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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A COLOMBIA
LLAMAMIENTO DEL
PAPA JUAN PABLO II
ANTE LA TUMBA DE SAN PEDRO CLAVER
Cartagena, domingo 6 de julio de
1986
Queridos hermanos y hermanas:
En las postrimerías de mi visita pastoral a Colombia doy gracias a Dios que
ha permitido este encuentro de oración con vosotros, queridos sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos de la provincia de Cartagena, ante la tumba de
San Pedro Claver.
El santuario que nos acoge esta noche, dedicado a su nombre, transporta
nuestro espíritu a la época en la que el santo vivió, y nos conmueve con el
pensamiento de la verdadera libertad cristiana. En efecto, “para ser libres nos
libertó Cristo”.
Esta ciudad de Cartagena, ilustre por tantos títulos, tiene uno que la
ennoblece de modo particular: haber albergado durante casi cuarenta años a Pedro
Claver, el Apóstol que dedicó toda su vida a defender a las víctimas de aquella
degradante explotación que constituyó la trata de esclavos.
Entre los derechos inviolables del hombre como persona está el derecho a una
existencia digna y en armonía con su condición de ser inteligente y libre.
Mirado a la luz de la revelación, este derecho adquiere una dimensión
insospechada, pues Cristo con su muerte y resurrección nos liberó de la
esclavitud radical del pecado para que fuéramos libres en plenitud, con la
libertad de los hijos de Dios.
Las murallas de vuestra ciudad fueron mudos testigos de la labor apostólica
de Pedro Claver y sus colaboradores, empeñados en aliviar la situación de los
hombres de color y en elevar sus espíritus a la certeza de que, a pesar de su
triste condición de esclavos, Dios los amaba como Padre y él, Pedro Claver, era
su hermano, su esclavo hasta la muerte.
Cuando vuestros obispos en la III Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano señalaban la evangelización y el servicio a los pobres como
tarea prioritaria de la Iglesia, se situaban en línea de continuidad con esa
pléyade incontable de hombres y mujeres de todos los tiempos que, movidos por el
Espíritu, han consagrado sus vidas a mitigar el dolor, a saciar el hambre, a
remediar las más duras miserias de sus hermanos y a mostrarles, a través de su
servicio, el amor y la providencia del Padre y la identificación de sus personas
con la de Cristo, que quiso ser reconocido en los hambrientos, desnudos y
abandonados.
Esa línea se extiende ininterrumpida desde la primera comunidad cristiana
hasta nuestra Iglesia, la de hoy, en la que sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos, en número cada vez mayor, entregan sus vidas a Cristo en el servicio a
los enfermos, los incurables, los ancianos abandonados, los niños expósitos, los
miserables desechados por la sociedad y toda clase de nuevos pobres y nuevos
marginados.
Pedro Claver brilla con especial claridad en el firmamento de la caridad
cristiana de todos los tiempos. La esclavitud, que fue ocasión para el ejercicio
heroico de sus virtudes, ha sido abolida en todo el mundo. Pero, al mismo tiempo,
surgen nuevas y más sutiles formas de esclavitud porque “el misterio de la
iniquidad” no cesa de actuar en el hombre y en el mundo. Hoy, como en el siglo
XVII en que vivió Pedro Claver, la ambición del dinero se enseñorea del corazón
de muchas personas y las convierte, mediante el comercio de la droga, en
traficantes de la libertad de sus hermanos a quienes esclavizan con una
esclavitud más temible, a veces, que la de los esclavos negros. Los tratantes de
esclavos impedían a sus víctimas el ejercicio de la libertad. Los
narcotraficantes conducen a las suyas a la destrucción misma de la personalidad.
Como hombres libres a quienes Cristo ha llamado a vivir en libertad debemos
luchar decididamente contra esa nueva forma de esclavitud que a tantos subyuga
en tantas partes del mundo, especialmente entre la juventud, a la que es
necesario prevenir a toda costa, y ayudar a las víctimas de la droga a liberarse
de ella.
El testimonio de caridad sin límites que representa San Pedro Claver, sea
ejemplo y estímulo para los cristianos de hoy en Colombia y en América Latina,
para que, superando egoísmos e insolidaridades, se empeñen decididamente en la
construcción de una sociedad más justa, fraterna y acogedora para todos.
Antes de concluir nuestro encuentro, deseo expresar mi agradecimiento a todas
las personas que, con ilusión y generosidad, han colaborado en la preparación de
esta visita pastoral a Cartagena.
A vosotros, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos comprometidos os
aliento en vuestras tareas de apostolado y os exhorto a una renovada fidelidad a
vuestra vocación, que se traduzca en entrega total a Cristo, única fuente de
felicidad, en quien se sacian todas nuestras mejores aspiraciones.
A todos los aquí presentes, a todos los que me escuchan, en particular a los
enfermos, a los que sufren, imparto de corazón mi Bendición Apostólica.
© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana
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