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 VISITA PASTORAL A LOS PAÍSES BAJOS

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS EDUCADORES CATÓLICOS

Sábado 11 de mayo de 1985

 

Queridos amigos, responsables de la enseñanza católica en las diócesis de Holanda, administradores y directores de las escuelas, profesores y profesoras laicos y religiosos, representantes de las Asociaciones de padres de alumnos, y vosotros, queridos padres, que habéis elegido la educación cristiana para vuestros hijos:

Os saludo de todo corazón y me complazco en confirmaros mi profunda alegría por poder hablar con vosotros de la muy noble e importante misión que lleváis a cabo y que tanto amáis.

Por sorprendente que pueda parecer en las proximidades del año 2.000, la enseñanza es un sector de la vida humana que plantea serios problemas en numerosos países. Y desgraciadamente no sólo en las regiones no alfabetizadas, situadas en el estancamiento social, o incluso en las naciones en que el Estado suprime indebidamente el derecho inalienable de las familias a escoger la educación conforme a sus convicciones morales y religiosas; sino también en los países de civilización avanzada, donde la justa complementariedad de las instancias responsables conoce tensiones, donde las materias escolares y los métodos pedagógicos son continuamente cuestionados, hasta el punto de perturbar a los alumnos, de desorientar a los padres y de desanimar a los profesores.

1. En Holanda, las escuelas católicas ocupan una posición que bien pueden envidiar muchos países. La legislación holandesa, por la que se rigen los derechos de la enseñanza libre, es incluso considerada como una de las mejores del mundo.

En efecto, vuestra Constitución permite definir libremente los fundamentos, las opciones y según ciertas normas de calidad establecidas por la ley la organización misma de vuestras escuelas católicas. Os está igualmente permitido designar profesores e incluso siempre bajo la garantía de la ley beneficiaros de subsidios del tesoro público, equivalentes a los que se conceden a la enseñanza estatal. Vuestros mayores, que, con dificultades sin número y tremendos sacrificios, dieron comienzo a lo que ahora constituye un éxito, merecen toda vuestra gratitud.

Durante el siglo pasado y en los comienzos de éste, la enseñanza católica en vuestro país se desarrolló y extendió gracias a la incansable entrega de sacerdotes, religiosos y religiosas, y a la enorme aportación financiera de los padres de los alumnos.

Actualmente, la dirección de las escuelas católicas al igual que la enseñanza que en ellas se imparten, son tareas asumidas sobre todo por laicos. Impartir buena enseñanza católica constituye, en efecto, uno de los medios más eficaces y fecundos con que los laicos pueden contribuir a la misión salvadora de la Iglesia. Al mismo tiempo que me alegro de esta situación, que manifiesta el compromiso del laicado en un servicio eclesial de extrema importancia, deseo, para la riqueza y complementariedad del testimonio eclesial, que las congregaciones religiosas fundadas para la enseñanza y detentadoras de una larga experiencia colaboren con entusiasmo en la formación humana y cristiana de los jóvenes.

Quisiera daros las gracias, de todo corazón, a cuantos estáis aquí presentes por los esfuerzos que habéis desplegado diariamente y por vuestra fidelidad al precioso legado que os han dejado vuestros antepasados.

2. Pero esta herencia debe ser conservada con el mayor cuidado posible. Pues, a ejemplo de tantas instituciones tradicionales, la escuela católica se encuentra constantemente en situación de hacer frente a nuevos problemas planteados en la sociedad, a los que debe dar una respuesta adecuada y cristiana.

La gran diversidad de reacciones que caracteriza al mundo católico actual hace que sea especialmente ardua la tarea que os ha sido encomendada: vivir y colaborar en mutua armonía según el espíritu de Cristo.

— Los jóvenes ya no gozan, o no gozan lo suficiente, de un ambiente familiar que sea capaz de sustentar su vida de fe.

— A esto hay que añadir que la secularización impide a menudo a muchos de vosotros percibir la presencia activa de Dios en nuestro mundo y darnos cuenta de la obligación que tenemos nosotros, a quienes Él ha confiado el cuidado de su creación, de preocuparnos de la suerte de los hombres y del mundo.

— Los niños de religiones y culturas diferentes, que frecuentan vuestros establecimientos escolares, reclaman de vosotros más atención y dedicación.

— Actualmente los niños se encuentran ante informaciones numerosas y divergentes, que reciben la mayoría de las veces a través de los medios de comunicación.

— Precisamente estas informaciones, sin tener ya en cuenta lo que ven y oyen en torno a ellos, los llevan con demasiada frecuencia a ser víctimas de la crisis moral de nuestro tiempo.

Por todas estas razones, y otras muchas, la tarea de los educadores y profesores, que consiste en tomar bajo su cargo a los jóvenes y en hacer todo lo posible para que alcancen la "plenitud de Cristo" (Ef 4, 13), lo cual constituye uno de los principales objetivos de la enseñanza católica, es particularmente penosa.

Una buena enseñanza está orientada al mismo tiempo a suministrar al niño cierto número de conocimientos y a desarrollar su inteligencia y sus aptitudes, a permitir que su personalidad alcance pleno desarrollo humano y cristiano.

En la medida en que las motivaciones y los objetivos de los padres, en este terreno, se presenten bajo formas múltiples, la dirección de la institución escolar tiene que velar atentamente para mantener los fundamentos de la enseñanza católica. Por este motivo, incumbe a los profesores no perder nunca de vista los objetivos que persiguen de acuerdo con el carácter específico de escuela católica. Bajo esta óptica, estudio del Evangelio, por si solo, no es suficiente. Los profesores están llamados continuamente a vivir en concreto y con generosidad la fe en el Hijo de Dios, Salvador del mudo, tal como la profesa la Iglesia. Esto es de una importancia primordial en la medida en que los jóvenes no aceptan la autoridad de los adultos más que cuando la manera de vivir de éstos está en consonancia con los principios que profesan. Por esta razón, las relaciones mutuas y la organización de la enseñanza en su conjunto deben estar impregnadas de fidelidad ejemplar a los valores cristianos y responder a lo que la Iglesia espera.

3. La Declaración conciliar sobre la educación cristiana sigue siendo iluminadora y estimulante. Me permito citar algunas líneas muy significativas: "La presencia de la Iglesia en el campo escolar se manifiesta especialmente por la escuela católica. Esta persigue, en no menor grado que las demás escuelas, fines culturales y la formación humana de la juventud. Su nota distintiva es crear en la comunidad escolar una atmósfera animada de espíritu evangélico, de libertad y de caridad, ayudar a los adolescentes a desarrollar su personalidad... de suerte que quede iluminado por la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la vida y del hombre. Así, que, la escuela católica, a la par que se abre como conviene a las condiciones del progreso actual, educa a sus alumnos para conseguir con eficacia el bien de la ciudad terrestre y los prepara para servir a la difusión del reino de Dios" (Gravissimum educationis, 8).

En un país como el vuestro, en el que reina tal diversidad de convicciones, y especialmente en las grandes ciudades, donde conviven gentes provenientes de horizontes culturales tan varios, esta diversidad exige, más que en otro tiempo, el respeto al otro. Todo individuo, sean cuales fueren sus posibilidades y sus límites, sean cuales fueren su carácter y origen, ha sido creado a imagen de Dios, lo cual le confiere una dignidad única que merece el mayor de los respetos.

Tiene derecho al espacio y a las posibilidades de desarrollo que le permitan realizar el destino que Dios, en su divina bondad, ha querido para él. Este respeto al otro incluye igualmente la noción de dedicación a nuestro prójimo.

Las escuelas católicas tienen como tarea extender este respeto al otro hasta el grado de solidaridad mutua. Todos somos hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre. Teniendo en cuenta igualmente la presencia tan numerosa de hijos de inmigrantes en vuestro país, existe el peligro de ver en "el otro" una carga e incluso quizás una amenaza para la propia existencia. Pero "el otro" es nuestro hermano, nuestra hermana. Es importante, pues, que lo consideremos como tal.

Los niños confiados a vuestro cuidado (al igual que vosotros) se ven asimismo situados ante estructuras complejas que a menudo hacen la vida en sociedad difícil e incluso desconcertante. Estos jóvenes tratan de comprender, de iluminar sus problemas para evitar las trampas puestas bajo sus pies. Buscan perspectivas. Y es muy normal. Pues una juventud sin futuro, una juventud sin esperanza no puede llamarse juventud. El derrotismo es fatal para el porvenir y para el presente de los niños y de los jóvenes. Ellos exigen ver claro en estas estructuras complicadas, reclaman los medios que les permitan evitar la desgracia, la amenaza, y construir un mundo habitable. Aquí es precisamente donde hay que mostrarles el ejemplo de Cristo, que es nuestra esperanza (cf. 1 Tim 1, 1).

Cristo rechazó la presión de los prejuicios y de las costumbres de muchos de sus correligionarios y de sus compatriotas; ningún tipo de egoísmo ha retardado su marcha; ni siquiera la amenaza de la muerte empañó su amor por los débiles y los oprimidos, ni su fe en la fidelidad y en el perdón de Dios Padre.

Esta esperanza, y la confianza en la humanidad y en el universo que de ella deriva, han sido sin duda, a lo largo de los siglos, las características principales del espíritu cristiano, y actualmente constituyen todavía la riqueza más grande que podéis ofrecer a la juventud.

Esta esperanza en el futuro no se traduce sólo en solidaridad y fraternidad entre los hombres, sino también en la seguridad de que el amor de Dios está activamente presente en nosotros y en el mundo. La fe y el amor son los pilares de la esperanza. La escucha del misterio, la experiencia de las pruebas y del pecado, de la amistad y del amor, ayudarán a los jóvenes a descubrir el sentido de la vida. Os pido también que hagáis ver a los jóvenes el ejemplo de la fe.

4. Entre todos los factores de desarrollo armonioso de la personalidad, la catequesis, elemento esencial de la enseñanza católica, ocupa un lugar muy especial. La catequesis sola no es suficiente para hacer de un centro de enseñanza una escuela católica. Al contrario, son las estructuras, y sobre todo el clima general de la escuela católica, lo que hacen posible la catequesis. La función de esta última consiste en desarrollar en los niños y en los jóvenes una actitud religiosa y en transmitirles un conocimiento vivo, sin duda progresivo pero completo, de las verdades de la fe. Consiste igualmente en actualizar juiciosamente las riquezas de la Revelación, de tal modo que la vida de los jóvenes de hoy, con sus interrogantes y sus situaciones concretas, sea iluminada por el Señor y su Iglesia, guardiana del depósito de la fe. Una catequesis de estas características permitirá a la juventud efectuar un verdadero discernimiento entre la verdad y el error, y comprometerse en los caminos de la felicidad renunciando a los de la desilusión e incluso a los de la desesperanza. Sobre este punto, la Exhortación Apostólica Catechesi tradendae contiene ricas sugerencias de las que podéis sacar provecho asimilándolas.

Evidentemente, cada profesor tiene como tarea crear una atmósfera tal que la catequesis pueda inscribirse con naturalidad en la vida escolar. Esto no es posible si los valores cristianos no constituyen el eje sobre el que se organice la enseñanza. El personal administrativo y directivo, las Asociaciones de padres de alumnos y los alumnos mismos contribuyen, cada cual según sus capacidades, a hacer de la escuela una comunidad en cuyo seno puedan expandirse totalmente los valores evangélicos.

Sólo en un terreno así podrá echar raíces la catequesis. El personal de gestión y dirección debe velar para que los profesores y alumnos dispongan del tiempo y de los medios necesarios con el fin de poder acercarse con regularidad y de manera sistemática a las inagotables riquezas que dispensa la enseñanza de Cristo.

Es una tarea apasionante de la catequesis escolar permitir, del modo más fructífero posible, que la Revelación divina ilumine las experiencias vividas por los jóvenes a lo largo de las diferentes etapas de su desarrollo. Ciertamente no es nada fácil. Pero en una época en que los jóvenes se ven a menudo privados de un vínculo con una comunidad de creyentes (vínculo susceptible de dar un sentido a sus preguntas y a sus experiencias), el papel de la enseñanza religiosa ha de consistir en examinar estas preguntas y estas experiencias a la luz de la Revelación divina, a fin de suministrar a los jóvenes, en la medida de sus necesidades, las perspectivas que les son indispensables.

Los obispos holandeses han desarrollado esta interpretación de la catequesis en una Carta pastoral de 1982 titulada "La transmisión de la fe a los niños y a los adultos".

Sé que hoy están aquí presentes algunos representantes de instituciones de enseñanza universitaria católica. Los medios de los que disponen y las dificultades que tienen que afrontar son características. Me falta tiempo para abordar este tema. Pero me gustaría reflexionar con vosotros sobre los problemas que plantea el encuentro entre la fe católica y la práctica científica. Espero que reflexionéis sobre ello junto con mis colaboradores especialmente dedicados a los ámbitos de la enseñanza, la ciencia y la cultura.

Católicos holandeses: ¡Cuántos cristianos de todo el mundo os envidian por el excelente sistema escolar que vuestros padres han sabido realizar junto con sus hermanos protestantes! Conservadlo y renovadlo para bien de vuestra Iglesia y de vuestra sociedad.

 

© Copyright 1985 - Libreria Editrice Vaticana

 

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