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AÑO INTERNACIONAL DE LA JUVENTUD

ENCUENTRO INTERNACIONAL EN SAN JUAN DE LETRÁN

ORACIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON LOS JÓVENES POR LA PAZ


Roma, sábado 30 de marzo de 1985

 

Señor Jesús, junto al Sucesor de Pedro
y con todo el pueblo redimido,
acudimos a Ti desde los rincones del mundo.
No huimos de nuestro tiempo,
ni nos atemoriza nuestra juventud
y sin embargo estamos conscientes
de que peregrinamos en una década crucial.

Señor, la humanidad que Tú salvaste
ha convertido muchos arados en espadas
y las amenazas y los gritos del miedo
parecen acallar las canciones de la vida.

Tú prometiste quedarte con nosotros
todos los días,
escucha hoy el clamor de esta juventud
y sé Tú para nuestra generación
el Maestro y Pastor que conduce a la paz.

Mientras más absurdo se manifiesta el proyecto
de la nueva Torre de Babel que las ideologías proponen
y más angustiosos son los pronósticos
de los que han construido sobre arena,
nosotros nos volvemos a Ti con una decisión más firme.

Sube, Señor, nuevamente a la montaña,
nosotros vamos contigo a escucharte proclamar
para nuestra generación el código de la felicidad verdadera.
Dinos con tu voz sabia y recia la promesa y el programa:
«Bienaventurados los constructores de la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios».

Hoy aceptamos tu invitación
y queremos hacer de la paz del mundo nuestra tarea permanente.
No queremos cruzar el umbral del tercer milenio
arrastrando cañones
ni despojos,
queremos iniciarlo en tu nombre
llevando las gavillas de un generoso trigo
que alegre todas las mesas con tu pan y tu amistad.

Sabemos, Jesús, que este propósito requiere ahora
de nosotros valentía
y un estilo de vida vigilante.
Por ello danos la pureza del corazón humilde
para comprender la verdad
y rechazar las ilusiones engañosas.

Concédenos la libertad de tu gracia
para vivir la justicia y el amor responsable.
Enséñanos a plasmar una cultura nueva
donde la participación sea posible
para cada hombre, grupo, pueblo y raza.

Que nunca nos fascine el mundo
con esa paz aparente, oportunista y efímera
que Tú rechazaste.

Señor Jesucristo, danos tu paz,
la que brota de tu corazón traspasado,
paz en la verdad, la justicia y el amor.

Danos tu paz, no para retenerla,
entrégala a nuestra generación de jóvenes
para que la compartamos con los que aguardan sedientos,
para que la acrecentemos como precioso legado
a los que vendrán.

Maestro, mientras peregrinamos hacia la casa de tu Padre,
enséñanos a cargar con sabiduría el fardo de los conflictos de nuestra naturaleza herida, sin abandonarnos
a la resignada pasividad.

Constitúyenos en los defensores de Abel
dondequiera que hoy viva,
del Abel pobre y marginado,
del Abel anciano o sin trabajo digno,
del Abel perseguido por su fe,
del Abel desvalido en el seno materno.

A los Caínes de nuestro tiempo
perdónalos porque no saben lo que hacen.
Convierte a tu paz a opresores y violentos.
A los gobernantes y dirigentes de las naciones
dales luz y audacia para detener la espiral de esa lógica insensata
que lleva a restar recursos a la vida
para sumarlos a la muerte y a la destrucción del planeta.

Sé Tú, Jesús, nuestra paz.
Tu Espíritu Santo pacifique nuestro ánimo
en los sacramentos de tu Iglesia
y así podremos ser nosotros paz de todos nuestros hermanos.
Tu Madre, Señor, sea para tus discípulos jóvenes
el espejo de tu rostro en donde se refleja
la perfecta reconciliación con Dios,
consigo mismo y con el mundo.
Sea Ella la educadora de nuestra esperanza,
haciéndola paciente, valerosa, inmarchitable,
su mano maternal cure nuestras heridas de violencia
y nos guarde heroicamente pacíficos
cuando el maligno nos empuje por la senda de Caía.

Señor, en la noche de tu nacimiento
los pobres pastores de Belén escucharon la promesa de paz.
Nosotros hemos apostado a la vida
y creemos que si las convulsiones de nuestro siglo
son agonía de un mundo viejo,
son también los dolores de parto
de una nueva natividad tuya.

Percibimos que se aproxima la hora de dar a luz
para la joven madre del adviento nuevo
y que el padre quiere extender para nosotros el arco iris de su alianza
de reconciliación.

Señor, que los ángeles canten pronto la bienaventuranza
a todos los de un corazón pobre en esta tierra
y así, esperanzados, descubran que para ellos
se acerca tu Reino eterno y universal,
el Reino de la verdad y la vida,
el Reino de la santidad y la gracia,
el Reino de la justicia, el amor y la paz. Amén.

 

© Copyright 1985 - Libreria Editrice Vaticana

 

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