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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY,
CHILE Y ARGENTINA
CEREMONIA DE BIENVENIDA
DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
Aeropuerto «Comodoro
Arturo Moreno Benítez» de Santiago de Chile Miércoles 1 de abril de 1987
Excelentísimo Señor Presidente de la República, Señores miembros de la
Junta de Gobierno, amados hermanos en el Episcopado, autoridades civiles
y militares, hermanos y hermanas todos muy queridos:
1. ¡Alabado sea Jesucristo! Sean éstas las primeras palabras que pronuncian mis
labios en esta querida tierra de Chile. Con ellas quiero expresar mi saludo, mi
plegaria y el lema de mi ministerio apostólico, ya que, como Pastor universal,
mi afán, así como el de toda la Iglesia, no es otro que el de alabar y celebrar
a Jesucristo, anunciando su nombre bendito a todos los pueblos, porque no hay
otro nombre en el que podamos encontrar la salvación (cf. Hch 9, 12).
Prosiguiendo mi ya largo itinerario evangelizador por las más diversas latitudes
del orbe, llego ahora a vuestra amada nación. Con inmensa alegría y profunda
gratitud a Dios y a su dulce Madre, la Virgen del Carmen, he besado, lleno de
emoción, el suelo de esta noble tierra; he querido abrazar así, con expresiva
simpatía y especial afecto, a todos los chilenos sin distinción, hombres y
mujeres, familias, ancianos, jóvenes y niños.
Vengo a vosotros como siervo de los siervos de Dios, Obispo de Roma, que empuña
el cayado de peregrino, la cruz de Cristo Salvador, y se hace heraldo de
evangelización, mensajero de nueva vida en Cristo y de la paz verdadera: “La
paz –pues– a todos vosotros los que estáis en Cristo”, os digo con palabras de
San Pedro (1P 5, 14).
En este saludo queda compendiado el más profundo deseo que brota de mi corazón
de hermano vuestro y Pastor de vuestras almas.
2. Dios me concede hoy la gracia de ver cumplida la aspiración, por mí tan
acariciada, de venir a visitaros. Por eso, mi gozo es ahora grande. Os agradezco
vuestra cordial bienvenida con la que manifestáis la generosa hospitalidad que
es una de las características de este pueblo chileno noble y acogedor. Sé que
desde hace tiempo esperabais este encuentro, que deseabais ardientemente recibir
al Papa para expresarle vuestro amor y reforzar el vínculo de fidelidad que os
une al Sucesor de Pedro.
Al visitar vuestra tierra yo bendigo y alabo al Creador, que la ha dotado con
una prodigiosa riqueza de bellezas naturales, concentrando aquí–como dicen
vuestras leyendas–todo lo que le restó al finalizar la obra de la creación del
mundo: montañas, lagos y mares, climas diversos, vegetación espléndida y áridos
desiertos, colores y panoramas fascinantes.
Admiro la maravillosa naturaleza de vuestras tierras, pero admiro sobre todo vuestra fe, que yo deseo confirmar y estimular. Sois un pueblo cristiano y ésta
es vuestra mayor riqueza. Recibisteis la luz del Evangelio hace ya casi cinco
siglos y ahora el Sucesor de Pedro viene a alentar entre vosotros un nuevo
esfuerzo evangelizador.
3. Así, pues, mi peregrinación por vuestras ciudades: Santiago, Valparaíso,
Punta Arenas, Puerto Montt, Concepción, Temuco, La Serena y Antofagasta, será un
itinerario de evangelización.
Mi mensaje va destinado por igual a todos los hijos de Chile; es un mensaje
pascual y. por lo tanto, es un mensaje de vida: de la vida en Cristo, presente
en su Iglesia; también en la Iglesia que está en Chile, para promover en el
mundo la victoria del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la unidad
sobre la rivalidad, de la generosidad sobre el egoísmo, de la paz sobre la
violencia, de la convivencia sobre la lucha, de la justicia sobre la iniquidad,
de la verdad sobre la mentira: en una palabra, la victoria del perdón, de la
misericordia y de la reconciliación. Esa vida en Cristo y por El es la que da
plenitud a la existencia humana aquí en la tierra, a la vez que es prenda de la
vida eterna en los cielos.
4. Con el Evangelio en la mano, quiero sentirme peregrino dentro del
corazón de todo hombre y de toda mujer chilenos, en el corazón de este pueblo
que vive su concreta experiencia histórica, con los desafiantes problemas del
presente. Vengo para compartir vuestra fe, vuestros afanes, alegrías y
sufrimientos. Estoy aquí para animar vuestra esperanza y confirmaros en el amor
fraterno.
Como heraldo de Cristo, portavoz de su mensaje al servicio del hombre,
junto con todos los Pastores de la Iglesia, proclamo la inalienable dignidad de
la persona humana creada por Dios a su imagen y semejanza y destinada a la
salvación eterna.
Animado pos este espíritu, exclusivamente religioso y pastoral, quiero celebrar
con vosotros el misterio pascual de Jesucristo, para insertarlo más
profundamente en la vida y en la historia de vuestra patria tan amada.
Meditaremos en común las enseñanzas del Señor, rezaremos unidos, y
comunitariamente trataremos de hacer que el mensaje del divino Redentor
penetre en nuestras vidas y en las estructuras de la sociedad, para
transformarlas según el plan de Dios, convirtiendo los corazones y construyendo
un país reconciliado.
5. He aceptado con gozo la amable y reiterada invitación a visitaros que me
hicieran tanto el Señor Presidente de la República como vuestros obispos.
Reciba usted, Señor Presidente, mi deferente saludo, así como la expresión de mi
gratitud por sus cordiales palabras de bienvenida. Un saludo y un agradecimiento
que hago extensivo a las demás personalidades aquí presentes: miembros de la
Junta de Gobierno, ministros de Estado, magistrados de la Corte Suprema de
Justicia y demás autoridades civiles y militares.
Mis sentimientos de gratitud se expresan en afectuoso abrazo de paz a mis
hermanos en el Episcopado, que se hallan aquí presentes para recibirme en nombre
de toda la amada Iglesia que está en Chile. Saludo igualmente con afecto a los
sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, catequistas y laicos que, con su
trabajo apostólico y testimonio cristiano, edifican el reino de Cristo, en
fidelidad a Dios y a la Iglesia.
Saludo finalmente a todos los habitantes del país de cualquier clase o condición;
pero de modo especial mi saludo y afecto se dirige a los pobres, a los
enfermos, a los marginados, a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu.
Sepan que la Iglesia está muy cercana a ellos, que los ama, que los acompaña en
sus penas y dificultades, que quiere ayudarles a superar las pruebas y que les
anima a confiar en la Providencia divina y en la recompensa prometida al
sacrificio.
6. Con este espíritu evangélico de amistad y fraternidad deseo iniciar mi
visita.
Y al comenzar mi peregrinación con la paz de Cristo, dirijo confiado mi mirada
al santuario nacional de Maipú para pedir a vuestra Patrona, la Virgen Santísima
del Carmen, que ilumine y guíe mis pasos por los caminos de Chile. “María es la
Memoria de la Iglesia. La Iglesia aprende de Ti, María, que ser Madre quiere
decir ser una Memoria viva, quiere decir conservar y meditar en el corazón las
vicisitudes de los hombres y de los pueblos: las vicisitudes alegres y dolorosas” (Homilía
durante la Misa de la solemnidad de Santa María , Madre de Dios, 1 de enero
de 1987).
Que por la poderosa intercesión de Santa María, Madre de Chile, Virgen del Norte
y del Sur, Señora del Mar y de la Cordillera, Dios bendiga a Chile.
Amados chilenos todos: ¡Dios bendiga a este pueblo con la paz, suscitando en
vuestros corazones la alegría de la fe, del amor y de la esperanza, que
de corazón yo deseo compartir estos días con vosotros!
¡Alabado sea Jesucristo!
© Copyright 1987 - Libreria
Editrice Vaticana
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