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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL FONDO DEL CONSEJO DE EUROPA
PARA LA COLOCACIÓN DE REFUGIADOS Y DESOCUPADOS
*

Castelgandolfo
Martes 10 de septiembre de 1985

 

Señor Presidente,
Señores Embajadores,
Señoras y Señores:


Me es muy agradable su visita y les doy cordialmente las gracias por ella.

Sin duda es digna de elogio la misión que, el Fondo del Consejo de Europa para la colocación de refugiados y desocupados se esfuerza en cumplir en favor de poblaciones que se han visto obligadas al exilio por motivos políticos o por necesidad de encontrar un empleo o, por desgracia, que son víctimas de catástrofes sísmicas, inundaciones, sequías endémicas o graves epidemias. Esta misión no es sólo humanitaria; está también —y me permito subrayarlo con respeto hacia vuestras creencias— en consonancia con el mensaje evangélico, del cual la Iglesia debe guardar fielmente el depósito y proclamar su valor esforzándose en convertirse ella misma a sus exigencias Ciertamente, la Iglesia ha ejercido en el curso de su larga historia, tareas de suplencia.

Hoy, la mayor parte de las naciones asumen ellas mismas la gestión de los servicios públicos. Sin embargo, si la Iglesia tiene en primer término como misión fundamental la evangelización de los pueblos, sus recursos espirituales y morales la cualifican para contribuir al impulso colectivo que la humanidad contemporánea necesita de cara a remediar el desorden económico que la abruma. El papel de la Iglesia es de cooperación en la reflexión y en la acción de los responsables de las sociedades modernas.

Dicho esto, me parece que la elección de Roma para la reunión anual del Comité de dirección y del Consejo de administración del fondo para la colocación de refugiados y desocupados es, en parte, un homenaje a la Santa Sede, que se adhirió a este Organismo del Consejo de Europa el 15 de julio de 1973. Si su participación financiera es muy modesta, su apoyo moral es sin reticencias.

El encuentro de este día me da la gozosa ocasión de felicitarles por la buena gestión del fondo para la colocación de refugiados y desocupados y, consiguientemente, por los préstamos otorgados a los Estados adheridos y destinados a la acogida de refugiados y de tantas personas afligidas por un paro en crecimiento. ¿Cómo no animarles a que amplíen cada vez más el campo de sus intervenciones de socorro? Como yo, y aún mejor que yo, saben que las naciones económicamente avanzadas conocen el fenómeno paradójico de grupos sociales marginados, con frecuencia muy pobres, y hasta desconocidos para el gran público. Todas esas gentes llevan sobre sí las consecuencias de la ausencia de una formación básica, de acontecimientos que superan su capacidad para hacerles frente y —es preciso decirlo— las consecuencias de una sociedad que se va haciendo más selectiva.

Durante mucho tiempo hemos hablado de Tercer Mundo. ¡Imposible abandonarlo a su destino! Hoy, del mismo modo descubrimos el Cuarto Mundo, formado por los nuevos pobres de nuestros países de vieja civilización. Conociendo lo que hay dentro del hombre, sus capacidades, de amor fraterno y también, lamentablemente, de un egoísmo que renace, Cristo decía proféticamente al Apóstol escandalizado al ver a María Magdalena derramar en sus pies un vaso de perfume precioso: "Porque los pobres siempre los tenéis con vosotros..." (Jn 12, 8). Estas palabras del Redentor de la humanidad no son como una concesión a las fatalidades de la historia. Revelan un profundo conocimiento del corazón humano y de su inclinación al egoísmo personal y colectivo. El realismo, muy distinto del pesimismo, a todos nos obliga a hacer algo para ayudar a una gran parte de la humanidad con el fin de que salga de sus callejones sin salida: la indiferencia hacia los pobres, el despilfarro desvergonzado de los bienes de primera necesidad, la aberración de la fabricación y del comercio de armas muy peligrosas. Les animo vivamente a proseguir su servicio. ¡En lo que a ustedes concierne, identifiquen a los pobres de nuestro tiempo y corran en su ayuda! Interesen también en su miserable situación a quienes tienen riquezas. En cierto sentido, quienes poseen, poseen para todos.

Manifiesto aún un deseo, cuando están en vísperas del treinta aniversario de la institución del Fondo para la colocación de refugiados y desocupados. Elijan juiciosamente, sin dudar, como ya hacen ustedes de forma espontánea, las obras a las que conviene dar fondos. Sin olvidar casos individuales muy dolorosos, hay que dar prioridad a las familias. La reconstrucción y la vitalidad de éstas deben atraer toda su atención. ¿No son ellas el lugar natural y sagrado donde se forman los hijos de una nación? Es también indispensable vigilar de forma adecuada el utilizar mejor los préstamos concedidos.

Señoras y señores: Todos sienten las exigencias y la nobleza de su humanitaria institución, tan cercana a las llamadas del Evangelio a compartir los bienes para la felicidad de todos, ustedes pueden dar a sus actividades un impulso cada día nuevo, hecho de creatividad, discernimiento y preocupación educativa. Una vez más, su misión forma parte de la vasta sinfonía de justicia y de caridad que debe escucharse en las zonas demasiado numerosas y escandalosas de la miseria humana.

Pido a Dios que los acompañe en sus esfuerzos concertados y permanentes de reflexión y acción.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 46, p.10.

 

© Copyright 1985 - Libreria Editrice Vaticana

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