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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ENFERMOS DEL CENTRO «HOGAR DE CRISTO»

Santiago de Chile
Viernes 3 de abril de 1987
 

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. En el curso de mi visita pastoral a la Iglesia en Chile no podía faltar este encuentro con los enfermos y con el personal que los asiste. Es para mí un deber, que siento de veras en mi corazón de Pastor, venir hasta vosotros, que sois la parte del redil de la Iglesia más probada por el dolor, y hacerla objeto de una especial expresión de afecto. Y junto con vosotros, hermanos enfermos de esta sección del Hogar de Cristo, tengo también presentes en mi pensamiento, con inmenso cariño, las demás secciones de esta gran iniciativa de caridad que dejara asentada en Chile el Siervo de Dios padre Alberto Hurtado Cruchaga, de la Compañía de Jesús; tengo presentes a los ancianos y a los niños que aquí han encontrado su hogar; pienso también en todos los enfermos de Chile que se hallan en este momento en los hospitales, clínicas y asilos, así como a los que se encuentran en sus propias casas asistidos por sus familiares. A todos os quiero expresar mi amor en Cristo y mi cercanía en el sufrimiento, pues, como miembros de la misma Iglesia de Cristo, “si sufre un miembro todos los demás sufren con él” (1Co 12, 36).

Mi presencia entre vosotros la inspira también el ferviente deseo de consolaros en vuestra tribulación y dar así testimonio de que Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, es “el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo” (2Co 1, 3). El amor que nos une, la fe y la esperanza que compartimos, son “el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios” (Ibíd., 1, 4).

2. Consciente de esto, la comunidad cristiana, la Iglesia en Chile, ha de dar testimonio de especial predilección por sus miembros sufrientes. La Iglesia demuestra su vitalidad por la magnitud de su caridad. No existe mayor desgracia para ella que el enfriamiento de su amor. La Iglesia no ha de ahorrar esfuerzo en mostrar entrañas de misericordia hacia los más necesitados y hacia todas las personas víctimas del dolor: aliviándolos, sirviéndolos y ayudándoles a dar un sentido salvífico a sus sufrimientos. También en esto nos ilumina la figura del padre Hurtado, hijo preclaro de la Iglesia y de Chile. El veía a Cristo mismo en sus niños desamparados y en sus enfermos. ¿Podrá también en nuestros días el Espíritu suscitar apóstoles de la talla del padre Hurtado, que muestren con su abnegado testimonio de caridad la vitalidad de la Iglesia? Estamos seguros que sí; y se lo pedimos con fe.

A vosotros, queridos enfermos de todo el país, confío esta intención. Que vuestra plegaria, que es participación en la cruz de Cristo, llegue hasta Dios y que El siga derramando en abundancia la gracia que renueve el ardor de caridad en la Iglesia en Chile, y suscite vocaciones de entrega generosa a los hermanos más necesitados. ¡Cuántos jóvenes han descubierto su vocación de consagración total a Dios precisamente en los ambientes de dolor, asistiendo a los enfermos!

3. Vosotros, los probados por el sufrimiento, sois piedras vivas, apoyo de la Iglesia. Por eso os repito hoy la exhortación que hacía en mi Carta Apostólica Salvifici Doloris: “Os pedimos a todos los que sufrís, que nos ayudéis. Precisamente a vosotros, que sois débiles, pedimos que seáis una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad” (Salvifici Doloris, 31) .

El misterio de la compasión encuentra en el corazón de la madre una infinita capacidad de acogida Volvemos por ello nuestros ojos confiados a María, consuelo de los afligidos, para que, como mujer fuerte a los pies de la cruz de Jesús, siga intercediendo por sus hijos más necesitados haciéndoles sentir su solicitud maternal.

Al renovar mi expresión de caridad hacia todos vosotros y mi confianza en el valor salvífico de vuestro dolor, os pido que ofrezcáis vuestro sufrimiento por la reconciliación de la gran familia chilena: para que reine el amor entre todos y para que en el mundo fluya como un río la paz.

A todos los enfermos de Chile, a sus familias, y a cuantos con abnegación y espíritu cristiano se dedican a su asistencia, imparto con afecto mi Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1987 -  Libreria Editrice Vaticana 

 

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