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VIAJE APOSTÓLICO A
VENEZUELA, ECUADOR, PERÚ Y TRINIDAD Y TOBAGO
VISITA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II AL GUASMO DE GUAYAQUIL
Viernes 1 de febrero de 1985
Queridos hermanos y hermanas,
1. Correspondo con mi más cordial y afectuoso saludo a la
cariñosa acogida que me estáis dispensando a mí llegada a este Guasmo. Me siento
sumamente feliz de estar entre vosotros y pasar este tiempo en vuestra compañía.
Desearía saludar personalmente a cada uno. Recibid todos el abrazo del Papa, que
va en primer lugar a vuestros hijos, a los ancianos, a aquellos de vosotros que
sufren por cualquier motivo.
El Apóstol San Pablo, escribiendo a los cristianos de Corinto
les decía: «¿Quién desfallece que no desfallezca yo?» (2 Cor. 11, 29). El
sentía en su propia carne las necesidades, los sufrimientos y angustias de
aquellos cristianos de su tiempo.
El Papa, que lleva sobre sus hombres la solicitud por todas las
Iglesias, encuentra inspiración en esas palabras para acercarse con afecto y
predilección a aquellos de quienes dijo el Señor: «Bienaventurados los pobres,
porque vuestro es el reino de Dios» (Luc. 6, 20). En esta visita mía al
Guasmo, quiero sobre todo poner de manifiesto el interés, la solidaridad, el
amor del Papa por vosotros y por todos los desposeídos, los necesitados, los que
luchan por un nivel de vida más digno y humano a lo largo y ancho de toda la
querida nación ecuatoriana.
2. Os traigo un mensaje de esperanza, invitándoos a abrir los
ojos, con mirada de fe, a vuestra dignidad interior. Os traigo la Buena Nueva de
Jesucristo, que fue ungido «para evangelizar a los pobres», «para liberar a los
oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor» (Luc. 4, 18).
Jesucristo amaba especialmente a los pobres, a aquellos que
carecen de recursos, que no tienen voz y que no cuentan a los ojos del mundo,
pero saben abrir su corazón a Dios y a su palabra.
Os digo más: Jesús se hizo libremente pobre con los pobres, pues
como nos dice San Pablo «siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que
vosotros fueseis ricos por su pobreza» (2 Cor. 8, 9). Desde que nace en
Belén hasta que muere en la cruz, el Señor mostró con su vida y predicación el
camino de la sencillez, de la humildad, de la compasión por el necesitado. Jesús
comprendía bien a los pobres y éstos lo comprendían a El.
3. Por ello, al venir a visitares en esta populosa zona
periférica de Guayaquil, deseo acercarme a vuestras realidades y condiciones de
vida, para alentares en vuestra condición cristiana y en vuestro anhelo de mayor
dignidad humana. Como en mis precedentes viajes apostólicos a diversos países de
América Latina, quiero hacer también aquí presente la voz de Cristo, en los
guasmos y las favelas, en los «pueblos jóvenes» y las callampas, los tugurios y
las villas miseria. Deseo impulsares hacía arriba y acoger en mí corazón vuestro
«viacrucis», el de cada uno de vosotros, de vuestras familias, que desde los
campos de todo el país dejaron un día sus lugares de origen, buscando mejores
condiciones de vida, iniciando así un camino doloroso hacía la ciudad.
Puedo imaginarme las dificultades sin fin de vuestro
asentamiento: precaria estabilidad, afanosa búsqueda de los materiales para
construir una vivienda de emergencia, condiciones higiénicas y sanitarias
insuficientes, ausencia de servicios públicos, etc. ¡Cuántas luchas para superar
amenazas de todo tipo: explotación, caciquismo, demagogias, violencia,
promiscuidad! ¡Cuántos desafíos para no dejaros seducir por campañas
proselitistas, promovidas por grupos o sectas de poco contenido religioso,
orientadas a haceros perder vuestra fe católica!
Esta mañana, queridos hermanos, quiero recoger todas esas
lágrimas derramadas durante vuestro largo peregrinar, para ponerlas a los píes
de Cristo, y que se conviertan en gracia salvadora para vuestras vidas, en
conciencia viva y esperanzada de vuestra condición de hijos de Dios, en impulso
a crecer en dignidad humana y en cοnciencia cristiana.
4. Es consolador para mí saber que desde vuestra llegada a estos
asentamientos, que ahora son vuestros pobres hogares, habéis cοntado con el
apoyo y el servicio de abnegados sacerdotes, religiosas y seglares que, dando
testimonio admirable de amor cristiano, os han ayudado a superar vuestras
dificultades, alentándoos en vuestros esfuerzos y legítimas aspiraciones.
En nombre de la Iglesia quiero manifestar aquí vivo aprecio y
agradecimiento a todos esos apóstoles que, en los Guasmos y por toda la
geografía del Ecuador, continúan sirviendo desinteresadamente a los hermanos. El
Papa, junto con vuestros obispos, quiere hoy reiterar una vez más la opción
preferencial de la Iglesia por los pobres. Una opción que no es exclusiva ni a
nadie excluye, sino que, por el contrario, desea aunar el esfuerzo de todos en
defender y promover «la causa del pobre, de su dignidad, de su elevación, de su
aspiración a una improrrogable justicia social» (IOANNIS PAULI PP. II Homilia
in urbe «Santo Domingo» habita, 5, die 11 oct. 1984: Insegnamenti di
Giovanni Paolo II, VII, 2 (1984) 882).
5. Pero deseo recordar también aquí que «no existe sólo la
pobreza que incide en el cuerpo; hay otra y más insidiosa, que incide en la
conciencia, violando el santuario más íntimo de la dignidad personal» (ΕIUSDEM
Allocutio ad Patres Cardinales et Romanae Curiae sodales, 10, die 21 dec.
1984: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VII, 2 (1984) 1631). Contra estas
pobrezas la Iglesia quiere luchar con todas sus fuerzas, en favor de la
promoción y defensa de la dignidad y de los derechos de la persona humana.
Por ello, quiero hacer una apremiante llamada a la conciencia de
los gobernantes y responsables de la sociedad, así como a la de todos los
católicos, particularmente de aquellos que cuentan con más medíos o
posibilidades de influjo, para que procuren un mayor equilibrio social y
muestren aún más solidaridad con el necesitado y el que sufre, recordando las
palabras de Jesús: «Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos
menores, a mí me lo hicisteis» (Matth. 25, 40). Que nadie se sienta
tranquilo mientras haya en el Ecuador un niño sin escuela, una familia sin
vivienda, un obrero sin trabajo, un enfermo o anciano sin adecuada atención.
La Iglesia, por su parte, continuará su labor apostólica y
asistencial, colaborando en cuanto esté en su mano para elevar la calidad de
vida de todos los ciudadanos. Ella es consciente de que su misión propia es de
orden espiritual, religioso, y de que sus riquezas son la gracia de Cristo. Pero
desde la hondura y la exigencia del Evangelio, llama a sus hijos y moviliza sus
fuerzas para compartir con el necesitado, en campo material y espiritual.
6. He sido informado, queridos hermanos, sobre el comportamiento
ejemplar de personas y grupos de vuestras comunidades que, aun viviendo ellos
mismos en la escasez, muestran su solidaridad generosa compartiendo con los más
necesitados lo poco que tienen, asistiendo a los enfermos, ayudando a aquellos
hermanos que han sido víctimas de catástrofes naturales y otras desgracias. Son
gestos estupendos de testimonio cristiano que han de servir de modelo y estímulo
para hacer de vuestras parroquias y comunidades lugares más acogedores,
fraternos y habitables.
Sed así vosotros los primeros en hacer lo que está en vuestro
poder para mejorar vuestra situación. Dios quiere que os elevéis en lo
humano y en lo espiritual. Para ello tened principios claros de comportamiento.
No vaciléis en decir NO a la explotación, venga de donde viniese, que os quiera
convertir en objetos; NO al caciquismo que os quiera utilizar como simple
clientela, en determinados momentos. Decid NO a la violencia que nada construye;
NO a la hamponería, NO a la prostitución, NO a la pornografía, NO a la droga, NO al
alcoholismo. Evitad la sensualidad y el desenfreno; recordad que sólo la familia
monógama y la paternidad responsable según las normas de la Iglesia son
cimientos de una sociedad ordenada. No olvidéis las viejas tradiciones de
austeridad, de religiosidad, de trabajo esforzado de vuestros hogares. Tened a
Dios presente en vuestra vida. Educad cristianamente a vuestros hijos. Rechazad
la indiferencia religiosa, las ideologías extremistas que predican odio,
venganza y ateísmo o que, desde otro ángulo, se ponen al servicio de despotismos,
de la concupiscencia del poder o del dinero.
7. Queridos hermanos y hermanas: ¡Gracias por vuestra presencia
aquí esta mañana! ¡Gracias por vuestra acogida y vuestro afecto! El Papa os
lleva en su corazón y pide a Dios para vosotros el pan del cuerpo y del espíritu.
Que la Virgen Santísima nuestra Madre os proteja y acompañe
siempre en vuestro caminar hacia el Padre. En su nombre os doy a todos con
afecto la Bendición Apostólica.
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