VIAJE APOSTÓLICO A VENEZUELA, ECUADOR, PERÚ,
TRINIDAD Y TOBAGO
CEREMONIA DE BIENVENIDA
DISCURSO DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
Aeropuerto Internacional Maiquetía
de Caracas
Sábado 26 de enero de 1985
Señor Presidente, amados hermanos en el Episcopado, autoridades,
queridos hermanos y hermanas:
Nuevamente la Divina Providencia me permite volver a tierras latinoamericanas.
Esta vez inicio la nueva misión apostólica en suelo venezolano, para continuarla
después en Ecuador, Perú y Trinidad-Tobago.
Me alegra poder encontrarme en persona con los habitantes de esta querida nación
venezolana, que desde el primer momento me reciben con el gran sentido de
acogida y hospitalidad que los distingue.
De sus sentimientos se ha hecho autorizado intérprete el Señor Presidente de la
República, con las significativas y nobles palabras que acaba de pronunciar en
nombre de todos los venezolanos. Siento por ello el deber de manifestar mí más
viva gratitud por cuanto ha expresado, así como por la invitación para visitar
el país y por haber venido a este aeropuerto de Maiquetía a darme la bienvenida.
Estos sentimientos de gratitud se extienden a las autoridades nacionales y
locales aquí presentes. Υ se convierten en afectuoso abrazo de paz a mis
hermanos los obispos de Venezuela, con al frente el Señor Cardenal José Alí
Lebrún, Arzobispo de Caracas y Presidente de la Conferencia Episcopal.
Hacía tiempo que deseaba venir a veros, queridos hermanos y hermanas de
Venezuela, en esta tierra vuestra, en la que viendo el caudal inmenso del
Orinoco, Colón creyó hallarse ante «otro mundo de donde puede ser tan
acrecentada nuestra fe» (Carta a los Reyes Católicos sobre su tercer viaje).
Vengo a la tierra de Simón Bolívar, cuyo anhelo fue construir en este continente
una gran nación, menos por su extensión y riqueza que por su libertad y gloria (Carta
de Bolívar, Kingston, septiembre de 1815).
Pero me trae un objetivo bien
preciso: tratar de consolidar aquella primera siembra evangélica que se operó en
las playas de Cumaná, y que halló pronto expresión visible en la primera
diócesis, la de Coro, declarada Ciudad Pontificia por uno de mis predecesores,
que según él debía ser «seminario espiritual» para todo su territorio.
Este viaje tiene una proyección concreta sobre los objetivos que marqué con mí
reciente visita a la República Dominicana, como preparación al V centenario de
la evangelización de América, al que quiero dar mi personal aporte.
Me complace particularmente que las finalidades de mi visita hayan encontrado un
eco anticipado en la gran Misión nacional, con la que tan numerosos agentes
eclesiales han buscado no sólo renovar la fe, sino «renovar el país por la
conversión del corazón».
En este importante y delicado momento de la historia latinoamericana y
venezolana, querría impulsar con mi presencia esos objetivos de renovación, que
se traduzcan en nuevas metas de recuperación de la integridad familiar, en
términos de mayor justicia social, en una búsqueda de nuevas iniciativas en
campo de educación de trabajo y de convivencia cívica.
No podemos, sin embargo, olvidar que la primera meta a perseguir es la del mayor
enriquecimiento interior de la persona, para que con fe en su espíritu y con
iluminada conciencia de su vocación temporal y eterna, adopte ante Dios y frente
a la realidad humana actitudes coherentes. Actitudes que van mucho más allá de
horizontes meramente materialistas.
A Nuestra Madre y Señora de Coromoto encomiendo estas intenciones y cada uno de
los pasos de este viaje. Y al enviar mi saludo cordial a cada uno de los
venezolanos, sobre todo a los enfermos y a quienes no podré encontrar
personalmente en estos días, con gran placer imparto al pueblo fiel de Venezuela
mí Bendición Apostólica.
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