MENSAJE DEL PAPA JUAN
PABLO II A LOS OBISPOS DE PERÚ REUNIDOS EN ASAMBLEA EXTRAORDINARIA
Queridos hermanos en el Episcopado:
Sigo con viva preocupación la actuación difícil en que desde hace tiempo se
encuentra vuestro país. La noticia de una brusca y repentina agravación de la
misma, por la intensificación de las tensiones políticas y sociales que han
seguido a los sucesos dramáticos del mes pasado, me llegó cuando me estaba
preparando para realizar mi Visita pastoral a Colombia.
Vosotros, solícitos como siempre por el bien de vuestro pueblo, habéis
intervenido inmediatamente con un nuevo llamado a la concordia nacional,
mediante la reconciliación de los espíritus y la mutua comprensión. Consideráis
que tales premisas son necesarias para una búsqueda provechosa de las soluciones
más idóneas de los serios problemas que todos, personalidades responsables y
ciudadanos en general, sin distinción deben afrontar, recorriendo la vía de la
justicia y del pleno respeto del valor fundamental de todo ser humano.
Deseo testimoniaros ante todo mi honda participación en el luto y en las
pruebas que atraviesa vuestro país y expresaros mi unión plena y cordial con
vuestras preocupaciones pastorales y con vuestros esfuerzos, dirigidos a
promover y a favorecer el bien común auténtico a través de la unidad de la
nación, superando los antagonismos de parte.
Quisiera que en la persecución de estos altos objetivos os acompañara el eco
de vuestras mismas palabras, que hice mías y confirmar durante mi Visita a
vuestro querido país en febrero del año pasado. Entonces repetí con vosotros que
“es importante que las instituciones encargadas de la vigilancia del orden
público y de la administración de la justicia, cuya misión es la defensa de la
vida y del orden jurídico, logren inspirar la confianza de la población,
contribuyendo así a fortalecer la convivencia de la ley en nuestro país”. Y
añadí que “el cristianismo reconoce la noble y justa lucha por la justicia a
todos los niveles pero invita a promoverla mediante la comprensión, el diálogo,
el trabajo eficaz y generoso, la convivencia, excluyendo soluciones por caminos
de odio y de muerte”.
La invitación a buscar y a lograr la concordia nacional por medio de la
reconciliación de los espíritus y del abandono de los odios y de los rencores,
que están en la raíz de la violencia, continuará siendo —de ello estoy seguro— el
punto fundamental de vuestra constante actividad magisterial y ministerial en
favor sobre todo de las generaciones jóvenes, que son las más expuestas a la
sugestión de ideologías falsas, no raras veces en las mismas sedes donde se
provee a su formación. Como decía en mi alocución a los jóvenes peruanos, el día
2 de febrero del año pasado, solamente en Cristo “está la respuesta a las ansias
más profundas” de sus corazones. Y añadía que en realidad “el tener confianza en
los medios violentos, con la esperanza de instaurar más justicia, es ser víctima
de una ilusión mortal”.
Elevo a Dios fervientes súplicas en favor de la concordia de los espíritus en
vuestro país y os exhorto a que promováis en las Iglesias a vosotros confiadas
una verdadera “cruzada” de oraciones. Suba a Dios el anhelo de pacificación y de
la deseada tranquilidad en el orden, que anida en el corazón de tantos hijos de
esa noble Nación.
Para todos pido a Cristo, “paz y reconciliación nuestra”, gracias abundantes,
en prenda de las cuales imparto de corazón una especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 16 de julio de 1986.
© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana
|