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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

SALUDO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA CIUDAD DE CONCEPCIÓN

Sábado 4 de abril de 1987

 

Queridos hermanos y hermanas:

 ¡Alabado sea Jesucristo!

1. Guiado por la Providencia divina llego hoy a vuestra acogedora ciudad, a la que sus fundadores y los primeros misioneros dieron el nombre de la Santísima Concepción, uniendo de esa manera para siempre su nombre con el recuerdo de la Virgen María y poniéndola bajo su maternal protección. Y es feliz coincidencia que llegue hasta vosotros en un sábado, día que la Iglesia consagra a la memoria de la Virgen.

En esta etapa de mi viaje apostólico por tierras chilenas abrigo el deseo de que todo el pueblo, con voz unánime pueda decirle a la Virgen María, como yo le digo: “Totus tuus”: ¡Todo tuyo soy, oh María!

La Virgen de Nazaret, la llena de gracia que se consagró por entero a la voluntad del Padre nos exhorta a vivir en unión con Ella y a imitar sus virtudes y su fidelidad a Cristo en plena sintonía con el Evangelio, siguiendo sus pasos y meditando sus palabras, para hacerlo carne y vida en el mundo de hoy. De esta manera Dios continuará penetrando profundamente en la historia de los hombres como lo hizo mediante la encarnación del Verbo, por obra del Espíritu Santo con la cooperación de María.

2. Saludo al señor arzobispo, a su obispo auxiliar, así como a las autoridades, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y a todo el Pueblo de Dios de esta arquidiócesis de Concepción. Agradezco vivamente vuestra cordial acogida y la preparación espiritual con la que habéis querido que esta visita del Papa sea un momento culminante de comunión eclesial en la fe, en la oración y en el amor.

Quisiera poder entrar en vuestras casas, saludaros personalmente, visitar y consolar a vuestros enfermos; deseo haceros sentir la presencia amorosa de Dios, nuestro Padre, en la renovada experiencia de que la Iglesia es la familia de los salvados en Cristo.

Sobre todo, en ese santuario doméstico que es el hogar, dentro del cual se cultivan la fe y el amor, de los que se nutren las demás virtudes y toda la vida cristiana. Quisiera asimismo reunirme con vosotros para orar juntos a Dios, Padre de misericordia y de todo consuelo, que está en los cielos.

En espera de poder celebrar mañana domingo, día del Señor, el encuentro con Cristo en la Eucaristía, dedicado de manera especial al mundo del trabajo, os reitero mi saludo y os expreso la alegría de poder estar en medio de vosotros y compartir vuestros mejores sentimientos.

3. Es Cristo el que nos une y el que nos convoca en su nombre y con su presencia cuando juntos oramos al Padre, como vamos a hacerlo ahora, al final de la jornada, desde aquí y ante el altar familiar de vuestras casas.

Cuando declina el día y llega la noche, parece que brota espontánea en nuestros labios la plegaria de los discípulos de Emáus: “Quédate con nosotros porque anochece” (cf. Lc 24, 29). En este día que acaba y que ve en vuestra ciudad de Concepción al Sucesor de San Pedro, juntos sentimos el gozo de ver cumplida la promesa de Jesús que es para siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).

Con la fe en esta presencia dirijamos al Señor nuestra oración y encomendemos a la Virgen María, recordando su Santísima Concepción, el fruto espiritual de esta peregrinación apostólica a Chile proclamando que Cristo es la Resurrección y la Vida.

 

© Copyright 1987 -  Libreria Editrice Vaticana 

 

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