 |
VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY,
CHILE Y ARGENTINA
MENSAJE
RADIOTELEVISIVO DE JUAN
PABLO II A LOS PRESOS
Viernes
10 de abril de 1987
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. ¡Me hubiera gustando ir a veros personalmente durante este viaje a la querida
nación argentina! Aunque ello no ha sido posible, podéis estar seguros de que el
Papa, en su corazón de Pastor de toda la Iglesia, está siempre cercano a
vosotros, de modo particular durante estos días.
El mensaje de Cristo –de paz, alegría, esperanza y verdadera libertad interior– del que estoy hablando a todos los argentinos y argentinas, se aplica también
a vosotros, ya que ese mensaje es válido para todas las circunstancias de la
vida humana.
Me he emocionado al leer las cartas que me habéis enviado. Os agradezco
profundamente el afecto que demostráis hacia el Sucesor de Pedro, así como
vuestras oraciones al Señor y a su Madre Santa María, por mi persona y por toda
la Iglesia. ¡Que Dios en su bondad infinita os lo pague! Contad con mi oración
especialísima por vosotros, hoy en la Santa Misa.
2. La adversidad, más que el disfrute superficial de los bienes, ayuda a veces
al hombre a entrar en sí mismo, interrogándose por el sentido de su vida, por su
propio camino en la existencia, por su responsabilidad en ella, por su destino.
No hay que eludir estos interrogantes. Al contrario, hay que tratar de hacer luz
hasta encontrar respuestas no sólo a problemas circunstanciales, sino al sentido
mismo de la vida del hombre. Ha sido este adentrarse en sí mismo, el secreto de
muchas resurrecciones en la historia de los hombres.
En efecto, aun en medio del dolor o del fracaso, Dios mismo nos está revelando
lo que somos y lo que estamos llamados a ser. En el mismo anhelo de superar la
desgracia, de ser más fuertes que el mismo dolor, se expresa de alguna manera la
trascendencia del hombre que se sabe creado para la vida plena, para la
felicidad sin límites. Siempre somos más de lo que hacemos, de lo que pensamos y
deseamos. ¡Somos hijos de Dios!
Pero, junto con nuestra dignidad de criaturas salidas de las manos de Dios y
redimidas por Cristo, se sigue abriendo paso dentro de nosotros la tentación del
pecado. Toda caída, todo error nos descubre el misterio de fragilidad que se
esconde en cada ser humano. Somos débiles, frágiles, pecadores. Es ésta una
triste condición de nuestra pequeñez de criaturas que es preciso reconocer y
tener siempre en cuenta.
Esta fragilidad propia de la condición humana está reclamando a Dios como
fundamento firme de su vida. El reconocimiento de la propia debilidad nos
inclina a apoyarnos en Dios, que es la fuerza que nos libra del pecado. Y nos
levanta, si hemos caído.
3. A pesar de los motivos de dolor y desaliento que seguramente descubrís en el
pasado o en el presente, podéis y debéis mirar al futuro con esperanza: no sólo
con la esperanza humana de que un día podréis de nuevo vivir en libertad, sino
sobre todo con la esperanza sobrenatural, la que da Cristo, con la cual podéis
vivir ya ahora, en el presente, sin temor de quedar defraudados.
Nuestra esperanza se basa por tanto en Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre,
que ha dado su vida por nosotros –¡por todos nosotros!–, muriendo en la cruz y
pagando así el precio de nuestro rescate: “habéis sido rescatados... no con
algo corruptible como el oro o la plata, sino con la preciosa Sangre de Cristo”
(1P 1, 18-19).
Esta es la esperanza que os anuncio, ésta es la libertad que debéis desear por
encima de cualquier otra: “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm
8, 21).
Ya sé que no es nada fácil entender en toda su hondura este mensaje, cuando se
está en una situación como la vuestra. Recordad, sin embargo, que “no existe
hombre que no tenga necesidad de ser liberado por Cristo, porque no existe
hombre que no sea, de modo más o menos grave, prisionero de sí mismo y de sus
pasiones” (Homilía durante la misa celebrada en la cárcel romana de Rebibbia,
27 de diciembre de 1983).
Con su muerte, Cristo nos libera de la mayor esclavitud, de la peor de las
cárceles: el poder del pecado (cf. Jn 8, 34). Esta gozosa liberación espiritual, que se obró en
nuestra alma por primera vez con el bautismo, se renueva, cada vez que nos
acercamos con confianza al santo sacramento de la penitencia, fuente de paz y de
libertad en Cristo. Por vuestra parte, seguramente habéis experimentado –o lo
podéis experimentar– cómo “la verdadera liberación se obtiene en la
purificación del corazón, o sea, en aquel cambio radical de espíritu, de
mente y de vida, que sólo la gracia de Cristo puede obrar” (Homilía durante
la misa celebrada en la cárcel romana de Rebibbia, 27 de diciembre de 1983). Y así, vuestras
aflicciones presentes, ofrecidas al Señor con espíritu de reparación por
vuestros pecados y por los de toda la humanidad, se convertirán en penitencia
gozosa y llena de frutos.
4. Cristo quiere estar también entre vosotros. Lo afirma El mismo, de manera
explícita, en la descripción del juicio final, cuando dice a los bienaventurados:
“Estaba preso y vinisteis a verme” (Mt 25, 39). Y, ante la pregunta de ellos: “¿Cuándo te
vimos en la cárcel y fuimos a verte?” (Mt 25, 39), la respuesta del Señor es elocuente: “En verdad os digo: cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a
mí me lo hicisteis” (Ibíd., 25, 40).
Queridos hermanos y hermanas: ¡Mi deseo es que acudáis a Cristo! Y en Cristo
encontraréis la esperanza, el consuelo, la paz y la alegría.
Tenéis a Jesús en la capilla. Allí os espera, oculto bajo las apariencias de
pan, pero realmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Por amor
a nosotros dio su vida en la cruz para así lavarnos de nuestros pecados; y por
amor se ha quedado encerrado en el Tabernáculo para ser fuente de gracia y de
salvación para cuantos quieran acudir a El.
5. Pido al Señor que os llene de su gracia, os haga sentir su presencia de
Padre, Hermano y Amigo, y os impulse a dar en todo momento un ejemplo vivo de fe
y de amor cristiano. Encomiendo también a vuestras familias, rogando que los
lazos con ellas se fortifiquen cada día más.
Que la Santísima Virgen de Luján, Madre de Dios y Madre nuestra, os proteja
siempre, y os acerque a su divino Hijo, en quien encontraréis todos los bienes
que colman los deseos del corazón humano.
Os bendigo de todo corazón y con mucho afecto, en el nombre del Padre, y del
Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
© Copyright 1987 - Libreria
Editrice Vaticana
|