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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY,
CHILE Y ARGENTINA
CEREMONIA DE
DESPEDIDA
SALUDO DEL PAPA JUAN
PABLO II AL PUEBLO CHILENO
Aeropuerto «Cerro Moreno»
- Antofagasta (Chile) Lunes
6 de abril de 1987
Excelentísimo Señor Presidente, señores miembros de la Junta de Gobierno,
amados hermanos en el Episcopado, autoridades civiles y militares,
queridísimos chilenos todos:
Con esta etapa de Antofagasta llega al final mi viaje apostólico a vuestra noble
nación. Me cuesta tener que separarme de vosotros. E1 corazón me pediría
prolongar esta estadía en este bendito país, pero he de continuar mi misión
pastoral en la nación hermana, Argentina.
Me llevo un profundo sentimiento de admiración por vuestro país; en particular
por la fe y la cultura cristiana que lo distingue. Durante estas jornadas que he
compartido con vosotros, he podido apreciar el amor de los chilenos a su patria,
a su herencia cultural y a los valores cívicos de solidaridad y apego a la
propia tierra. Puedan estas virtudes que os caracterizan, contribuir a la
superación de las dificultades con vistas a una convivencia más fraterna animada
por el espíritu cristiano.
En cada uno de los lugares visitados he encontrado, con gozo, el dinamismo y la
vitalidad de la fe cristiana, unidos a patentes muestras de amor y adhesión a la
Santa Iglesia de Dios y al Sucesor de Pedro. Quedan grabados con emoción en mi
memoria tantos momentos de este viaje, que son testimonio de religiosidad, de
vuestra piedad mariana, de vuestras esperanzas en el futuro, de los sinceros
deseos de hacer todo lo posible por alcanzar la reconciliación fraterna. Estad
seguros de que el Papa conservará en su corazón lo aprendido entre vosotros,
para dar gracias al Padre de las misericordias por los dones que os ha otorgado,
y pedirle que los acreciente cada día más.
De entre tantos momentos memorables, permitidme que mencione el encuentro con
los Obispos, y también con los sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas;
la coronación de la imagen de la Santísima Virgen del Carmen, en el santuario
nacional de Maipú; la beatificación de sor Teresa de los Andes, a la que me
encomiendo y os encomiendo; los encuentros con campesinos, pobladores,
trabajadores, hombres de la cultura, y con los queridos hermanos y hermanas
mapuches; las reuniones con los jóvenes, las familias y los enfermos. En verdad,
cada uno de estos encuentros, en las ciudades visitadas, me ha hecho palpar la
grandeza, humana y cristiana, de vuestro pueblo. Podéis estar seguros de que
todos los días seguiré elevando mi ferviente plegaria a Dios por vosotros; a
cambio, os pido que, también vosotros, como miembros vivos de la Iglesia, recéis
por el Papa.
En este momento de la despedida, mi oración se dirige a Dios rico en
misericordia para que corrobore en cada uno de vosotros, el firme deseo de
afrontar los problemas que os aquejan con ánimo sereno y positivo, con voluntad
de encontrar soluciones por el camino del diálogo, de la concordia, de la
solidaridad, de la justicia, de la reconciliación y el perdón. Os aliento a
continuar por ese camino, aprovechando los valores propios del alma chilena,
para que sepáis iluminar desde la fe vuestro futuro y construir sobre el amor
cristiano las bases de vuestra actual y futura convivencia. Quiera Dios que
estas inolvidables jornadas de intensa comunión en la fe y en la caridad,
infundan en todos los chilenos un renovado compromiso de vida cristiana, de
fidelidad a Cristo, de voluntad de servicio y ayuda a los hermanos,
particularmente a los más necesitados.
Antes de dejar vuestro país, deseo reiterar mi agradecimiento al Señor
Presidente de la República, y a todas las autoridades de la nación, por la
colaboración prestada en la preparación y desarrollo de esta visita pastoral.
Especial aprecio debo manifestar a todos mis hermanos en el Episcopado: al
cardenal de Santiago, Silva; al cardenal Fresno, actual arzobispo; a todos
vosotros, obispos; al Presidente de la Conferencia Episcopal, Mons. Piñera; al
organizador de este viaje, Mons. Cox; después a los sacerdotes, religiosos,
religiosas, diáconos, catequistas y a tantas personas –pienso en este momento
también en los medios de comunicación social– que han prestado también, con
entusiasmo y competencia, un servicio precioso –y muchas veces anónimo–, antes
y durante mi viaje.
El Papa espera mucho de los chilenos para bien de la Iglesia en vuestro país y
en el mundo entero. Quisiera que vuestro recuerdo de mi peregrinación apostólica,
sea un llamado a la esperanza, una invitación a mirar hacia lo alto, un estímulo
para la paz y la convivencia fraterna.
Durante estos días, nos hemos sentido más unidos, más hermanos. Y es que el amor
de Cristo se ha hecho presente con fuerza en nuestros encuentros, en nuestra
oración, en nuestras iglesias y calles, en nuestros hogares.
Ahora, en el momento de la despedida, quiero repetiros que os llevo en el alma,
os pertenecen mis plegarias. Son mías vuestras esperanzas y ansias; son míos
vuestros anhelos y gozos.
Contáis con la gracia de Dios y con la maternal protección de la Virgen del
Carmen, Madre y Reina de Chile.
Confiad siempre en Dios: ¡“ El amor es más fuerte ”! Y con amor os dejo también
mi Bendición Apostólica.
© Copyright 1987 - Libreria
Editrice Vaticana
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