramentos para que produzcan un encuentro con el Señor, y en El, con los hermanos; en la oración, para que sea invocación y alabanza a Dios; en la autoridad, para que sea custodio y garante de la autenticidad del camino eclesial.

La experiencia cristiana, comprendida y vivida así, engendra una presencia que pone en cada una de las circunstancias humanas a la Iglesia como lugar donde el acontecimiento de Cristo «escándalo para los judíos... necedad para los paganos» (1Cor 1, 23-24 ), vive como horizonte pleno de verdad para el hombre.

3. Nosotros creemos en Cristo, muerto y resucitado, en Cristo presente aquí y ahora, el único que puede cambiar y de hecho cambia, transfigurándolos, al hombre y al mundo.

Vuestra presencia cada vez más consistente y significativa en la vida de la Iglesia en Italia y en las distintas naciones, donde vuestra experiencia comienza a difundirse, se debe a esta certeza, que debéis profundizar y comunicar, porque ella es la que causa impacto en el hombre. Es significativo, a este propósito, y es preciso notarlo, como el Espíritu Santo, para continuar con el hombre de hoy el diálogo comenzado por Dios en Cristo y proseguido a lo largo de toda la historia cristiana, ha suscitado en la Iglesia contemporánea múltiples movimientos eclesiales. Son un signo de la libertad de formas, en que se realiza la única Iglesia, y representa una novedad segura, que todavía ha de ser adecuadamente comprendida en toda su positiva eficacia para el Reino de Dios que actúa en el hoy de la historia.

Ya mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, dirigiéndose a los miembros de la comunidad florentina de Comunión y Liberación, el 28 de diciembre de 1977, afirmaba: «Os damos las gracias también por los testimonios valientes, fieles, firmes que habéis dado en este período un poco turbado por ciertas incomprensiones de las que os habéis visto rodeados. Estad contentos, sed fieles, sed fuertes y estad alegres y llevad con vosotros el testimonio de que la vida cristiana es hermosa, es fuerte, es serena, es capaz realmente de transformar la sociedad en la que está inserta».

4. Cristo es la presencia de Dios para el hombre, Cristo es la misericordia de Dios hacia los pecadores. La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo y nuevo Pueblo de Dios, lleva al mundo esta tierna benevolencia del Señor, encontrando y sosteniendo al hombre en toda situación, en todo ambiente, en toda circunstancia.

Al hacerlo así, la Iglesia contribuye a engendrar esa cultura de la verdad y del amor, que es capaz de reconciliar a la persona consigo misma y con el propio destino. De este modo la Iglesia se convierte en signo de salvación para el hombre, del que acoge y valoriza todo anhelo de libertad. La experiencia de esta misericordia nos hace capaces de aceptar al que es diferente de nosotros, de crear nuevas relaciones, de vivir la Iglesia en toda la riqueza y profundidad de su misterio como ilimitada pasión de diálogo con el hombre por dondequiera se le encuentre.

«Id por todo el mundo» (Mt 29, 19), es lo que Cristo dijo a sus discípulos. Y yo repito a vosotros: «Id por todo el mundo a llevar la verdad, la belleza y la paz, que se encuentra en Cristo Redentor». Esta invitación que Cristo hizo a todos los suyos y que Pedro tiene el deber de renovar sin tregua, ha entretejido ya vuestra historia. Durante estos 30 años os habéis abierto a las situaciones más variadas, sembrando las semillas de una presencia de vuestro Movimiento. Se que habéis echado raíces ya en 18 naciones del mundo: En Europa, África, América, y sé también la insistencia con que en otros países solicitan vuestra presencia. Haceos cargo de esta necesidad eclesial: ésta es la consigna que os dejo hoy.

5. Sé que comprendéis bien la imprescindible importancia de una verdadera y plena comunión entre varios sectores de la comunidad eclesial. Por tanto, estoy seguro de que no dejaréis de esforzaros, con renovado ardor en la búsqueda de los modos más aptos para desarrollar vuestra actividad en sintonía y colaboración con los obispos, con los párrocos y con todos los otros movimientos eclesiales.

Llevad a todo el mundo el signo sencillo y transparente del acontecimiento de la Iglesia. La auténtica evangelización comprende y responde a las necesidades del hombre concreto, porque hace que se encuentre a Cristo en la comunidad Cristiana. El hombre de hoy tiene una necesidad particular de tener ante sí, con claridad y evidencia a Cristo, como signo profundo de su nacer, vivir y morir, de su sufrimiento y de su alegría.

Que la Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, os guíe constantemente en el camino de la vida. Conociendo vuestra devoción a la Virgen, deseo que Ella sea para todos vosotros la «Estrella de la mañana», que ilumine y corrobore vuestro generoso compromiso de testimonio cristiano en el mundo contemporáneo.

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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