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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ENFERMOS

 Catedral de Córdoba (Argentina)
Miércoles 8 de abril de 1987

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Narra el evangelista San Marcos que un día, cuando Jesús recorría la comarca de Genesaret, “comenzaron a llevarle en camillas, a donde oían que El estaba, a cuantos se encontraban enfermos” (Mc 6, 55).

El Papa ha querido venir hasta vosotros para deciros que Cristo, siempre cercano a los que sufren, os Lama junto a Sí. Aún más: para deciros que estáis llamados a ser “otros Cristo” y a participar en su misión redentora. Y, ¿qué es la santidad sino imitar a Cristo, identificase con El? Quienes se enfrentan al sufrimiento con una visión meramente humana, no pueden entender su sentido y fácilmente pueden caer en el desaliento; a lo más llegan a aceptarlo con triste resignación ante lo inevitable. Los cristianos, en cambio, aleccionados por la fe, sabemos que el sufrimiento puede convertirse –si lo ofrecemos a Dios– en instrumento de salvación, y en camino de santidad, que nos ayuda a alcanzar el cielo. Para un cristiano, el dolor no es motivo de tristeza, sino de gozo: el gozo de saber que en la cruz de Cristo todo sufrimiento tiene un valor redentor.

También hoy el Señor nos invita diciendo: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, que yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Volved pues a El vuestros ojos, con la segura esperanza de que os aliviará, de que en El encontraréis consuelo. No dudéis en hablarle de vuestro sufrimiento, tal vez también de vuestra soledad; presentadle todo ese conjunto de pequeñas y. a menudo, grandes cruces de cada día, y así –aunque tantas veces parezcan insoportables– no os pesarán, pues será Jesús mismo quien las llevará por vosotros: “Nuestros sufrimientos El los ha llevado, nuestros dolores El los cargó sobre Sí” (Is 53, 4.

En este camino de seguimiento de Cristo, sentiréis el gozo íntimo de cumplir la voluntad de Dios. Un gozo que es compatible con el dolor; porque es la alegría de los hijos de Dios, que se saben llamados a seguir muy de cerca a Jesús en su camino hacia el Gólgota.

2. Sabemos bien –gracias a la divina Revelación– que el dolor y el sufrimiento están inseparablemente unidos a la condición humana desde el pecado de nuestros primeros padres (cf. Gn 3, 7-19). Sin embargo, ese dolor y ese sufrimiento tienen un valor redentor, habiendo sido asumidos por Cristo, que “en su condición de hombre, se humilló a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8). Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quiso rescatarnos del pecado, del dolor y de la muerte. Para ello sufrió una pasión cruenta, que culminó con la entrega de su vida en la cruz, y a la que siguió su resurrección gloriosa, obrando de este modo la redención del género humano. En este tiempo de Cuaresma, nos preparamos para vivir en espíritu estos misterios de nuestra redención, con especial intensidad durante la Semana Santa.

En esta redención, obrada por Jesucristo, vosotros tenéis un papel de primer orden, pues –como dice San Pablo– completáis en vuestra carne lo que falta a la pasión de Cristo (cf. Col 1, 24). La redención que nos ganó Cristo de una vez para siempre, se sigue aplicando a los hombres, a través de los tiempos, por medio de la Iglesia, que se apoya de modo especial en el dolor y en el sufrimiento de los cristianos, que son ¡otros Cristos!

3. La Iglesia, como buena Madre, os lleva en su corazón; contempla en vosotros el dulce rostro de Cristo doliente. Reza constantemente por vosotros, para que el lecho del dolor en el que os encontráis, se transforme en altar donde os ofrecéis a Dios, para su gloria y para la salvación del mundo entero.

Este amor solícito de Cristo y de la Iglesia hacia vosotros se expresa también, con toda su virtud, en el sacramento de la unción de los enfermos. ¡Cuánta fortaleza encontraréis en él! Esa unción os ayudará a sobrellevar el dolor; os animará para no caer en la angustia que acompaña muchas veces a la enfermedad; si es conforme a los designios de Dios, os dará la salud corporal, pero sobre todo, os dará la salud del alma, haciéndoos sentir la presencia del Señor y disponiéndoos –cuando El lo quiera– para ir a la casa del Padre, con la serenidad y la alegría que caracterizan a los buenos hijos.

4. No puedo olvidar a cuantos participáis en el servicio de atender a los hermanos que sufren; no como simple beneficencia altruista, sino movidos por la caridad que el mismo Cristo os agradecerá el día del juicio cuando os diga: “Estuve enfermo, y me visitasteis” (Mt 25, 36), porque “cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Ibíd., 25, 40).

Así, pues, familiares, médicos, enfermeras, asistentes, religiosos y religiosas hospitalarios, y cuantos prestáis este servicio, sed conscientes de la gran tarea que Dios os encomienda. Los enfermos que dependen de vosotros necesitan y esperan vuestra asistencia. Dios recompensará, con abundancia, el heroísmo que tantas veces derrocháis al cuidar a estos hermanos vuestros.

5. Es de fundamental importancia la acción pastoral que los sacerdotes han de desarrollar entre los enfermos. Ningún sacerdote puede sentirse eximido de esta obligación. En especial, los que tienen encomendada la cura de las almas deben encontrar, en esta atención, una de las ocupaciones ministeriales más queridas a su solicitud de Pastores.

Una verdadera comunidad cristiana nunca abandona a los más necesitados y a los más débiles, sino que les brinda un cuidado prioritario. En el espíritu de vuestro pueblo, hay sentimientos de nobleza y solidaridad, arraigados en vuestra fe cristiana: continuad trabajando intensamente para que estos sentimientos se conserven y renueven.

Sé que, como fruto de una iniciativa en esta ciudad de Córdoba, se creó el primer servicio sacerdotal de urgencia. A través de él, cada noche, sacerdotes y laicos en vigilante espera, se movilizan para atender el llamado de Cristo a través de sus enfermos.

Sé también que este hermoso ejemplo se ha multiplicado en numerosas diócesis de la Argentina. Me da mucha alegría, y os aliento a continuar en este esfuerzo apostólico mediante el cual se hace visible la solicitud de la Iglesia, que vela día y noche por sus hijos más necesitados.

6. Mis queridos hermanos y hermanas: Junto a vosotros está siempre Santa María, como estuvo al pie de la cruz de Jesús. Acudid a Ella exponiéndole vuestros dolores. La mano y la mirada maternales de la Virgen os aliviará y consolará, como sólo Ella sabe hacerlo.

Cuando recéis el Santo Rosario, poned especial acento en aquella invocación de la letanía: “Salud de los enfermos, ruega por nosotros”.

En la Santa Misa que celebrare hoy, recordaré a todos ante el Señor y especialmente a vosotros, queridos enfermos; en el altar, junto a Cristo víctima, estarán vuestros dolores. Y ahora os imparto de corazón una particular Bendición Apostólica, a la vez que me encomiendo a vuestras oraciones, avaloradas por el dolor.

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

© Copyright 1987 -  Libreria Editrice Vaticana 

 

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