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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA FEDERATIVA DE BRASIL
ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 3 de marzo de 1986

 

Señor Embajador:

1. Le agradezco de corazón las nobles palabras que me ha dirigido al comienzo de su misión como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Federativa de Brasil ante la Santa Sede. Al recibir de sus manos las Cartas Credenciales, mi pensamiento se dirige, con sentimientos de deferente estima, al Señor Presidente de la República José Sarney, que lo nombró a las altas funciones que ahora va a desempeñar. Ruego le transmita los mejores deseos de felicidad en su mandato, para el mayor bien de la querida Nación brasileña.

Al asumir, con la nobleza de sentimientos que acaba de expresar, este cargo, le toca a Vuestra Excelencia proseguir el trabajo de una pléyade de Embajadores que le precedieron y dejaron aquí un grato recuerdo, pues contribuyeron a la armonía de las buenas relaciones existentes. Es tradición que viene de lejos, en el caso de Brasil, mantener un equilibrio positivo y respetuoso de la propia autonomía y de las competencias bien distintas de las instancias en diálogo, que se realiza con cuidadoso empeño, sobre la base de estima mutua, comprensión, amistad y colaboración. Este diálogo se centra, por lo que se refiere a la Santa Sede, en un plan específico, diferente del plan en el que dialogan, normalmente, los Estados con problemas e intereses más o menos iguales.

Pero le toca a Vuestra Excelencia, sobre todo, seguir representando aquí a un pueblo muy querido: bondadoso, dócil y acogedor, al mismo tiempo que poseedor de un rico patrimonio cultural. Entre los valores humanos, espirituales y cristianos que impregnan este patrimonio, emerge la conocida religiosidad del pueblo brasileño, documentada y patentizada de mil maneras.

2. Conservo en el recuerdo y en el corazón, realmente, la imagen viva de Brasil, donde estuve en 1980; y sigue igualmente viva la gratitud que me quedó por la buena acogida de las autoridades y del pueblo en los diversos Estados que visité durante jornadas inolvidables. La presencia de Vuestra Excelencia reaviva en mí la esperanza con que deseé ese encuentro y peregriné por la Tierra de Santa Cruz; esa esperanza se confirmó y consolidó con el contacto personal: que este País-continente sabrá solucionar sus problemas, para desempeñar bien el papel de primer plano que le corresponde en el concierto de los pueblos, en este momento histórico.

Esta esperanza va acompañada de la confianza de que la Iglesia en Brasil —con la misión de servir al hombre en su integridad y en todas partes— seguirá ayudando al hombre brasileño a armonizar y cultivar lo que le hace verdaderamente hombre; a dar respuesta a los no pocos ni pequeños desafíos que se pre­sentan en esta línea, teniendo en cuenta la creciente toma de conciencia, hoy preconizada, de que el establecimiento de un orden basado en la justicia y en la paz se impone claramente como imperativo moral a todos los pueblos y a todos los regímenes, por encima de las ideologías y de los sistemas. Esta concienciación – como es sabido – parte del hecho de que la Humanidad tiene una unidad profunda de intereses, vocación y destino; de que todos los pueblos están llamados a formar una sola familia, con la variedad y riqueza de sus características nacionales diferentes (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la Paz, 1986, n. 4).

3. Vuestra Excelencia se refería a iniciativas apremiantes y de vastísimo alcance que se imponen en su País el cual, en este momento, como sucede un poco por todas partes, se resiente de cambios profundos y rápidos: redistribución, mediante reformas adecuadas, de bienes y «riquezas que la Providencia destinó abundantemente» a Brasil; revisión de normas para la participación en la vida colectiva; empeño en conseguir mayor serenidad crediticia para el Estado de derecho. Y aludía a los designios esenciales que inspiran y determinan la buena voluntad de los más altos responsables, encargados de regir el destino político y el bien común de los brasileños, proponiéndose como meta la victoria, en el plan espiritual, de la abolición de las condiciones de vida inhumanas y la justa participación de todos en los bienes a disposición.

Con relación a todo esto mi confianza, más aún, la confianza de la Iglesia y del mundo, al mismo tiempo que se funda en la providente ayuda del Altísimo, que no faltará, tiene su razón de ser en la vitalidad sana de las nuevas generaciones, que es también un fenómeno que aparece por todas partes, gracias a Dios; ellas tienen mayor conciencia de un sentido de responsabilidad que sobrepasa fronteras y del imperativo de cultivar grandes y perennes ideales. En ellas se ha de asentar el diálogo y solidaridad de toda la familia humana, para la solución de problemas y tensiones mundiales o circunscritos, que a todos interpelan.

4. La Iglesia en Brasil dispone de la riqueza de una larga y honrosa tradición, que puede proporcionar seguridad a su camino con el hombre brasileño, en el sentido de salvaguardar y cultivar valores y buscar objetivos comunes. La luz y energía que provienen de la misión religiosa de la propia Iglesia, con el deseo de servir a la comunidad humana, encarnado por sus fieles, han de dictar las líneas del buen entendimiento, en algún momento también de la colaboración, para superar dificultades y para que se creen condiciones con el fin de realizar las citadas tareas, de gran urgencia y amplias repercusiones; se trata de la protección del hombre y de su desarrollo, de la ayuda inaplazable a regiones y sectores menos favorecidos, de la lucha contra flagelos de diverso tipo, sin olvidar los de orden social, que hoy se propagan por todas partes, bajo formas de violencia, de droga, de miseria explotada, de desocupación, de disgregación familiar, etc.

Sobre la vitalidad de las diócesis, de las parroquias y demás comunidades de diverso orden, en las que se realiza la vida eclesial en su Patria, se fundamenta la confianza de que la Iglesia en Brasil, animada por el espíritu del Evangelio, va a seguir fomentando en los corazones, sobre todo en los jóvenes, en los muchos y esperanzadores jóvenes brasileños – que son «la mayor riqueza de un país inmensamente rico» – apertura saludable de los verdaderos valores universales: amor sin fronteras, libertad clara, solidaridad fraterna, paz como bien supremo en la peregrinación terrena del hombre, justicia social.

Es necesario tener siempre bien presente que el hombre no vive sólo de pan material para el cuerpo. Tiene otro tipo de hambre, aspiraciones profundas, vinculadas a sus Derechos fundamentales que, cuando son menospreciados o conculcados, hacen vacilar las bases de la paz.

5. Entretanto, la Iglesia, fiel siempre a Dios y a su plan salvador, colocará al hombre en la primera línea de su empeño pastoral, proclamando que la dignidad y vocación de la persona, como su vida, son algo sagrado; que todos no somos demasiados para contribuir a que se respete la sacralidad de la vida de cualquier ser humano, asegurándola en todos los momentos de su existencia; todos no somos demasiados para salvaguardar los bienes valiosos de la familia y del matrimonio, con sus características inseparable, y sus funciones indeclinables con respecto a la vida y educación de los hijos.

Sí, todos no somos demasiados para ayudar al hombre a ser más hombre, auxiliándolo a pasar de la «orilla» al camino firme de la vida auténtica; a discernir los valores que dan sentido a la propia existencia; a saber distinguir las sospechas y propagandas con bases ideológicas que no llevan a Dios y, finalmente, a saber vencer perplejidades y perturbaciones en sus opciones éticas.

La confianza de buen éxito en todo esto se fortalece cuando se puede contar con las dotes del pueblo brasileño: dotes de comprensión, tolerancia, afabilidad y compasión; dotes que, en su gran mayoría, están valorizadas por los dictámenes de la fraternidad, inseparables de la condición cristiana.

Al terminar, le aseguro, Señor Embajador, mi estima y la disponibilidad que encontrará aquí siempre para favorecer el buen ejercicio de su alta misión. Y al desearle los mejores éxitos y apoyos personales, con mi bendición apostólica, imploro los favores de Dios para Vuestra Excelencia, para cuantos le acompañan y para sus familiares y colaboradores, así como para todo el querido pueblo brasileño, al que deseo la mayor prosperidad.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 11 p.11.



© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

 
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