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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

SALUDO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA CIUDAD DE SANTIAGO Y A TODO CHILE

 Cerro de San Cristóbal (Santiago de Chile)
Miércoles 1 de abril de 1987

 

Mi alma proclama la grandeza del Señor” (Lc 1, 46).

1. Desde este hermoso Cerro San Cristóbal, quiero dirigir mi palabra de saludo a Santiago y a todo Chile con las palabras de María en el canto del Magníficat.

Sí, mi alma proclama la grandeza del Señor al contemplar el espectáculo de la ciudad que se extiende a los pies de la cordillera. Mi plegaria y mi afecto se dirigen a todos vosotros que os unís a esta celebración vespertina con vuestra presencia, a través de la radio o la televisión. Quiero que el saludo cariñoso del Papa llegue a todos los rincones de este noble país: desde el desierto de Atacama hasta la Tierra del Fuego, recorriendo los Andes, columna vertebral de América; haciéndose eco en los volcanes reflejándose en los lagos y resonando en los bosques; visitando como amigo el corazón de cada chileno para darle esperanza, alegría, voluntad de superar dificultades y continuar construyendo la sociedad nueva de la gran familia chilena.

Agradezco vivamente las afectuosas palabras de bienvenida que monseñor Bernardino Piñera, Presidente de la Conferencia Episcopal, me ha dirigido en nombre de los obispos y de toda la Iglesia de Chile.

En este Cerro coronado por la imagen de María Inmaculada y en el contexto de su canto del Magníficat, no puedo menos de sentir cómo el Todopoderoso sigue haciendo obras grandes y maravillosas en todos vosotros que, como piedras vivas (1P 2, 5), constituís la realidad de esta Iglesia.

2. Elevo mi canto de alabanza al Señor por los sacerdotes, que con su entrega generosa reúnen la familia de Dios en comunidad de hermanos y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu (Lumen gentium, 28). Alabo al Señor por los diáconos en cuyo ministerio tan apreciable se reflejan en modo especial, las palabras de Jesús que afirma que El vino a servir y no a ser servido (Mt 20, 28), porque su labor es un auxilio eficaz para la acción pastoral de los obispos y presbíteros. Alabo al Señor por los religiosos y religiosas, que mediante su consagración y su servicio al prójimo son signo y anticipo de las promesas del reino de los cielos.

Doy gracias a Dios por los jóvenes y las jóvenes que han escuchado el llamado de Jesús y se preparan en los seminarios y en las casas de formación para el ministerio sacerdotal y la vida religiosa. Por tantos laicos comprometidos como catequistas, animadores de comunidades eclesiales de base y en tantas otras formas de apostolado.

El encuentro con vosotros en esta tarde otoñal, hace latir mi corazón como el de Isabel al recibir el saludo de María. Y también como Isabel, quiero yo proclamaros bienaventurados por haber creído, por haber acogido en vuestros corazones la Palabra de Vida y por manifestar esa fe en vuestro compromiso de servicio a la comunidad de los hermanos, por amor de Dios.

Doy gracias a Dios, en fin, por toda esta Iglesia que, tratando de seguir las huellas de su Maestro, profesa un amor de preferencia por los pobres. Hoy también, como en sus comienzos, la Iglesia quiere imitar a su Fundador, que ofreció como prueba de su mesianidad el que la Buena Noticia era anunciada a los pobres (Mt 11, 5). De esta manera se hacen realidad las palabras de María, que en su cántico nos recuerda cómo en los planes de Dios los últimos serán los primeros, los humildes ensalzados y los pobres colmados de los bienes del reino.

3. Por eso hoy, desde este lugar que a los pies de María ha sido durante más de medio siglo un faro de esperanza, saludo y bendigo a todos los habitantes del país, desde Arica al Cabo de Hornos y hasta la isla de Pascua; pero de una manera especialmente entrañable a los que más sufren en su cuerpo y en su espíritu: a los hombres, mujeres y niños de las poblaciones marginales; a las comunidades indígenas; a los trabajadores y a sus dirigentes; a quienes han sufrido los estragos de la violencia; a los jóvenes, a los enfermos, a los ancianos. Tienen también acogida en mi corazón de Pastor todos los chilenos, que desde tantas partes del mundo miran con nostalgia a la patria lejana. Como Sacerdote y Pastor pienso con amor en todos aquellos que, cediendo a las fuerzas del mal, han ofendido a Dios y a sus hermanos: en nombre del Señor Jesús los llamo a la conversión para que tengan paz.

Al iniciar mi peregrinación entre vosotros, como signo de mi presencia en vuestra tierra y de mi deseo de compartir el mensaje de la paz y de la vida con todos, imparto mi bendición hacia los cuatro puntos cardinales de esta querida tierra chilena. Quiero tras pasar los límites de la ciudad para visitar con la bendición de Dios la dureza del desierto minero, la fertilidad de las tierras de las que con sudor sacáis el sustento diario; las nieves eternas de la Cordillera y las profundidades marinas donde florece la vida en el silencio de las aguas. Para todo Chile será mi bendición, para cada chileno mi palabra y para los más pequeños y necesitados lo mejor de mi afecto.

 

© Copyright 1987 -  Libreria Editrice Vaticana 

 

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