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AÑO INTERNACIONAL DE LA JUVENTUD

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
EN EL ENCUENTRO INTERNACIONAL DE JÓVENES
CELEBRADO EN LA PLAZA DE SAN JUAN DE LETRÁN DE ROMA

Sábado 30 de marzo de 1985

Saludo del cardenal Eduardo Pironio

Queridísimos jóvenes:

1. ¡Bienvenidos! A muchos de vosotros creo que os puedo decir ¡bienvenidos de nuevo! Efectivamente nos encontramos otra vez como hace un año. Entonces se celebraba el Jubileo extraordinario de la Redención: y nos separamos con el compromiso de volvernos a ver otra vez. Ahora el encuentro se renueva con motivo de la celebración del Año Internacional de la Juventud, proclamado por la Organización de las Naciones Unidas para 1985, con la conciencia del peso decisivo que tienen los jóvenes en todo proyecto que mire al futuro.

La Iglesia quiere prestar a esta iniciativa su aportación. Por esto os he dirigido específicamente a vosotros, jóvenes; el Mensaje para la Jornada de la Paz, el 1 de enero de este año. Y ahora vivimos juntos este encuentro internacional, al que —lo veo con inmensa alegría— habéis venido en tan gran número de todas, partes del mundo.

Me es grato saludar con toda deferencia a la Delegación de las Naciones Unidas, presidida por la Señora Leticia Ramos Shahani, Asistente Secretario General del «Centro para el Desarrollo Social y los Asuntos Humanitarios», y a la Delegación de la UNESCO, presidida por el Señor Gérard Bolla y por el Señor Pier Luigi Vagliani, activamente comprometidos en la preparación del Congreso mundial de Barcelona. Saludo, además, al representante del Señor Ministro de Asuntos Exteriores de Italia.

La idea guía, que las Naciones Unidas han dado a este Año, se articula en tres palabras densas de contenido: participación, desarrollo, paz. Tres valores de fondo, tres metas hacia las que todos los jóvenes del mundo están invitados a hacer converger sus esfuerzos. Esta tarde vamos a fijar a atención sobre todo en el primero de los valores citados: la participación.

2. Queridísimos jóvenes: Dejad que os repita el saludo tan significativo que el Apóstol Pablo dirigía a los cristianos de su tiempo: «La gracia y la paz con vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo» (Rm 1, 7). Con este saludo quiero llegar en particular a los jóvenes y a las jóvenes que están con nosotros por vez primera. Deseo que se encuentren plenamente a gusto y que su presencia aporte una ola de nueva lozanía, de donde brote mayor alegría para todos.

Al llegar a este punto de su discurso en italiano, el Papa saludó a los jóvenes hablando, sucesivamente, en español, francés, inglés, alemán, portugués, maltés, holandés, polaco, eslovaco, esloveno, húngaro, croata, escandinavo, japonés, chino, indio, coreano, turco, árabe, hebreo, suahili. En castellano dijo, estas palabras:

En el nombre del Señor os saludo cordialmente, queridos jóvenes de lengua española, que habéis venido a Roma en gran número principalmente de España y de los países de América Latina: Argentina, Colombia, Chile, Venezuela, Uruguay, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Puerto Rico: ¡Sed bienvenidos!

3. Queridos amigos y amigas: Cuando me he dirigido a vosotros en las diversas lenguas, los grupos pertenecientes a cada una de ellas, han reaccionado inmediatamente, testimoniando con gritos y aplausos la alegría que suscita en ellos el sentirse directamente interpelados.

La lengua hace ciertamente que nos sintamos vinculados a la comunidad de la nación, pueblo o etnia, a la que pertenecemos. Mediante la lengua nos sentimos partícipes de ésta comunidad.

Y no sólo mediante la lengua. Hay también otros factores que contribuyen a desarrollar en nosotros este sentido de participación en las respectivas patrias: la historia, la cultura, las tradiciones, las costumbres. En cierto sentido lo es también la religión.

Pero, ¿qué quiere decir exactamente: participación? Quiere decir: estar juntos con los otros, y a la vez: ser nosotros mismos mediante ese «estar juntos». Lo que une a los hombres entre sí, lo que les hace participar a los unos en la vida de los otros es la coparticipación de los bienes, es la común aceptación de los valores.

4. Es lo que aparece con particular evidencia en la comunidad familiar. Efectivamente, la familia no es sólo una comunidad: es una «comunión de personas». Lo que significa que cada uno de los miembros de la familia participa en la «humanidad» de los otros: marido y mujer, padres e hijos, hijos y padres.

Es grande, pues, la importancia de la familia como escuela de participación. Y, por esto, hay una gran pérdida cuando falta esta escuela de participación, cuando se destruye la familia.

Queridísimos jóvenes: Comprometeos a construir en vuestro futuro familias sanas. He hablado de esto en la Carta especial que os he dirigido. Una familia sana es la garantía más segura de serenidad para los cónyuges y el don más grande que ellos pueden legar a sus hijos.

5. Además: la Iglesia es una escuela particular de participación; nos lo hace entender el acontecimiento más importante de la vida eclesial: la participación en la Santa Misa.

¿Qué significa: «participar en la Santa Misa?» Fijaos bien: no sólo «estar presentes en la Misa», sino «participar en la Misa». Para responder a la pregunta hay que entender lo que es la Misa. No es simplemente un rito sagrado, al que se puede asistir como espectadores, por así decirlo, «neutrales». La Misa es el sacrificio de Cristo y el banquete que Él mismo prepara y al que nos invita a todos nosotros como comensales. La comida que Él ofrece en la mesa eucarística es su carne y su sangre, que Él distribuye a los comensales bajo las apariencias del pan y del vino «en memoria» del cuerpo y la sangre derramada en la cruz. «Tomad y comed... », «tomad y bebed... »: todos están invitados a participar en la Cena eucarística, porque en ella se renueva místicamente lo que a todos interesa, el misterio de la muerte y resurrección del Señor, gracias al cual todos hemos sido redimidos.

Si en cada grupo de fieles que se reúne en el nombre de Cristo, se realiza ya una presencia suya especial —¿acaso no ha prometido Él mismo?: «dónde están dos a tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20)—, mucho más se realiza esa presencia viva y realmente en la comunidad reunida en torno a su altar. Aquí está Él en la realidad de su carne y de su sangre que constituye el centro de la comunidad; y que, llamando a cada uno a nutrirse con este alimento divino, hace de todos una sola cosa en sí mismo: «Porque el pan es uno —observa con lógica apremiante San Pablo—, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan» (1Co 10, 17).

6. La Iglesia nos educa, pues, para la participación, haciéndonos entrar en comunión con el misterio de Cristo y particularmente con el misterio pascual, es decir, con su pasión, muerte y resurrección. Este es el misterio de la redención, esto es de la Alianza que Dios ha establecido con el hombre, con toda la humanidad, estipulándola «en la sangre», es decir, en el sacrificio, de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

También nosotros estamos llamados a esta Alianza; y tal participación tiene carácter continuo, habitual. El hombre participa en ella ante todo mediante el bautismo, sacramento con el que Dios, en confirmación de su voluntad de amistad, no sujeta a cambios, imprime en el alma del nuevo cristiano su sello indeleble. Dios es fiel; su Alianza no tiene un carácter provisional, sino estable. Los diversos sacramentos sucesivos al bautismo no son, en el plan de Dios, sino confirmaciones y profundizaciones de la inicial y jamás desmentida Alianza, que Él ha establecido con cada uno de nosotros.

Pero el hombre, por desgracia, no sabe corresponder con igual fidelidad a la iniciativa de Dios. Con el pecado se rebela contra la Alianza y llega a romperla. Pero el amor de Dios no se detiene ni ante tal ingratitud: en el sacramento de la penitencia y de la reconciliación sale al encuentro del pecador arrepentido para acogerlo de nuevo en casa y entablar con él nuevamente los vínculos de la Alianza que Él nunca rompió. Lo mismo que hace el padre de la parábola evangélica que conocéis bien.

7. Cada uno de los aspectos de la vida cristiana es ontológicamente expresivo de la participación en la Nueva Alianza que Dios ha estipulado en Cristo con la humanidad. A este dato ontológico corresponde un compromiso existencial: el cristiano tiene que dar testimonio dinámicamente en la vida de la nueva realidad de la que el amor de Dios lo ha hecho partícipe. En otras palabras, está llamado a participar con la comunidad de la Iglesia en la misión salvífica de Cristo.

El Concilio Vaticano II ha explicado con viveza especial este aspecto de la vida cristiana. Por ejemplo, la Lumen gentium dice: «El apostolado de los laicos es participación en la misma misión Salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados, por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación. Y los sacramentos, especialmente la sagrada Eucaristía, comunican y alimentan aquel amor hacia Dios y hacia los hombres, que es el alma de todo apostolado. Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos. Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia "en la medida del don de Cristo" (Ef 4, 7)» (Lumen gentium, n. 33).

El Concilio alude también a la misión de los laicos que están llamados «de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la jerarquía, al igual que aquellos hombres y mujeres que ayudaban al Apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor» (ib.).

Todos, pues, estamos llamados a ser, testigos de Cristo, a semejanza de los Apóstoles. Se trata de una llamada que tiene su raíz en el bautismo, pero que encuentra su explicitación formal en el sacramento de la madurez cristiana, la confirmación, que hace al cristiano partícipe de modo específico en la misión salvífica y profética del Redentor, y lo confirma —Confirmatio!— en los compromisos cotidianos de esta vocación.

Queridísimos jóvenes: Pienso ahora los diversos grupos, comunidades, movimientos, de los cuales muchos de vosotros formáis parte. ¡No lo olvidéis! La autenticidad de estas asociaciones tiene un criterio bien preciso de verificación: el grupo, la comunidad, el movimiento al que pertenecéis, es auténtico en la medida en que os ayuda a participar en la misión salvífica de la Iglesia, realizando así vuestra vocación cristiana en los diversos campos donde la Providencia os ha puesto para actuar.

8. ¡Cuánta riqueza de significado tiene pata el cristiano esta palabra: participación! Y, sin embargo, cuanto he dicho hasta ahora no ha mostrado aún de lleno la participación a la que nos llama el Evangelio. El núcleo central del mensaje de Cristo, perspectiva de luminosidad incandescente en la que la razón humana por sí sola no se atrevería ni siquiera a pensar, os es bien conocida: en Jesucristo, nosotros estamos llamados a participar en la vida misma de Dios, de la Santísima Trinidad. Este es el don de la gracia. Y la gracia es real «participación en la naturaleza divina». Son las palabras de la segunda Carta de Pedro (1, 4). Y el Apóstol Juan nos dice: «Ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que, hemos de ser. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cuál es" (1Jn. 3, 2). En esto consiste la sustancia misma del plan salvífico de Dios. Nuestra meta es, por ello, una «asimilación» a Dios, en quien, la capacidad de participación, que es propia de nuestra naturaleza, se trasciende y sublima hasta abrirse a los latidos mismos de la vida que es propia de Dios.

La Iglesia, que nos dirige hacia esa meta suprema, es el sacramento de tal participación. Todos los aspectos de su vida —la oración los sacramentos, la liturgia— no tienen otra finalidad sino ésta: ayudar a los cristianos a encarnar en la propia vida la realidad de esta participación en el amor de Dios y de las exigencias que de ella se derivan.

9. Entre estas exigencias la primera y la más fundamental es el amor. Efectivamente, la vida divina es comunión de amor. Si ella es el ápice y la plenitud de la «participación» a la que estamos llamados, es lógico que el mandamiento más grande sea el del amor a Dios y al prójimo.

Debemos «participar» en la Divinidad y madurar en esta participación a medida de la eternidad, participando en la humanidad de nuestros hermanos: cercanos y lejanos. Este es también el «meollo ético» de nuestra vocación: cristiana y humana. El mandamiento del amor se inserta orgánicamente en la vocación a la participación.

10. Así, pues, vosotros, jóvenes, en la escuela de vuestras familias, de vuestras comunidades, de vuestras naciones, en la escuela de la Iglesia debéis educaros para toda la riqueza de la «participación» en la dimensión ínter-humana (social) y, simultáneamente, religiosa y sobrenatural.

Estáis llamados a participar en el verdadero y auténtico desarrollo, que, mediante el justo equilibrio entre «ser» y «tener», debe hacerse cada vez más progreso en la justicia dentro de los varios ámbitos y bajo diversos perfiles; debe hacerse progreso en la civilización del amor.

Vosotros jóvenes estáis llamados también a participar en el grande e indispensable esfuerzo de toda la humanidad, que tiene como objetivo alejar el espectro de la guerra y construir la paz. Debéis ser. «artífices de paz» según el multiforme alcance de este término, que abarca significados mucho más ricos que la simple ausencia de guerra. Vosotros debéis ser «artífices de paz» y, por lo tanto, sentiros comprometidos a construir una sociedad verdaderamente fraterna.

Sobre este tema me he detenido en el Mensaje del 1 de enero para la Jornada mundial de la Paz. No será inútil volverlo a tomar en la mano, para sopesar de nuevo sus contenidos. En él, al poner de relieve que «la paz y los jóvenes caminan juntos», decía entre otras cosas: «El futuro de la paz y, por consiguiente, el futuro de la humanidad dependen, sobre todo, de las opciones morales fundamentales que la nueva generación de hombres y mujeres está llamada a tomar» (Mensaje  para la Jornada mundial de la Paz 1985, n. 2).

11. Vosotros sois la nueva generación. Al comienzo de la Carta que, con miras a este encuentro, he dirigido a la juventud de todo el mundo, he puesto bajo la guía de la primera Carta de Pedro; el siguiente deseo: «Siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere» (Carta a los jóvenes, n. 15).

Ahora os repito este deseo, terminando con él mi intervención. Y a la vez os invito a «participar» en la liturgia de mañana. Todos juntos en los caminos del amor. Que ninguno se eche atrás. Yo estoy cercano a vosotros. Siempre. Y os bendigo de todo corazón.

Arrivederci.

Good bye.

Hasta la vista. Adiós.

Au revoir.

Auf Wiedersehen.

Até logo.

© Copyright 1985 - Libreria Editrice Vaticana

 

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