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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CONGRESO DE LA UNIÓN CATÓLICA ITALIANA
DE PROFESORES DE ENSEÑANZA MEDIA


Jueves 13 de marzo de 1986

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. Me produce siempre gran alegría encontrarme con vosotros, profesores socios de la Unión Católica Italiana de Enseñanza Media (UCIIM), que desde hace más de cuarenta años os dedicáis, con empeño, entusiasmo y con el talante de expertos educadores, a la formación humana y cristiana de las nuevas generaciones. Os saludo cordialmente, y de una manera especial saludo también a la presidenta, profesora Cesarina Checcacci, y al asistente eclesiástico.

Sé que vuestra Unión, inspirándose en los valores religiosos y éticos del cristianismo, ha sentido siempre una gran preocupación no sólo por la profesionalidad de los profesores, sino también por toda la compleja realidad de la escuela secundaria, inferior y superior; o sea, sus orientaciones de fondo, sus contenidos culturales, sus métodos pedagógicos y didácticos, y sus mismas estructuras.

En esta perspectiva, a la vez global y unitaria, habéis dedicado continuamente un cuidado y atención especiales a la educación religiosa de los muchachos y de los jóvenes en la escuela. Sé que en este campo, vuestro empeño de estudio, de reflexión y de acción no ha disminuido nunca, y se ha manifestado sumamente atento y de gran utilidad para la renovación del plan que "la enseñanza de la religión" ha solicitado en estos últimos años.

2. La investigación seria, profunda y responsable desarrollada por vuestra Unión, ha puesto en evidencia el conjunto de motivaciones que hacen de la enseñanza de la religión en la escuela, una exigencia de la educación global del hombre. Sin comprometer nada el carácter de verdadera enseñanza de la religión en la escuela, con la objetividad y autenticidad de sus contenidos, sino más bien reafirmándolo, la ha introducido "en el cuadro de los objetivos de la escuela", convirtiéndolo no sólo en anuncio del mensaje evangélico de la salvación, sino también en un hecho de cultura, adecuado y conforme a la naturaleza y a las exigencias de la misma.

El empeño inteligente, constante y asiduo con el cual los dirigentes y toda la Unión, con una rigurosa investigación y en fidelidad a la Iglesia, han profundizado durante estos años en esta compleja problemática, ha ofrecido un precioso servicio no sólo a la Iglesia, sino también a la cultura, a la escuela y a la sociedad.

Asimismo, el congreso terminado hace poco sobre el tema: "Jóvenes, cultura religiosa y escuela", se inscribe en este compromiso de búsqueda, en una dirección nueva y original.

Habéis acogido inmediatamente y hecha vuestra la invitación que os hice el 18 de enero del pasado año, con ocasión de vuestro XVI Congreso nacional, cuando os pedí que no dejéis solo al profesor de religión, sino que lo sostengáis principalmente a través de la "formulación correcta de los interrogantes que llevan a una investigación religiosa adecuada, a partir de la instancia nacida precisamente de la disciplina de vuestra competencia".

Os agradezco el haber acogido enseguida la invitación, y estoy seguro de que las relaciones y las reflexiones de vuestro congreso habrán contribuido ciertamente a iluminar este importante aspecto del problema.

3. Queridos profesores: Permitidme que a vuestras reflexiones añada alguna mía, para testimoniar el gran interés que tengo por este problema.

La primera reflexión se refiere al sentido o sentimiento religioso fundamental del hombre. Es verdad que se trata de una dimensión natural e innata, presente en todo hombre; pero precisamente por esto debe educarse y desarrollarse correctamente. Por desgracia, en el mundo contemporáneo existen culturas que imponen el "silencio" sobre Dios y sobre todo lo que se relaciona con Él, o rechazan incluso cualquier tipo de "razonamiento" sobre el tema; existen formas pobres de "laicismo" que, aun sin negar expresamente a Dios ni al mundo de lo sagrado, sin embargo de hecho prescinden de Él y lo excluyen del circuito vivo de la cultura humana; y existen corrientes de pensamiento de tal modo perdidas en el fragmentarismo de las "cosas terrenas", que son incapaces de formular preguntas sobre el significado del hombre y de la vida, y sobre el valor mismo de las cosas.

La escuela y la cultura no pueden dejarse aprisionar en unos puntos de vista tan estrechos y asfixiantes. Deben estar abiertas a todos los interrogantes y porqués del hombre, aun a los más profundos, comenzando por los que se refieren a las razones del vivir y del morir, el sentido último de la existencia y el significado del bien y del mal.

4. El "valor de la cultura religiosa" que el "nuevo" Concordato aduce como primera motivación de la presencia de una enseñanza de religión adaptada y apropiada a la naturaleza y a los fines de la escuela, no se identifica simplemente con la suma de las influencias culturales que una religión (en nuestro caso, el catolicismo) ha estado y está en grado de ejercer sobre los diversos aspectos de la vida y de la cultura, sino que, en una línea mucho más profunda, está para indicar la realidad de la íntima dimensión del espíritu humano, del cual procede y se crea la cultura abierta a la trascendencia, como cultura auténtica del hombre, y en el que se sitúan y encuentran respuestas los interrogantes existenciales sobre el sentido fundamental y último de la vida.

Descubrir esta vinculación indisoluble entre la religión y la dimensión fundamental y constitutiva del hombre, que se da al surgir las preguntas existenciales, no es cosa de poco, ni es el último descubrimiento que los jóvenes de hoy están llamados a hacer.

Son muchos los caminos que pueden llevar a este descubrimiento. Se puede decir que toda disciplina escolástica, si se profundiza al máximo con un método de investigación correcto y riguroso, constituye un camino para llegar al nivel de profundidad en la vida del espíritu, en la que todos los interrogantes se encuentran y se agrupan en un único e inmenso interrogante: "¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué sentido tiene mi existencia?".5. La filosofía, las ciencias, el arte, la literatura y la música demuestran la existencia en el mundo del espíritu, y manifiestan que en el corazón del hombre existe un deseo infinito e insatisfecho de verdad, de bellezas, de orden, de armonía y de amor que no encuentra una respuesta satisfactoria en las realidades terrenas.

El desarrollo histórico de todo el género humano, en sus vicisitudes dramáticas de miseria y de grandeza, se pone interrogantes que superan los confines del tiempo y del espacio, pretenden logros que exceden las mismas fronteras de la historia.

En todas las disciplinas escolásticas se entabla el diálogo entre lo real y la conciencia crítica y sistemática del mismo, y el hombre descubre sus inmensas posibilidades, pero también sus propios límites; los indicios de su nobleza y grandeza, y a la vez sus innegables contradicciones y miserias.

Vosotros, profesores, sois los que podéis ayudar a los alumnos a hacer de estas fronteras no una barrera infranqueable que delimita los confines de un mundo mezquino, sino una ventana abierta de par en par a la trascendencia infinita de Dios.

6. El segundo pensamiento que quisiera confiar a vuestra reflexión, queridos profesores, es éste: ciertamente que no escapa a vuestra atención las numerosas dificultades que angustian el progreso de la cultura en el mundo moderno, al cual el mismo Concilio Ecuménico Vaticano II no ha dejado de hacer una explícita referencia en la Constitución Pastoral Gaudium et spes, en el capítulo dedicado al progreso de la cultura.

Estas antinomias existen, pero no son insuperables. Como afirma con autoridad la misma Gaudium et spes, "existen múltiples relaciones entre el mensaje de la salvación y la cultura" (n. 58): relaciones incluso de integración y de colaboración.

Es necesario reconocer los "valores positivos" de la cultura de hoy: ésos además pueden constituir "una preparación para recibir el anuncio del Evangelio" (n. 57).

Pero, sobre todo, es necesario suscitar en los jóvenes la confianza en la capacidad de la inteligencia y de la razón. Y esto también en su relación con la fe religiosa, de la cual la razón puede ofrecernos el fundamento, según la célebre expresión de San Agustín: "No creería si no supiera que puedo y debo creer".

Una adhesión religiosa basada sobre la arena movediza de un fideísmo irracional y sentimental, no sólo no es digna del hombre, sino que está destinada a no soportar el choque y las dudas corrosivas de cierta cultura contemporánea.

7. No sólo esto; aun para crecer y madurar, la fe cristiana moralmente tiene necesidad de una dimensión cultural. En este sentido vuestro trabajo de profesores y de profesores católicos, es sumamente precioso. Sois vosotros los que, con la correcta exactitud de vuestra disciplina de enseñanza, podéis asegurar el clima cultural de seriedad y a la vez de apertura a los valores de la espiritualidad y de la trascendencia religiosa, oponiéndoos al cierre del inmanentismo y del cienticismo, y a toda reducción en la concepción de la vocación del hombre.

Queridos hermanos y hermanas: Está en juego algo grande; se trata del hombre y de su porvenir, de los jóvenes, del futuro de las nuevas generaciones y del futuro de la sociedad y de la Iglesia.

Tened un gran aprecio de vuestra misión de profesores. No tengáis miedo de dedicar a ella empeño, fatiga, inteligencia y sacrificios. Merece la pena: vosotros trabajáis en la escuela para construir el hombre "desde dentro", en las raíces de su humanidad. Es éste el mayor servicio que podéis realizar.

Y con el fin de valorizar y hacer más fecundo vuestro trabajo, de todo corazón imparto mi bendición a vosotros y a todos los que representáis, a vuestras familias y a vuestros alumnos.

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

 
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