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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 AL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO ANTE LA SANTA SEDE*


Sábado 11 de enero de 1986

 

Excelencias,
señoras y señores:

1. Vuestro Decano, El Excmo. Señor Joseph Amichia, acaba de hacerse intérprete de vuestros deferentes sentimientos y de vuestras felicitaciones en el umbral del año nuevo. Lo ha hecho con el tono cordial, la libertad de espíritu, la precisión y la profundidad que le caracterizan y que apreciamos. Agradezco vivamente estas palabras que honran al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede: más allá de un homenaje generoso a la Iglesia y una observación lúcida de los problemas que se plantean en el mundo, constituyen un testimonio de lo que podéis percibir de la acción de la Santa Sede o de sus intenciones.

Me alegra saludar a todos los Embajadores aquí presentes, antes de encontrarme con cada uno personalmente al final de esta audiencia. Doy una especial bienvenida a los que se hallan aquí por primera vez en esta asamblea, por haber comenzado su misión no hace todavía un año. Algunos países han inaugurado o inauguraran dentro de poco su primera misión diplomática ante la Santa Sede: Santa Lucía, Nepal, Zimbabue, Liechtenstein.

Saludo cordialmente a las esposas de los Jefes de misión, así como a todos los miembros de las Embajadas y a sus familias. Dirijo mi felicitación a cada uno de los países que representáis.

2. ¡La paz! La Organización de las Naciones Unidas ha elegido este tema para el presente año 1986. La Santa Sede se regocija por ello y está dispuesta a dar su propia contribución. Desea que de la elección de este tema se deriven no sólo discusiones teóricas, o eslóganes lanzados aquí o allá. Espera sobre todo que la humanidad progrese realmente —a nivel de Gobiernos, de múltiples instancias responsables, de la opinión pública de los pueblos, y yo diría sobre todo de las conciencias— en el deseo de la paz, en las iniciativas concretas de paz y, más profundamente, en una cultura de la paz, en una educación para la paz.

Hoy, tomando como testimonio los representantes cualificados de tantas naciones del mundo, quisiera centrar mi reflexión sobre la necesidad de ampliar el horizonte de nuestra búsqueda de la paz. Deseo animar a los pueblos a abrirse a los problemas de los otros, más aún, a tomar conciencia de su interdependencia y a estar siempre atentos a una solidaridad sin fronteras. Decía en el Mensaje para la Jornada de la Paz del pasado 1 de enero: "Las naciones del mundo sólo podrán realizar plenamente sus destinos —que están entrelazados— si todas unidas persiguen la paz como valor universal".

Si, la promoción de la paz, de una paz- justa y duradera, comporta exigencias de universalidad al menos por tres títulos que orientarán el desarrollo de esta alocución. Los verdaderos hombres de paz consideran que la paz debe ser buscada por todos y cada uno de los miembros de la única familia humana, y no quieren tomar parte en conflictos locales. Más aún, la paz exige la conciencia de una responsabilidad común y de una colaboración solidaria cada vez más amplia, a nivel regional, continental, de todo el mundo, mas allá de los bloques o egoísmos colectivos. En fin, la paz se ha de apoyar sobre todo en la justicia y el respeto de los derechos del hombre que se impone a todos.

La paz de cada país interesa al conjunto de la familia humana

3. El carácter global de la paz comporta no sólo evitar los conflictos generalizados. Desde 1945, si bien no ha habido ninguna guerra mundial, se han podido contar más de 130 conflictos locales, que han producido más de treinta millones de muertos o heridos, han causado enormes daños, arruinado algunos países y que, de todas formas, dejan secuelas graves en las conciencias, sobre todo en las nuevas generaciones. ¿Quién osará defenderlos? La paz, precisamente, concierne a todos los países, a todos los grupos humanos; aunque la guerra atente a tal o cual parte de la familia humana, hiere a la familia entera, que no puede resignarse, en la indiferencia, a una matanza de hermanos. La familia humana es única. Ciertamente hoy, con los medios de comunicación, todos están informados y pueden compartir. Pero, más allá de una simpatía lejana, todo drama de guerra debe suscitar la oración por la paz, y al mismo tiempo el deseo de prestar asistencia, de proponer buenos oficios para hacer que disminuya la pasión, a menudo ciega, en orden a abrir el camino a soluciones negociadas, manteniendo entretanto la voluntad de contribuir a socorrer a las víctimas.
Esta función pertenece eminentemente a la Organización de las Naciones Unidas, pero la ONU misma no tiene autoridad más que la que le deriva por la adhesión y el apoyo activo de sus miembros. De aquí se deduce hasta qué punto es necesario que todos los países se interesen ante la falta de paz que sufre tal o cual pueblo.

4. Séame permitido aquí detenerme en varios países o regiones que sufren hoy conflictos o tensiones deplorables, a los que por lo demás ha evocado vuestro Decano.

Pensamos siempre en el querido pueblo libanés. Nuevos signos y recientes tentativas ponen de relieve su deseo y su voluntad de paz. Formulo con ustedes el deseo de que tal anhelo se realice sin tardanza, con la aportación de todos los que componen la sociedad libanesa —garantizando el honor, las derechos y las tradiciones específicas de unos y otros—, y con el apoyo leal de los amigos del Líbano.

Consideramos también con tristeza la prosecución de combates mortíferos y ruinosos entre Irán e Irak, esperando siempre que las partes hallen el camino razonable de una justa paz.

Por lo que se refiere al pueblo afgano, todos saben en qué condiciones vive desde hace seis años, como lo han subrayado por lo demás las Naciones Unidas en varias ocasiones. Seguimos con atención las tentativas actuales que miran a resolver con justicia el problema en su conjunto ¡Que esta esperanza todavía débil no se frustre!

La situación de Camboya, que ha sido tan dramática, sigue siendo penosa y difícil. La comunidad internacional se preocupa justamente de favorecer una solución que permita al pueblo camboyano una verdadera independencia digna de sus tradiciones culturales.

Sudáfrica sigue sufriendo conflictos raciales sangrientos y oposiciones tribales. Vuestro Decano ha insistido con razón en esta plaga. La solución del problema del apartheid y la instauración de un diálogo concreto entre las autoridades del Gobierno y los representantes de las legitimas aspiraciones populares son los medios indispensables para restablecer la justicia y la concordia, desterrando el miedo que provoca hoy tantas rigideces. Asimismo es preciso evitar que los conflictos internos no sean explotados por otros en detrimento de la justicia y de la paz. La comunidad internacional puede y debe ejercer su influencia a diferentes niveles, con los medios garantizados por el derecho, en un sentido constructivo.

La situación en Uganda, a pesar del acuerdo firmado entre el Gobierno y los representantes de la oposición, está todavía caracterizada por una profunda inseguridad. Renuevo de todo corazón mi llamamiento del 22 de diciembre último en favor de la paz del pueblo ugandés.

Chad está todavía lejos de haber hallado una solución aceptable al problema crucial de la unidad y de la independencia nacional. A pesar de las tentativas de mediación, la prosecución de conflictos internos, con ingerencias exteriores, hace que la población viva una tragedia sangrienta interminable, mientras que la insuficiencia del desarrollo económico y social les mantiene en la miseria.

¿Quién puede desinteresarse del destino de las poblaciones etiópicas para las cuales la guerra interior y los desplazamientos han aumentado el drama ya demasiado conocido de la sequía, del hambre y de la falta de cuidados?

A todos estos dramas se añadió, el día de Navidad, el conflicto entre Burkina Faso y Malí, por querellas de fronteras; este conflicto no ha dejado de producir enseguida víctimas e importantes daños. Esperamos confiadamente que el cese el fuego realizado se prolongue y que estos dos países hallen un campo de entendimiento para consagrar sus energías y sus escasos recursos al bienestar de sus pueblos.

En América Central, las posibilidades de pacificación son todavía muy inciertas. Las partes en conflicto no se han empeñado —o no pretenden empeñarse— en una opción efectiva por el diálogo como medio apto para determinar la solución de los problemas existentes, bien a causa de una mala comprensión de las exigencias que comporta una verdadera democracia, bien debido a la intervención de fuerzas y poderes extraños a la realidad de estos países.

En algunos países del continente latinoamericano, asistimos a una cruel escalada de la guerrilla que afecta sin discriminación a las instituciones y a las personas. Un tal recurso a la violencia, así como la táctica que consiste en golpear ciegamente para matar, para impresionar y para alimentar el miedo merecen la más fuerte de las condenas.

Se podría sin duda ninguna citar otros ejemplos de conflictos, guerrillas, tensiones. Al evocarlas, no quiero evidentemente acentuar los aspectos sombríos de la situación internacional ni alimentar temores suplementarios, ni agravar el peso de las pruebas humillantes de países que me son muy queridos, sino por el contrario, mostrar mi solicitud por sus poblaciones, manifestar comprensión y aliento por los esfuerzos positivos de sus Gobiernos, convencido de que hay en todas partes una esperanza de paz que aprovechar y que a una cierta internacionalización de la violencia y de la guerrilla, se debe oponer una internacionalización de la voluntad de paz.

Precisamente —y ésta es la segunda fase de mi reflexión—, la paz es un valor sin fronteras porque no puede establecerse de forma justa y durable más que mediante una cooperación ampliada a la región, al continente, al conjunto de las naciones.

5. La ampliación de la cooperación no quiere decir que sean despreciables las diversas iniciativas de paz que emprenden algunas personalidades, algunas instancias, algunos Gobiernos, ni que sea preciso esperar un consenso global de todas las partes concernientes para poner los jalones de paz. Al contrario, la solución de situaciones aparentemente inextricables, de conflictos o tensiones latentes proviene a menudo de iniciativas personales valientes, audaces, proféticas, que rompen el ciclo estéril de la violencia y del odio y que cambian realmente la problemática, provocando el diálogo y la negociación en un espíritu de comprensión y respetando el honor a cada una de las partes. Las personas que actúan así merecen ser llamadas, en el sentido evangélico del término, "artífices de paz". La originalidad de su acción no procede en primer lugar de una posición de fuerza, sino de una concepción humana realista de la paz; puede estar inspirada en el amor, como lo decía el Mahatma Gandhi.

Sin embargo, la paz seguirá siendo, por desgracia, frágil y precaria el si no se busca con todos los interlocutores de la región, teniendo en cuenta los derechos y deberes de cada uno; si los demás pueblos de la tierra no se sienten interesados y no se preocupan de alentar y consolidar esta paz; si grandes poderosos siguen interfiriendo e incluso oponiéndose a una justa paz, a merced de sus intereses.

Así, la paz adquiere una dimensión universal no sólo porque existen diversas esferas de interdependencia de los pueblos, en el plano político y económico, sino también en virtud de una consideración más alta y más amplia de la igual dignidad y de los destinos comunes de los pueblos que componen la única familia humana. Es difícil ver cómo la mayor parte de las situaciones de que hemos hablado podrá encontrar una justa solución en relaciones solamente bilaterales o en avenencias concluidas sólo con los que están directamente implicados en el conflicto. El riesgo es grande de llegar entonces a callejones sin salida o a injusticias. Por el contrario, un entendimiento ampliado, la mediación desinteresada o el acuerdo de otros poderosos pueden ofrecer garantías mejores.

6. La solidaridad ampliada de que acabamos de hablar toma cuerpo también a nivel de conjunto de países que tienen muchos puntos comunes por la cercanía geográfica, la proximidad de sus culturas, la convergencia de sus intereses, la participación en las responsabilidades con respecto a realidades humanas y físicas de una amplitud más vasta que los Estados y las naciones. La solidaridad continental es hoy un peldaño necesario de la solidaridad universal.

Tal es el caso, entre otros, del continente latinoamericano. En Santo Domingo, el 12 de octubre de 1984, cuando inauguré ante mis hermanos del CELAM la novena de años de preparación para el V centenario de la evangelización, invité a los países, a los que concierne, a reconocerse en la unidad de una gran familia latinoamericana, libre y próspera, fundada en un común substrato cultural y religioso. Ellos pueden efectivamente apoyarse en un dinamismo natural marcado por el Evangelio para superar juntos las injusticias y el egoísmo de algunos privilegiados, para desbaratar la seducción de las ideologías y rechazar los caminos de la violencia, para evitar rivalidades entre naciones e interferencias de poderes extranjeros, para progresar en el respeto de la identidad de los grupos étnicos y en la búsqueda del bien común.

Asimismo, como decía a las autoridades civiles de Camerún y a los miembros de todo el Cuerpo Diplomático, en Yaundé, el 12 de agosto pasado, el continente africano debe ser respetado y ayudado en la prosecución de un cierto número de objetivos comunes a los que vuestro Decano ha prestado una atención especial: la verdadera independencia, una autonomía económica bien comprendida, la eliminación de las guerrillas fratricidas y la superación de las rivalidades étnicas y regionalistas, la lucha contra la sequía y el hambre, el respeto del hombre, sea cual fuere su raza, el desarrollo de los valores humanos y espirituales que son propios de las naciones africanas.

Ante los obispos europeos reunidos en Simposio, el 11 de octubre último, tuve ocasión de volver a hablar de las raíces comunes de su continente en la fe cristiana, de la necesidad de disipar la niebla que Europa ha dejado extender sobre las certezas metafísicas o en las referencias éticas que hablan constituido su fuerza, a fin de seguir aportando al mundo el testimonio de los valores que constituyen su mejor herencia. Se trata de un servicio que requiere cierta unidad, solidaridad efectiva, tanto más difíciles de realizar cuanto que la historia ha acentuado el carácter particular de cada cultura y tradición. No podemos dejar de alegrarnos al ver progresar esta solidaridad. En Europa Occidental, la comunidad económica engloba ya doce países que, en este campo, se comprometen a abrir sus fronteras. En Bruselas, el 20 de mayo último, en la sede de las Instituciones de las Comunidades Europeas, alabé a los fundadores por no haberse resignado a la división de la Europa de Occidente. Pero queda la gran fractura que separa los pueblos del Este y del Oeste. Cualesquiera que sean los acontecimientos históricos, políticos o ideológicos que la han causado —en gran parte independientemente de la voluntad de las poblaciones—, sigue siendo "inaceptable para una conciencia alimentada por ideales humanos y cristianos que han presidido la formación del continente", como decía ante los obispos europeos. Esperamos siempre que la continuación del proceso de Helsinki, que comportará este año una importante reunión en Viena, permita desarrollar más el espíritu de solidaridad recíproca, la comunicación libre y fecunda de las ideas y de las personas y la cooperación entre los Estados. Por lo que se refiere a las comunidades cristianas, pretendemos conservar bien y desarrollar nuestros vínculos fraternos entre Oriente y Occidente, siguiendo las huellas de los Santos Benito, Cirilo y Metodio.

Nuestra mirada se extiende evidentemente también al gran continente asiático en el que la diversidad está sin duda más acentuada y las situaciones son más complejas, en la medida en que se trata de países muy amplios, con tradiciones antiguas muy caracterizadas, con poblaciones muy densas. Los problemas humanos que estos países tienen que resolver son igualmente inmensos y la Iglesia ve sus esfuerzos con simpatía. Tuve ocasión de manifestarlo durante mi visita a Japón, y durante mi estancia en Tailandia. Y me alegro de poder visitar bien pronto India.

Pienso finalmente en el vasto mundo de Oceanía, donde visitaré este año Australia y Nueva Zelanda.

Sí, cada continente tiene sus problemas, su destino y sus responsabilidades consigo mismo y con el conjunto de la familia humana. La paz mundial supone que la cohesión se mantenga en cada uno de esos niveles, respetando así la personalidad de cada pueblo y su participación responsable.

En este sentido formulo votos para que las Asociaciones políticas regionales o continentales favorezcan este proceso de cooperación y de paz. Pienso de modo especial en la Organización de los Estados Americanos (O.A.S.) y en la Organización de la Unidad Africana (O.U.A).

7. La fractura de que he hablado entre el Este y el Oeste de Europa rebasa con mucho este continente. En el nivel de los sistemas políticos, económicos e ideológicos, ha marcado profundamente nuestros cuarenta últimos años, y sigue polarizando la atención sobre los dos bloques, con amenazas de guerras y la carrera ruinosa y peligrosa hacia un superarmamento. Una esperanza surge cada vez que la tensión se atenúa, se reanuda el diálogo, se manifiesta la confianza, y se decide un proceso de desarme general, equilibrado y controlado (cf. Mensaje a la ONU, 14 de octubre de 1985). El encuentro de Ginebra en noviembre último entre los más altos Representantes de Estados Unidos de América y la Unión Soviética ha constituido un paso interesante en el camino obligado del diálogo. Los intercambios recíprocos de felicitaciones a los pueblos mismos en este comienzo de año dan una cierta nota de humanismo y de apertura. Pero estas nuevas relaciones sólo aportarán la paz si, más allá de gestos simbólicos, traducen una real voluntad de desarme, sin seguir cubriendo por otra parte situaciones de injusticia. Como ha dicho bien vuestro Decano, el mundo espera con impaciencia los frutos de estos encuentros.

De todas formas, nuestra historia contemporánea no deberá permanecer cerrada en la polarización Este-Oeste.

Un determinado número de países —y a veces de grandes países— lo han demostrado eligiendo, si bien en grados diversos y según modalidades diferentes, el camino de la no-alienación. Posición difícil que no impide aproximaciones oportunas e incluso acuerdos, y que no debe descartar la solidaridad en los problemas humanos esenciales, sino que puede manifestar así una forma de servir la paz en la perspectiva de superar la oposición de los bloques.

Y sobre todo, como no ceso de repetir, las relaciones Norte-Sur deberían más bien preocupar a todos los miembros de la familia humana, tanto del Este como del Oeste. Ahí se trata de hacer frente juntos, no para una concurrencia desenfrenada en la carrera de armamentos. sino para las necesidades esenciales de una inmensa porción de la humanidad. Esto es lo que entiendo cuando, en mi Mensaje del I de enero, hablo de la paz como de "un valor sin fronteras, Norte-Sur, Este-Oeste".

8. El subdesarrollo es, en efecto, una amenaza siempre creciente para la paz mundial. En él se debe manifestar cada vez más la solidaridad entre todas las naciones. Ciertamente ningún país está libre hoy de una determinada crisis económica, que produce la plana social del paro. Pero es preciso afrontar las necesidades primarias de los países que no pueden hacer frente actualmente a los problemas cotidianos de la alimentación y de la salud de sus hijos; es preciso comprender sus dificultades para instruir mejor a la juventud con vistas al porvenir, para organizar mejor sus estructuras económicas y sociales, en el respeto de los valores auténticos de sus tradiciones. Se buscan esfuerzos de cooperación, bilateral o multilateral; instancias internacionales tratan de hacer progresar las relaciones Norte-Sur en el marco de la UNCTAD o de la Convención de Lomé, tanto es así que se ve cada vez más la necesidad de un nuevo orden económico internacional en el que el hombre sea realmente la medida de la economía, como hacía notar en mi Encíclica Laborem exercens. ¿Pero las reformas no son demasiado lentas o demasiado tímidas para reducir el abismo socio-económico que se alarga?

A este propósito, el problema de la deuda global del Tercer Mundo y las relaciones de dependencia que ha creado preocupa a todos los hombres de buena voluntad, como lo ha subrayado bien el señor Amichia. Más allá de los aspectos económicos y monetarios, se ha convertido en un problema de cooperación y de ética económica. Es preciso a toda costa salir de las situaciones inextricables y de las presiones humillantes. Aquí, como en otras cosas, la justicia y el interés de todos exigen que a nivel mundial la situación se considere en su totalidad y en todas sus dimensiones (cf. Mensaje a la ONU, 14 de octubre de 1985).

9. La paz no es solamente el fruto de un arreglo, de una negociación, de una cooperación solidaria cada vez más amplia. Más profundamente aún, la paz es un valor universal, porque debe apoyarse sobre todo en la justicia y el respeto idéntico de los derechos del hombre que se imponen a todos. Las dos exigencias van a la par: iustitia et pax. Y como recordaba Pío XII: "Opus iustitiae pax: la paz es el fruto de la justicia".

Toda injusticia pone en peligro la paz. Es una causa o un factor potencial de conflictos. Esto es verdad en el interior de un país, cuando un grupo escogido de privilegiados de las fortuna o del poder explotan a otros ciudadanos. Es verdad también entre países cuando, bajo formas nuevas y sutiles, se da explotación socio-económica de un país por otro, e incluso cuando un país impone a otro su sistema político.

Pero el hombre no vive sólo de pan. Es grave atentar contra la dignidad del hombre, sus derechos fundamentales, su libertad de opinión política, su inalienable libertad de conciencia, su posibilidad de manifestar su fe, respetando las otras convicciones. Los desplazamientos forzados y masivos de población, los límites impuestos a las posibilidades de ayudas desinteresadas, las torturas, las encarcelaciones y las ejecuciones sumarias sin las garantías de la justicia, las restricciones arbitrarias impuestas por motivo de racismo o apartheid, las vejaciones y las persecuciones religiosas, aun perpetradas en secreto, son asimismo atentados inadmisibles a los imperativos éticos que se imponen a toda conciencia para garantizar la dignidad del hombre y asegurar la verdadera paz entre los hombres. No es el Estado el que define, otorga o limita estos derechos. Ellos están por encima de todo poder. Ciertamente los derechos de la persona humana son inseparables de su deber de respetar los derechos de los otros y de cooperar al bien común. Pero la violación de los derechos fundamentales no puede jamás convertirse en medio para fines políticos. Un régimen que ahogue estos derechos no puede pretender realizar obra de paz, una distensión que quisiera ocultar tales abusos no es una verdadera distensión. Es necesario que el hombre pueda estar seguro del hombre. la nación segura de la nación (cf. Homilía del 1 de enero de 1986). Hay hoy en el mundo una multitud de prisioneros por razones únicamente de conciencia. Es de desear que un documento jurídico internacional de las Naciones Unidas remedie tales abusos.

10. Entre los obstáculos a la paz que acabo de mencionar, existe uno sobre el que nuestro mundo actual está dolorosamente sensibilizado y que crea un clima de inseguridad: el terrorismo en el interior de los países y el terrorismo internacional. Estamos frente a grupos temibles de gentes que no dudan en matar gran número de inocentes, y eso a menudo en países que les son extraños, no implicados en sus problemas, para sembrar el pánico y atraer la atención hacia su causa. Nuestra reprobación no puede dejar de ser absoluta y unánime. Es preciso decir otro tanto de las bárbaras iniciativas de tomar rehenes con la práctica del chantaje. Se trata de crímenes contra la humanidad. Ciertamente existen situaciones de hecho a las cuales se niega desde hace mucho tiempo una justa solución; existen pues sentimientos de frustración, de odio y tentaciones de venganza a los cuales debemos permanecer muy atentos. Pero el razonamiento —o mejor, la conducta pasional— se desvía completamente cuando se utilizan medios de injusticia y matanza de inocentes para defender una causa; más aún, cuando se les prepara para ello y se les adiestra a sangre fría, con la complicidad de algunos movimientos y el apoyo de algunos poderes de Estado. La ONU no debería tolerar que Estados miembros prescindan de principios y reglas contenidos en su Carta aceptando comprometerse con el terrorismo. El mandamiento "no matarás" es en primer lugar un principio fundamental, inmutable, de la religión: los que honran a Dios deben estar en primera línea entre los que luchan contra toda forma de terrorismo. Lo manifestaba en la plegaria con la que terminaba mi alocución a los jóvenes musulmanes, en Casablanca: "Oh Dios, no permitas que cuando invocamos tu nombre, intentemos justificar los desórdenes humanos" (19 agosto de 1985).

Las represalias que alcanzan tan indistintamente a inocentes y que continúan la espiral de la violencia merecen asimismo por nuestra parte reprobación; representan soluciones ilusorias e impiden aislar moralmente a los terroristas.

El terrorismo esporádico que provoca justamente el horror en las conciencias honestas (cf. Alocución a la hora del "Ángelus", 29 de diciembre, 1985), no debería hacer olvidar otra forma de terrorismo sistemático, casi institucionalizado, que se apoya en todo un sistema policial secreto y aniquila la libertad y los derechos elementales de millones de individuos, "culpables" de no alinear su pensamiento con la ideología triunfante, y generalmente incapaces de atraer la atención y el apoyo de la opinión pública internacional.

El diálogo y la negociación son. finalmente, el arma de los fuertes, como lo recordaba vuestro Decano. Así, realizando una acción concertada y firme para desterrar el terrorismo de la humanidad, es preciso, mediante la negociación, antes de que sea demasiado tarde, tratar de hacer desaparecer, cuanto sea posible, lo que impide acoger las justas aspiraciones de los pueblos.

En particular, ¿no se halla aquí el nudo de la injusticia que se debe desatar para llegar a una solución justa y equitativa de toda la cuestión de Oriente Medio? Se siguen bosquejando hipótesis de negociación, pero no se llega nunca al punto decisivo de reconocer verdaderamente los derechos de todos los pueblos interesados.

Cuando dirigí mi mensaje a las Naciones Unidas, el 14 de octubre pasado, decía "Vuestra Organización, por su naturaleza y por vocación, es el foro mundial donde los problemas deben examinarse a la luz de la verdad y de la justicia, renunciando a los estrechos egoísmos y a las amenazas del recurso a la fuerza". Señores Embajadores: Vuestras nobles misiones convergen hacia esta finalidad; a pesar del carácter generalmente bilateral de las relaciones que os corresponde entablar, os exigen la misma apertura a lo universal, a la verdad y a la justicia.

11. Al terminar este discurso sobre las exigencias universales de la paz, ¿necesito precisar ante todo la contribución que la Iglesia quiere aportar a la paz cumpliendo su misión específica, su misión espiritual? Esto da valor a los imperativos éticos de que hemos hablado y que garantizan al máximo el cumplimiento de las tareas humanitarias y políticas. Ustedes están aquí, junto a la Santa Sede, para observar constantemente sus orientaciones y sus iniciativas. Ciertamente en la historia la contribución de algunos cristianos, de algunas "naciones cristianas" a la paz, no ha estado siempre a la altura del mensaje del que eran portadores. La visión universal a veces ha quedado reducida por intereses y egoísmos particulares. Pero el mensaje cristiano presentado por la Iglesia no ha cesado de dar luz y fuerza para fundar una justa paz.

Permitidme evocar algunos documentos doctrinales que son jalones esenciales en el camino de la paz. En el curso de los últimos decenios, la Iglesia, segura de su experiencia y animada por su solicitud en favor del hombre, ha dado una enseñanza que es una verdadera "pedagogía de la paz". Después de los grandes Mensajes de Pío XII que abría, en un mundo arruinado por la guerra, perspectivas de una construcción sólida a la paz, Juan XXIII, en la Encíclica Pacem in terris (dirigida a todos los hombres de buena voluntad) basaba la convivencia pacífica de los hombres sobre el lugar central que ocupa el hombre en el orden querido por Dios, es decir, en su dignidad de persona. Los derechos y los deberes de la persona corresponden a los derechos y a los deberes de la comunidad. "A todos los hombres de buena voluntad —escribía Juan XXIII— incumbe hoy una tarea inmensa, la de restablecer las relaciones de la vida en sociedad sobre las bases de la verdad, la justicia, el amor y la libertad: relaciones de las personas entre sí, relaciones entre los ciudadanos y el Estado, relaciones de los Estados entre sí, relaciones, en fin, entre individuo y familias, cuerpos intermedios y Estados por una parte y comunidad mundial por otra" (n. V).

Pablo VI, particularmente en la Encíclica Populorum progressio, desarrolla el análisis ya comenzado por su predecesor sobre los desórdenes que reinan en el mundo, porque se violan la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Atrae la atención sobre situaciones que, impidiendo o haciendo fracasar la promoción integral del hombre y el desarrollo solidario de los pueblos, mantienen a la humanidad en un estado de división v de conflicto. Pablo VI presentó el desarrollo de las personas y de los pueblos como "el nuevo nombre de la paz" (n. 87).

En la misma perspectiva, el Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral Gaudium et spes, dice: "La paz no es mera ausencia de la guerra, ni se reduce al sólo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica..., se llama 'obra de la justicia'..., jamás es una cosa del todo hecha, sino en perpetuo hacer" (n. 78).

Por mi parte. en la Encíclica Redemptor hominis, puse de relieve la grandeza, dignidad y valor que son propios de la persona humana. El hombre es "el camino de la Iglesia, camino de su vida y su experiencia cotidiana, de su misión y de su fatiga". Este es el motivo por el que la Iglesia está atenta a la "situación del hombre" y a todo lo que es contrario al esfuerzo que mira a hacer "la vida humana cada vez más humana" (cf. n. 14; cf. Pablo VI, Populorum progressio, n. 21).

12. Y, en la práctica, la Iglesia —es decir, la Santa Sede y las Iglesias locales en comunión con ella— se compromete gustosamente a fomentar todos los diálogos verdaderos de paz, todas las formas de sincera negociación, de leal cooperación. Quiere trabajar por animar las pasiones que ciegan, por superar las fronteras, por disolver los odios, por aproximar a los hombres: por socorrerles y llevarles la esperanza, en el corazón mismo de sus pruebas en los conflictos que no puede impedir. Al confiar recientemente al cardenal Etchegaray la misión de visitar a los prisioneros iraquíes en Irán, y luego a los prisioneros iraníes en Irak, quería, en nombre de toda la Iglesia, expresar esta solicitud por las víctimas de la guerra. Quería también testimoniar que la Santa Sede no abandona nunca la esperanza de que se halle una solución política que abra finalmente una era de paz. La Iglesia quiere asimismo seguir prestando su voz a los pobres, a los afectados por las consecuencias de las guerras, a las víctimas de las torturas, a las personas desplazadas. Ante todo, quiere educar las conciencias para la apertura a los demás, el respeto al otro, la tolerancia, que va siempre acompañada de la búsqueda de la verdad, la solidaridad (cf. Discurso en Casablanca, 19 de agosto, 1985). Sabe además que la raíz del mal, del repliegue sobre sí mismo, del endurecimiento, de la violencia, del odio, está en el corazón del hombre; para curarlo propone los remedios salvíficos de Cristo.

En este año en el que, lo esperamos, todos los pueblos quieren consagrar su atención y sus esfuerzos al tema de la paz elegido por la ONU, la Iglesia tiene una contribución particular que aportar. Quiere invitar a los hombres, a sus hijos católicos, pero también a todos los cristianos y a todos los creyentes que lo deseen, a un gran movimiento de oración por la paz. Esta solidaridad en la oración al Altísimo, que comporta súplica confiada, sacrificio y obligación de la conciencia, tendrá una gran eficacia para obtener de Dios el don inestimable de la paz.

13. Excelencias, señoras, señores: Os doy las gracias por la atención y la benevolencia que prestáis y prestaréis a la obra de paz de la Santa Sede. Os doy la seguridad de la atención y benevolencia de la Santa Sede en favor de todos los esfuerzos de paz de vuestros Gobiernos.

Deseamos a todos que dondequiera que reinen todavía las guerras, guerrillas, amenazas o situaciones de injusticia, se emprendan finalmente procesos de paz, en beneficio de las respectivas poblaciones. Queremos que se dé una esperanza válida a la población humilde, a la que vive en sus propias tierras y a la que está privada o expulsada de su tierra. Y deseamos que lleguen a feliz término —con las garantías suficientes— las tentativas de paz que se perfilan en varios lugares de la tierra al comienzo de este año.

Pero también a cada uno de vosotros, a vuestras familias, ofrezco mis deseos de paz. Los he presentado ya al Señor en la oración. Imploro sus bendiciones, su protección, sobre cada uno de vosotros. ¡Paz en la tierra a los hombres que Dios ama, a los hombres de buena voluntad!


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.3 pp. 1, 2, 11, 12.

 

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

 

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