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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES REUNIDOS EN BUENOS AIRES
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 1987

Sábado 11 de abril de 1987

 

I “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene
y hemos creído en él
” (1Jn 4, 16).

Muy queridos jóvenes:

¡Qué alegría poder reunirme con vosotros esta tarde, al termino de un día tan intenso y casi al final de mi visita pastoral a Uruguay, Chile y Argentina, que culmina mañana, Domingo de Ramos, con la celebración de la Jornada mundial de la Juventud! Este encuentro de la víspera nos introduce en el clima propio de esa Jornada, que es un clima de fe en el amor que Dios nos tiene.

He venido a descansar un poco con vosotros, queridos jóvenes. He venido a escucharos, a conversar con vosotros, a rezar juntos. Quiero repetiros, una vez más –como os dije desde el primer día de mi pontificado– que “sois la esperanza del Papa”, “sois la esperanza de la Iglesia”. ¡Cómo he sentido vuestra presencia y amistad en estos años de mi ministerio universal a la Iglesia! Vuestro cariño y vuestras oraciones no han cesado de apoyarme en el cumplimiento de la misión que he recibido de Cristo.

Hoy estáis aquí, jóvenes procedentes de todo el mundo: de las diversas regiones de Argentina, de América Latina, de todos los continentes; de distintas Iglesias particulares, de asociaciones y movimientos internacionales. Os saludo con todo mi afecto, y en vosotros saludo también a todos los jóvenes del mundo, ya que a todos alcanza el amor que Dios nos tiene.

El lema de esta Jornada mundial, tomado de la primera Carta del Apóstol San Juan, nos muestra la fe de los primeros cristianos, y en particular la fe de este Apóstol, que siguió al Señor desde su juventud, creciendo en esa fe y en ese amor hasta su vejez. Precisamente hacia el final de sus días en la tierra, escribía: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en El. Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4, 16). Es un testimonio conmovedor de esa que también llamamos juventud cristiana del espíritu, que consiste en permanecer siempre fieles al amor de Dios. La unión con Dios nos hace crecer cada día en esa juventud. En cambio, lo que nos separa de Dios –el pecado y todas sus consecuencias– es camino de envejecimiento interior, de anquilosamiento y torpeza para conocer y vivir la constante novedad del amor de Dios, que se nos ha revelado en Cristo.

Me dirijo ahora especialmente a vosotros, queridos jóvenes argentinos, que sois la gran mayoría de los aquí presentes. Os doy las gracias en nombre de todos, por vuestro intenso trabajo de preparación de la Jornada y por la cordialidad de vuestra acogida juvenil.

En esta primera parte de nuestro encuentro, habéis querido reflejar vuestras preocupaciones e inquietudes, vuestros deseos y aspiraciones. Sé que estáis decididos a superar las dolorosas experiencias recientes de vuestra patria, oponiéndoos a cuanto atente contra una convivencia fraterna de todos los argentinos, basada en los valores de la paz, de la justicia y de la solidaridad.
Que el hermano no se enfrente más al hermano; que no vuelva a haber más ni secuestrados ni desaparecidos; que no haya lugar para el odio, la violencia; que la dignidad de la persona humana sea siempre respetada. Para hacer realidad estos afanes de reconciliación nacional, el Papa os llama a comprometeros personalmente, desde vuestra fe en Cristo, en la construcción de una nación de hermanos, hijos de un mismo Padre que está en los cielos. Os invito a renovar ese compromiso que ya formulasteis –junto con vuestros obispos– en la gran concentración juvenil de Córdoba, en septiembre de 1985. Ahora lo hacéis con el Sucesor de Pedro, que ha venido para confirmar vuestra fe y asegurar vuestra esperanza.

Agradeced al Señor el patrimonio de fe injertado en el dinamismo nacional y popular de Argentina. A vosotros toca asumir la responsabilidad de que ese patrimonio de fe vivifique vuestra generación, y muestre así su permanente vitalidad y actualidad en Cristo. Para ello, es necesario que todos vosotros –cada uno y cada una– responda con generosidad a la voz de Jesús, que hoy sigue diciéndonos, como al principio de su predicación en Israel: Convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 15). E1 Señor nos dirige una llamada vibrante y persuasiva a la conversión personal, que transforme toda nuestra existencia, de modo que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que nos amó y se entregó a Sí mismo por nosotros (cf. Ga 2, 20).

La fidelidad a Cristo requiere conocerlo y tratarlo –como Maestro y Amigo–, con hondura y perseverancia. La lectura frecuente de la Sagrada Escritura –y en especial de los Evangelios–; el estudio serio de la doctrina de Cristo, enseñada con autoridad por su Iglesia; la frecuencia de sacramentos; y la conversación diaria con Jesús en la intimidad de vuestra oración, serán cauces privilegiados para que progreséis en un conocimiento vivo de Cristo y de su mensaje de salvación.

Si al considerar este panorama de conversión en la fe y en el amor, sentís el peso de vuestros pecados y limitaciones, volved a poner vuestra confianza en Cristo, que jamás nos abandona. Contáis con la gracia de los sacramentos que ha dejado a su Iglesia, y en particular con la abundancia del perdón divino, que se nos confiere en la penitencia sacramental.

Pensad que el Señor cuenta con vuestra vida de fe – manifestada en obras y palabras – para hacerse presente en vuestra patria. E1 Señor mira con cariño y bendice todas vuestras iniciativas y actividades apostólicas, personales y asociadas, que, en comunión con la Iglesia y sus Pastores, deben contribuir decisivamente a dar una respuesta cristiana a los más profundos interrogantes de vuestra generación. De vosotros depende una renovada vitalidad del Pueblo de Dios en estas tierras, para bien de toda esta querida nación y del mundo entero.

Os invito ahora a cada uno personalmente, a que dirijáis una confiada y sincera petición a Dios, como aquel ciego de Jericó que dijo a Jesús: “Señor que vea” (Lc 18, 41). ¡Que vea yo, Señor, cuál es tu voluntad para mí en cada momento, y sobre todo que vea en qué consiste ese designio de amor para toda mi vida, que es mi vocación. Y dame generosidad para decirte que sí y serte fiel, en el camino que quieras indicarme: como sacerdote, como religioso o religiosa, o como laico que sea sal y luz en mi trabajo, en mi familia, en todo el mundo.

Poned esta petición en manos de Santa María, nuestra Madre. Como atestiguáis en vuestras peregrinaciones a su santuario de Luján y a tantos otros santuarios de la Argentina, Ella es la que os guía y conforta en esa peregrinación mediante la fe a la que el Amor de Dios os ha destinado.

II “Levántate y anda”  (Mt 4, 16)

Gracias, queridos jóvenes, porque en vuestra representación de la realidad latinoamericana habéis querido haceros eco de la invitación a la esperanza que proviene de Cristo. Sí, también yo quiero repetir con vosotros: “¡América Latina: sé tu misma! Desde tu fidelidad a Cristo, resiste a quienes quieren ahogar tu vocación de esperanza” (Celebración de la Palabra en Santo Domingo, III, n. 2, 12 de octubre de 1984).

En estas palabras, he querido expresar también por qué es América Latina el “continente de la esperanza”: por la fidelidad a Cristo, que este continente expresa en la gran mayoría de sus habitantes, por su fidelidad a la única esperanza, que es la cruz de Cristo.

Salve, oh cruz, nuestra única esperanza (Hymnus ad Vespras Hebdomadae Sanctae).

Una esperanza que es única y universal. Dios Padre, en efecto, quiso que en Cristo “habitase toda la plenitud. Y quiso también, por medio de el, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, pacificándolas por la sangre de su cruz” (Col 1, 19-20). América Latina es, pues, un continente que ve en la cruz del Señor la potencia redentora capaz de renovarlo todo, purificando y ordenando al reino de Cristo todo el cosmos creado. Esta honda persuasión me llevó el 12 de octubre de 1984, a entregar a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de este continente sendas reproducciones de aquella primera cruz, clavada en tierra americana. Quería, con ese gesto, despertar una nueva evangelización, que demuestre la fuerza de la cruz en la renovación de todo hombre y de todas las realidades que forman parte de su existencia.

Hoy preside este encuentro la gran cruz que encabezó todas las ceremonias del Año Santo de la Redención, y que el Domingo de Resurrección entregué a un grupo de jóvenes, diciéndoles: “Queridísimos jóvenes, al final del Año Santo os confío el signo mismo de este Año Jubilar. ¡La cruz de Cristo! Llevada por el mundo como señal del amor de nuestro Señor Jesucristo a la humanidad, y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado está la salvación y la redención”. Al dirigirme ahora a vosotros, jóvenes latinoamericanos, quiero recordaros que sois –a la sombra de la cruz de Cristo– protagonistas de una doble esperanza: por vuestra juventud, esperanza de la Iglesia; y por ser de Latinoamérica, continente de la esperanza. Y todo ello os confiere una particular responsabilidad, ante la Iglesia y ante toda la humanidad. ¡Espero mucho de vosotros!

Espero, sobre todo, que renovéis vuestra fidelidad a Jesucristo y a su cruz redentora. Pensad, en primer lugar, que ese mismo sacrificio redentor de Cristo se actualiza sacramentalmente en cada Misa que se celebra, quizás muy cerca de vuestros lugares de estudio y de trabajo. No es Jesús, por tanto, Alguien que ha dejado de actuar en nuestra historia. ¡No! ¡El vive! Y continúa buscándonos a cada uno para que nos unamos a El cada día en la Eucaristía, también, si es posible, acercándonos –con el alma en gracia, limpia de todo pecado mortal– a la comunión.

Pensad también en aquellas serias palabras que el Señor dirigió a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9, 23). Quiero haceros notar que esa cruz de cada día es especialmente vuestra lucha cotidiana por ser buenos cristianos, que os hace colaboradores en la obra de la redención de Cristo; de esta manera, contribuís a llevar a cabo la reconciliación de todos los hombres y de toda la creación con Dios. Es un hermoso programa de vida, pero que exige generosidad. Considerad entonces cómo ha de ser vuestra vida; porque si Cristo nos ha redimido muriendo en un madero, no sería coherente que vosotros le respondierais con una vida mediocre. Se requiere esfuerzo, sacrificio, tenacidad; sentir el cansancio de esa cruz que pesa sobre nuestras espaldas diariamente.

Pensad que esa donación de sí mismo exige la abnegación, la negación de nosotros mismos y la afirmación del designio salvador del Padre. Exige gastar la vida, hasta perderla si es preciso, por Cristo. Son éstos, en efecto, los términos en que Cristo se dirige a cada uno de nosotros: “Quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mí, ése la salvará” (Lc 9, 24). Quien se dedica sólo a sus propios gustos o ambiciones, por muy nobles que a primera vista pudieran parecer, estaría queriendo salvar su vida y. por tanto, alejándose de Cristo. Habéis de actuar entonces como Jesús en la cruz, con ese amor supremo del que da “la vida por los amigos” (Jn 15, 13). ¡Agrandad vuestro corazón! Sentid las necesidades de todos los hombres, especialmente de los más indigentes; tened ante vuestros ojos todas las formas de miseria –material y espiritual– que padecen vuestros países y la humanidad entera; y dedicaos luego a buscar y poner por obra soluciones reales, solidarias, radicales, a todos esos males. Pero buscad, sobre todo, servir a los hombres como Dios quiere que sean servidos, sin buscar en ello sólo la recompensa o dejados llevar por intereses egoístas.

Os pido, pues, en nombre del Señor, que renovéis hoy esa fidelidad a Cristo que hace de vuestra tierra el “continente de la esperanza”. He querido señalaros los ejes de ese compromiso con Cristo: la Eucaristía, el sacrificio en vuestra conducta cotidiana, la abnegación de la propia persona.

Os acompañe María, Esperanza nuestra, la Virgen de Guadalupe, Patrona de América Latina.

III

Queridos jóvenes de todo el mundo:

Al término de nuestro encuentro, vuelvo a repetir, una vez más, el lema de esta Jornada: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1Jn 4, 16).

Quisiera que vuestras vidas estuvieran siempre informadas por esta gran verdad: “Dios es amor” (Ibíd.). Una verdad que se ha revelado, más que con palabras, con hechos. Un amor que renueva al hombre desde dentro y lo convierte, de pecador y rebelde, en siervo bueno y fiel (cf Mt 25, 21). Una realidad de la que vosotros debéis dar constante testimonio, pues “el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4, 16). Permaneced en Dios, proclamando su amor, con la fidelidad a su plan de salvación y la generosidad del servicio, con serenidad y fortaleza, con profundidad en vuestra oración y capacidad de renunciamiento, con rectitud de vida y alegría de donación. Así daréis testimonio, con obras más que con palabras, de que Dios es amor.

Me habéis preguntado cuál es el problema de la humanidad que más me preocupa. Precisamente éste: pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no han descubierto la gran verdad del amor de Dios. Ver una humanidad que se aleja del Señor, que quiere crecer al margen de Dios o incluso negando su existencia. Una humanidad sin Padre, y por consiguiente, sin amor, huérfana y desorientada, capaz de seguir matando a los hombres que ya no considera como hermanos, y así preparar su propia autodestrucción y aniquilamiento. Por eso, mis queridos jóvenes, quiero de nuevo comprometeros hoy a ser apóstoles de una nueva evangelización para construir la civilización del amor.

“Nosotros amamos porque El nos amó primero” (Ibíd., 4, 19): la medida de nuestro amor no podemos encontrarla sólo en la débil capacidad del corazón humano; debemos amar con la medida del Corazón de Cristo, si no, nos quedaremos cortos para corresponder a su amor. Anunciad, pues, con empeño renovado, la fidelidad a Jesucristo, el “Redentor del hombre”. Tened presente que quien ama al Señor con todas sus fuerzas, quien dedica a Dios sus mejores afanes, nada pierde, al contrario lo adquiere todo, porque “su amor es pleno en nosotros... y nos ha dado su Espíritu” (Ibíd., 4, 12-13), Pero eso exige ser “hombres nuevos”.

Creer en el amor de Dios no es tarea fácil: requiere donación personal, no tranquilizar egoístamente la conciencia o dejar indiferente el corazón, sino hacerlo más generoso, más libre y más fraterno. Libre de tantas esclavitudes, como son los desórdenes sexuales, la droga, la violencia y el afán de poder y de tener, que terminan por dejaros vacíos y angustiados, e impiden el verdadero amor y la auténtica felicidad.

Abrid generosamente vuestro corazón al amor de Cristo, el único capaz de dar sentido pleno a toda nuestra vida. Os recomiendo, con San Pablo, “que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; y que arraigados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos, cuál sea la anchura y grandeza, la altura y la profundidad del misterio; y conocer también aquel amor de Cristo, que sobrepuja todo conocimiento, para que os llene de toda la plenitud de Dios” (Ef 3, 17-19).

Y, con el amor a Cristo, llenaos de amor por todos los hombres, pues «si alguien dice “amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un embustero: quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1Jn 4, 20). Queridos jóvenes: Acoged con gratitud el amor de Dios y expresadlo en una verdadera comunidad fraterna; estad dispuestos a entregar cotidianamente la vida para transformar la historia. E1 mundo necesita, hoy más que nunca, vuestra alegría y vuestro servicio, vuestra vida limpia y vuestro trabajo, vuestra fortaleza y vuestra entrega, para construir una nueva sociedad, más justa, más fraterna, más humana y más cristiana: la nueva civilización del amor, que se despliega en servicio a todos los hombres. Construiréis así la civilización de la vida y de la verdad, de la libertad y la justicia, del amor, la reconciliación y la paz.

Os consta cuánto me preocupa la paz del mundo y cómo he realizado con vosotros mismos, en distintas ocasiones, un itinerario evangélico de la paz. Sabéis bien que la paz es un don de Dios – ¡Jesucristo es “nuestra paz”! –, que hemos de pedir con insistencia.

Pero, además debemos construirla entre todos, y esto exige, también, de cada uno de nosotros, una profunda conversión interior.

Por eso, queridos jóvenes, hoy quiero comprometeros de nuevo a ser «operadores de paz », por los caminos de la justicia, la libertad y el amor os acercamos al tercer milenio: allí seréis los principales constructores de la sociedad, y los primeros e inmediatos responsables de paz. Pero la concordia social no se improvisa ni se impone desde fuera: nace dentro de un corazón justo, libre, fraterno, pacificado el amor. Sed, pues, desde ahora, junto con todos los hombres, artífices de la paz; unid vuestros corazones y vuestros esfuerzos para edificar la paz. Sólo así, viviendo la experiencia del amor de Dios y esforzándoos por realizar la fraternidad evangélica, podréis ser los verdaderos y felices constructores de la civilización del amor.

Que os acompañe siempre vuestra Madre Santa María, la que creyó en el amor de Dios y se entregó con fidelidad gozosa a su palabra. Siendo joven y sencilla, Ella se abrió generosamente al amor del Padre, recibió en plenitud el Espíritu y nos dio a Jesús, el Salvador del mundo.

Queridos jóvenes, amigos, de nuevo os repito: Por intercesión de Nuestra Señora de Luján, tan querida para los argentinos, sed –en todos los momentos y circunstancias de vuestra vida– testigos del amor de Dios, sembradores ole esperanza y constructores de paz.

© Copyright 1987 -  Libreria Editrice Vaticana 

 

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