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VISITA PASTORAL A PERUSA Y ASÍS

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PROFESORES Y ESTUDIANTES EN EL AULA MAGNA
DE LA UNIVERSIDAD DE PERUSA


Domingo 26 de octubre de 1986


 

Señor rector magnífico de la Universidad de los Estudios de Perusa;
señor rector magnífico de la Universidad para los Extranjeros;
ilustres profesores;
muy queridos estudiantes;
señoras y señores:

1. "Ingredere ut adores".

La frase esculpida sobre el arquitrabe de la puerta de entrada de la iglesia de esta universidad es una invitación, que los monjes olivetanos quisieron confiar a la piedra, para que permaneciera perenne y actual en el tiempo. Esta invitación deseo repetirla a todos vosotros, hoy, al venir en visita a la sede central de la universidad: he entrado en el lugar sagrado y he adorado la presencia misteriosa y consoladora de Cristo, Hombre-Dios escondido y viviente en el signo sacramental del Pan eucarístico. Pero he entrado en la iglesia universitaria no sólo por un deber íntimamente sentido, sino también para expresar mi aprecio y mi exhortación a la comunidad eclesial que vive, reza y obra testimoniando la propia fe en el ámbito del vasto y complejo mundo universitario: esta iglesia es de hecho el centro de una acción pastoral, que deseo bendecir y animar, para que sea siempre más eficaz, incisiva y penetrante. Desde hace casi treinta años, desde enero de 1958, ininterrumpidamente, en el lugar restituido al culto gracias al interés del llorado rector magnífico Giuseppe Ermini, se siembran semillas de verdad y de gracia en las almas de las jóvenes generaciones de universitarios, y deseo que esa acción pastoral continúe y constituya una levadura evangélica destinada a fermentar el mundo universitario perusino. Mi sincera felicitación a todos aquellos que juntos colaboran en la realización de tales iniciativas de la pastoral universitaria en Perusa.

Me complace recordar en este momento que los monjes olivetanos quisieron dedicar la iglesia a la Virgen de la Anunciación, que conservaba las palabras del mensaje del Ángel en su corazón como precioso tesoro.

Agradezco al rector magnífico de la universidad, profesor Giancarlo Dozza, y al rector magnífico de la Universidad para los Extranjeros, senador profesor Giorgio Spitella, las amables palabras que me han dirigido y saludo cordialmente a los docentes, a los investigadores, a todos los estudiantes de la universidad, hoy reunidos en esta sede para nuestro encuentro.

2. "Ingredere ut adores". La antigua invitación de los monjes olivetanos se dirigía al fiel creyente para exhortarlo a entrar en el templo con una altísima finalidad: buscar, encontrar, adorar a Dios, el Ser Infinito, Trascendente, Omnipotente, Creador. Al entrar en un templo toda otra finalidad debe estar subordinada a la búsqueda y al encuentro personal con el Absoluto.

La actitud fundamental del hombre frente a Dios es por tanto la humildad, es decir, la límpida y serena autoconciencia de la propia pequeñez, del propio límite, de la propia contingencia, y condición de criatura con relación al Eterno, al Omnisciente.

¿Y qué otra finalidad tienen en sí mismas las instituciones culturales de la historia del hombre sino la búsqueda de la verdad? ¿Y cuál es —para los hombres de cultura, sean profesores o alumnos— la actitud más en consonancia con tan exaltante aventura, sino la humildad? Humildad en la búsqueda sincera de la verdad; humildad en acogerla; humildad en transmitirla a los otros.

La universidad es una institución que, por su misma naturaleza, tiende —o por lo menos debería tender— a superar los particularismos de los sujetos y los de los objetos de estudio y de enseñanza: "Universitas Studiorum", la llamaban los medievales, pero también "Universitas Docentium et Discentium", todos y todo ensamblados en una armónica, si bien dinámica unidad. La universidad, por su naturaleza, representa y es este proyecto de fundamental búsqueda de la verdad, que atrae y sobrepasa a todos y que tiende a armonizar los aspectos particulares de las varias especializaciones.

Es necesario, por tanto, en el campo de la cultura y de la investigación universitaria, superar un cierto tipo de mentalidad individualista, celosa de las propias investigaciones y del propio saber. La verdad es de todos y para todos, y debe ser destinada a iluminar la vida de todos los hombres. La verdad nos es desvelada y donada, no pertenece, como bien propio y exclusivo, a nadie. En el Libro de la Sabiduría, el autor inspirado presenta al rey Salomón quien, describiendo la propia cultura enciclopédica, que él identifica con la "sabiduría", afirma: "Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico, no me guardo ocultas sus riquezas" (Sab 7, 13): es un auténtico programa de vida también para los hombres de cultura y de ciencia del mundo contemporáneo.

3. En este año en que celebramos el decimosexto centenario de la conversión de San Agustín, que he querido recordar con la Carta Apostólica Augustinum Hipponensem, viene espontáneamente a la memoria, también en este lugar, el evento histórico, su significado religioso y la indicación que de él proviene para el mundo de la cultura. Agustín buscó la verdad con tenacidad, con sufrimiento, con pasión; la encontró, porque se le reveló con el rostro mismo de Dios reconocido y descubierto de nuevo en su imagen impresa en el hombre. El resorte secreto de su incansable búsqueda filosófica y teológica durante toda la vida, fue el mismo que le había guiado a lo largo del itinerario de la conversión: el amor a la verdad. "¿Qué desea el hombre —dice San Agustín— más fuertemente que la verdad? " (In Ioann. Evang. Tract. 26, 5: PL 35, 1609).

Mas la unidad de los sujetos y de los objetos de investigación puede estar garantizada teóricamente siempre que se funde sobre este profundo reconocimiento de Dios como "causa subsistendi, ratio intelligendi et ordo vivendi". Este horizonte se puede verificar en las intuiciones más puras de las grandes religiones de la humanidad; es una intuición que encontramos también en construcciones filosóficas precristianas y puede constituir una insustituible y fecunda fuente de inspiración y de comportamientos para la cultura y para la ciencia.

La evocación de San Agustín presenta a nuestra consideración —como he mencionado arriba— el gran y fundamental tema del hombre como imagen de Dios: en ello consiste propiamente el motivo de la grandeza y de la dignidad del hombre; de todo hombre, porque la imagen divina que está en él, más aún, que es él, no es nunca destruida, aunque se puede ofuscar a causa de la voluntad prevaricadora. En la verdad del hombre, que fundamentalmente es también su "ser imagen de Dios", encontramos asimismo la verdad de Dios: por tanto, también el hombre es eje de la unidad de la búsqueda intelectual. De hecho, en cada búsqueda, directa o indirectamente, el hombre se busca a sí mismo, trata de responder y de resolver los problemas fundamentales de su ser y de su existencia: si no se dirige a la conciencia del hombre y a su elevación y, si fuera necesario, a su liberación, tal búsqueda resulta vana y quizá también peligrosa.

Las universidades tienen en esto —como han tenido desde siglos— una tarea de excepcional importancia: "Se trata —dije en la UNESCO— de instituciones de las que sería difícil hablar sin una profunda emoción. Son los bancos de trabajo, en los que tanto la vocación del hombre al conocimiento, como el vínculo constitutivo de la humanidad con la verdad como objetivo del conocimiento, se hacen realidad de cada día, se hacen, en cierto sentido, el pan cotidiano de tantos maestros, venerados corifeos de la ciencia, y en torno a ellos, de los jóvenes investigadores dedicados a la ciencia y a sus aplicaciones, y también de multitud de estudiantes que frecuentan estos centros de la ciencia y del conocimiento" (Discurso 2 de junio de 1980, n. 19: AAS 72, 1980, págs. 747 y s.; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 15 de junio de 1980, pág. 13).

Me es grato en esta ocasión recordar al gran jurista Bartolo de Sassoferrato, que en este «Studium Generale" gastó los años de su enseñanza más madura y aquí concluyó su todavía joven vida (1313-1357): él, que solía llamarse "fidelis christianus et Sedis Apostolicae servus fidelis", puso en el centro de su enseñanza jurídica al hombre considerado como persona real concreta. Deseo hoy rendir el debido homenaje a este antiguo maestro del derecho, que ha engrandecido, al mismo tiempo, a la Iglesia y a la universidad de Perusa.

4. Abriéndose a los vastos e ilimitados horizontes de la verdad, que es de todos y para todos, la cultura está estructuralmente hecha para el diálogo y por tanto para la paz.

Aquí en Perusa más que en otro lugar se hace palpable la necesidad, no sólo de ponerse en diálogo con las otras culturas con las que continuamente se está en contacto, sino más aún, de elaborar una verdadera cultura de diálogo, con el fin de evitar tensiones o conflictos provocados por el deseo de prevalecer unos sobre los otros.

Esta estupenda e ilustre ciudad ostenta una antigua tradición de hospitalidad en relación a los estudiosos y estudiantes provenientes de todos los países europeos, desde los siglos pasados, de tal manera que una iglesia, la de Santa María la Nueva, y un cementerio estaban destinados de modo particular a los extranjeros. Perusa puede, con toda razón, ser llamada y sentirse vocacionada a desarrollar el papel ejemplar de "Ciudad para el diálogo" y, de modo particular, a través de su universidad, que se puede cualificar como "Universidad para el diálogo". Este objetivo puede ser logrado también mediante el provechoso intercambio entre el "Estudio Perusino" propiamente dicho, y la "Universidad Italiana para Extranjeros" frecuentada cada año por miles de jóvenes provenientes de todos los continentes.

5. Diálogo de las culturas no significa, sin embargo, que no se deba o no se pueda hacer un discernimiento, dar un juicio sobre ellas a partir del hombre, de sus derechos, de su dignidad, de su vocación a la trascendencia. Si, por una parte, no puede ser aceptada de ninguna manera la llamada "cultura del desprecio", que juzgaba o juzga las manifestaciones de las otras culturas como primitivas, insignificantes, retrógradas, superadas; por otra parte, no se puede caer en el indiferentismo y por tanto en la imposibilidad de individuar un criterio de discernimiento, en relación a las varias culturas históricas. A causa de un malentendido "respeto de las culturas" no se puede impedir la denuncia profética, en nombre de la fe o de la sabiduría humana, en nombre de la defensa de la persona y de la vida humana. Existen hoy, por desgracia, ideologías y comportamientos que han creado o tratan de crear y de imponer una "cultura de la muerte", una "cultura de la violencia", una "cultura del odio". Es necesario contraponer una "cultura de la vida", una "cultura de la paz", una "cultura del amor" entre los pueblos y las naciones. "No hay duda —dije en la UNESCO— de que el hecho cultural primero y fundamental es el hombre espiritualmente maduro, es decir, el hombre plenamente educado, el hombre capaz de educarse por sí mismo y de educar a los otros. No hay duda tampoco de que la dimensión primera y fundamental de la cultura es la sana moralidad: la cultura moral" (Discurso 2 de junio de 1980, n. 12: AAS 72, 1980, pág. 743; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 15 de junio de 1980, pág. 12).

Y por tanto es preciso insistir en el convencimiento de la prioridad de la ética sobre la técnica, del primado de la persona sobre las cosas, de la superioridad del espíritu sobre la materia. ¡La causa del hombre será servida si la ciencia y la cultura pactan con la conciencia!

6. Ilustres profesores, muy queridos estudiantes:

En el escudo de esta Universidad, resalta la figura de un obispo. Se dice que dicho obispo es San Ercolano, mártir, Patrono de la ciudad de Perusa, reconocido como símbolo ciudadano incluso por aquellos que no comparten la fe cristiana. ¡El, de hecho, en el siglo VI, defendió con la resistencia no violenta, no a sí mismo ni sólo a la Iglesia, del invasor: él defendió la ciudad entera, la cultura, la civilización!

Aún hoy la Iglesia, como vuestro obispo mártir, tiende a la defensa del hombre, de cada hombre y de todo el hombre, de cualquier amenaza o violencia, ello comporta la defensa de la auténtica cultura de cada pueblo, de la libertad de investigación, de enseñanza, de debate, y especialmente del derecho de profesar, incluso externamente, la propia fe religiosa.

¡El diálogo fecundo aquí en Perusa entre la Universidad Italiana y la Universidad para Extranjeros ha de ser signo de este ideal de libertad y de respeto por el hombre, imagen de Dios!

Con estos deseos de muy buen grado os imparto la bendición apostólica, prenda de las gracias y de los favores celestiales.

 

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

 

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