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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE FILIPINAS
ANTE LA SANTA SEDE
*

Martes 9 de septiembre de 1986

 

Señor Embajador:

Me complace dar la bienvenida a Vuestra Excelencia al presentar las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Filipinas. Le doy las gracias por su mensaje tan cargado de sentimientos y por haberme transmitido los saludos de su Presidenta, Su Excelencia Corazón C. Aquino. Por mi parte quisiera pedirle que le transmita la seguridad de mis oraciones y de mis votos en su favor y en favor de todos sus conciudadanos.

Espero de verdad que el momento actual sea un período importante para su País, lleno de planes y de realizaciones que ayuden a forjar un futuro más seguro y próspero para todos. Pido al Señor que el reto de la justicia social halle en vosotros una respuesta generosa: la necesidad de aliviar la pobreza, el desempleo y el subdesarrollo, y de construir juntos una sociedad realmente justa, libre y pacífica.

Puesto que un alto porcentaje del pueblo filipino profesa la fe católica, la Iglesia se halla en una posición singular a fin de colaborar de forma muy significativa en el desarrollo continuo de vuestra Nación. La Iglesia, en todas las naciones, anima a sus miembros a participar activamente en la vida política y social y a buscar luz y energía en el Evangelio. Al hacerlo, desea servir a la familia humana en sus deseos de libertad, justicia y paz. La Iglesia quiere promover una sociedad en la que se respeten plenamente los derechos y la dignidad de todas las personas humanas.

Pero la contribución principal, aunque no exclusiva, de la Iglesia, se sitúa en el terreno espiritual. La Iglesia proclama incesantemente la Buena Nueva de la salvación e intenta conducir a las gentes al conocimiento y el amor del Dios Omnipotente. Está convencida de que esto constituye un servicio irreemplazable a la Humanidad. Pues, como afirmaba yo mismo en mi última Encíclica, sobre el Espíritu Santo «Dios uno y trino... al comunicarse por el Espíritu Santo como don al hombre, transforma el mundo humano desde dentro, desde el interior de los corazones y de las conciencias» (Dominum et Vivificantem, 59; L'Osservatore Romano, edición en Lengua Española, 8 de junio de 1986, pág. 15).

Me he sentido complacido al constatar vuestra referencia a la no-violencia. En un mundo en el que asistimos como testigos mudos a una espiral de actos de terrorismo y violencia, resulta necesario convencer al pueblo de que use medios no violentos para solucionar las diferencias y procurar la justicia. En este sentido, debemos estar convencidos de la eficacia y la sabiduría que comporta el diálogo honesto. Como afirmaba en mi Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de 1986: «El diálogo es un medio con el que las personas se manifiestan mutuamente y descubren las esperanzas de bien y las aspiraciones de paz que con demasiada frecuencia permanecen ocultas en sus corazones. El verdadero diálogo va más allá de las ideologías, y las personas se encuentran unas con otras en la realidad de su humano vivir. El diálogo rompe los prejuicios y las barreras artificiales. El diálogo lleva a los seres humanos a un contacto mutuo como miembros de la única familia humana con todas las riquezas de su diversidad cultural e histórica» (n. 4; L'Osservatore Romano, edición en Lengua Española, 22 de diciembre de 1985, pág. 24).

La diplomacia se funda en el convencimiento común a fin de intensificar ese diálogo entre pueblos y naciones. En el mundo de hoy se está haciendo cada vez más claro que ninguna nación puede pretender vivir aislada. Nos estamos moviendo hacia una mayor interdependencia en el marco de la comunidad internacional y hacia una concepción más clara de la importancia creciente de la confianza y la colaboración mutuas.

La tarea que está llamado a realizar en su condición de Embajador ante la Santa Sede contribuye a estas causas. Al iniciar esta digna empresa, puede estar seguro de la ayuda y la cooperación de los diversos departamentos de la Santa Sede en el cumplimiento de su trabajo. Por mi parte, le deseo éxito y felicidad en su tarea.

Que Dios esté con usted y que bendiga abundantemente a todo el querido pueblo de Filipinas.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 39, p.9.

 

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

 

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