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MENSAJE RADIO-TELEVISIVO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL PUEBLO CHILENO EN VÍSPERAS
DEL VIAJE APOSTÓLICO A CHILE

Lunes 30 de marzo de 1987

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

Lleno de gozo y esperanza, en vísperas ya de mi viaje pastoral a vuestra nación, os envío desde la Sede del Apóstol Pedro, centro de la catolicidad, un saludo entrañable y afectuoso: “Que la gracia y la paz sean con vosotros de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo” (Ga 1, 3).

Mi pensamiento va desde ahora a los obispos, sacerdotes y diáconos, a los religiosos, a las personas y ciudades que tendré la alegría de visitar, y a todos los chilenos sin distinción, hombres y mujeres, por los que rezo cada día y a los que bendigo con todo el afecto en el Señor.

Desde lo más profundo le mi corazón, doy gracias a la Divina Providencia porque me ofrece esta oportunidad de ir a vuestro país como Peregrino de Evangelización.

Voy a Chile, gozoso de saber que desde los albores del descubrimiento, en el lejano noviembre de 1520, el Señor quiso hacer su entrada en esa tierra privilegiada por la majestuosa e imponente puerta del estrecho de Magallanes. Allí, no lejos del extremo austral, según la tradición, se celebró por primera vez la Santa Misa en Chile. Allí, pues, Cristo, abriendo un nuevo y fecundo capítulo en la historia de la salvación, entregó esas tierras a Dios Padre y desde entonces, en tan hermoso escenario de campos y montañas, de bahías y de mares, de desiertos y canales el mismo Dios puso su morada y vive para siempre en el corazón de los chilenos, formando con todos ellos una sola familia de hermanos en torno a la cruz del Redentor, enarbolada por los primeros misioneros.

Con la celebración de la Eucaristía y con la predicación de la doctrina cristiana, se echaron en el país esas hondas e indelebles raíces de fe que, a lo largo de la historia, han sido para Chile, como para todo el continente latinoamericano, la sólida base para un profundo humanismo cristiano, fuente inagotable de preciosos valores históricos, culturales y sociales. Desde el comienzo, los misioneros no temieron arriesgar sus vidas por sembrar la Palabra divina, ofreciendo así una leal y generosa aportación a la unidad nacional y promoviendo el amor y la convivencia pacífica; sin descuidar el deber de decir por amor una palabra enérgica, cuando se menospreciaban los deberes de caridad y justicia.

Con la gracia de Dios espero llegar a vuestro querido país el primero de abril, como mensajero de la vida, del amor, de la reconciliación y de la paz que nacen de Cristo Redentor. Esta es la tarea pastoral que deseo desarrollar entre vosotros cumpliendo así el mandato que Jesús confió a Pedro y a sus Sucesores: Confirma a tus hermanos en la fe (Lc 22, 32).

He aceptado con alegría y gratitud la invitación que en su oportunidad me hicieran la Conferencia Episcopal de Chile y el Gobierno de la nación. Recorreré vuestro país desde su capital, Santiago, hacia el Sur, pasando por Valparaíso, Punta Arenas, Puerto Montt, Concepción y Temuco; y hacia el Norte, visitando La Serena y Antofagasta. Me hubiera gustado que mi itinerario apostólico incluyese otras ciudades y lugares; pero sabéis que voy a visitaros a todos, sin distinción de origen ni posición social; sabéis que acepto encantado la invitación que habéis querido hacer presente en centenares de millares de emblemas con la frase “ Santo Padre, ¡yo lo invito! ”; sabéis también que quiero entrar en todos los hogares al menos con el saludo o con la bendición y que, desde cualquier sitio donde me encuentre, a todos os abrazaré y a todos irá dirigida mi palabra de aliento y esperanza.

Mi visita tiene una dimensión religiosa y pastoral, al servicio de la causa del reino de Dios, que es “reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz” (cf. Praefatio Missae D.N.I.C. Universorum Regis).

Es para mí motivo de viva complacencia saber que, bajo la guía de vuestros Pastores, os estáis preparando con intenso espíritu de oración para que esta visita del Sucesor de Pedro produzca abundantes frutos que renueven vuestra caridad e impulsen la nueva evangelización, fortaleciendo la pastoral ordinaria y permanente de cada diócesis, guiada por su obispo. Ya desde ahora deseo manifestar mi reconocimiento a las autoridades eclesiásticas, civiles y militares, y a todos los queridos fieles por la generosa colaboración que están prestando para que las jornadas que, Dios mediante, viviré entre vosotros, refuercen los lazos de fraternidad y la voluntad de convivencia pacífica de todos los chilenos desde la perspectiva de la fe y en camino hacia la vida eterna.

Os pido que me acompañéis con vuestras plegarias y sacrificios. A la Santísima Virgen del Carmen, Reina y Patrona de Chile, encomiendo mi peregrinación apostólica, mientras en señal de benevolencia os bendigo a todos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

© Copyright 1987 -  Libreria Editrice Vaticana

 

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