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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY,
CHILE Y ARGENTINA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II PARA
CONMEMORAR LOS ACUERDOS DE MONTEVIDEO
Palacio Taranco de Montevideo Martes 31 de marzo de 1987
Señor Presidente de la República y miembros del Gobierno,
Señores Ministros de Relaciones Exteriores de Argentina, Chile y Uruguay,
Excelencias, Señoras y Señores:
1. En estos momentos siento un gran gozo dentro
de mí, al verme reunido con tantas ilustres personalidades en este lugar, que
fue testigo de un memorable acontecimiento. Un acontecimiento histórico, que
culminó años después con el triunfo de la buena voluntad y del entendimiento
entre hombres y pueblos, y que, por lo mismo, será una página inolvidable de la
historia de América Latina.
Como todos saben, entre dos países, hermanos por su
origen y raíces históricas, por su fe, su lengua y su geografía, existían
antiguas diferencias, que les llevaron en el año 1978 al borde de un conflicto
armado.
Hoy damos fervientes gracias a Dios, y nos congratulamos todos, porque,
en lugar de recurrir a la fuerza destructora de las armas, los responsables de
aquellos dos pueblos tuvieron la grandeza de ánimo de optar por el diálogo y la
negociación, decididos a superar las tensiones según criterios de equidad y. por
encima de todo, a garantizar la paz.
Es justo en esta ocasión manifestar pública
gratitud al Uruguay que, con actitud solidaria y constructiva, ofreció
generosamente su suelo para que sobre él pudiera darse, con la firma de los dos
Acuerdos de Montevideo en este Palacio Taranco, el primer paso en aquel camino
que iba a exigir, hasta llegar a la meta, grandes dosis de buena voluntad,
prudencia, sabiduría y tenacidad por parte de todos.
2. Fue aquella una opción
abierta y decidida, en orden a buscar soluciones no violentas a los conflictos
internacionales, y que honra a quienes la protagonizaron. Fue una lección
práctica y convincente de que los hombres y las naciones, si en verdad lo
quieren, pueden convivir en paz, haciendo prevalecer la fuerza de la razón sobre
las razones de la fuerza. Fue la confirmación de que la historia no está regida
por impulsos ciegos, sino que depende más bien, en su devenir, de las decisiones
justas y responsables, adoptadas libremente por los hombres. Por consiguiente,
la guerra no es algo fatídico e inevitable.
Hoy nos hemos dado cita en este
Palacio Taranco precisamente para conmemorar lo acontecido en aquel 8 de enero
de 1979, es decir, la reafirmación de los medios pacíficos para la solución de
las controversias entre dos países y la renuncia explícita al uso de la fuerza.
Antes de visitar Chile y Argentina –como había prometido hacer al término de la
Mediación que ambos países me solicitaron– he creído que era justo conmemorar
aquel gesto de buena voluntad, primera etapa del camino hacia la paz
Deseo
también en esta circunstancia rendir público homenaje a la memoria del cardenal
Antonio Samorè, mi Enviado Especial en aquella ocasión, quien, con gran tacto y
sentido de responsabilidad, supo perfilar y después consolidar en los ánimos el
convencimiento y la necesidad de superar las barreras que habían ido surgiendo
entre ambas naciones. En este Palacio, en el que gracias a sus esfuerzos, se
reunió con los respectivos Cancilleres, se echaron los cimientos de la deseada
paz.
3. Sobre esos cimientos, por el quehacer conjunto de ambos países y de la
Santa Sede, se fue construyendo después, gracias al trabajo cotidiano de
delegaciones competentes en la presentación y defensa de los legítimos intereses
nacionales (y a la fiel competencia de cuantos fueron mis colaboradores en la
Mediación), una realidad de paz consolidada y de prometedora colaboración.
Realidad que quedó definitivamente plasmada en el Tratado de Paz y Amistad
firmado el 29 de noviembre de 1984. Este Tratado, que entró en vigor el 2 de
mayo sucesivo mediante el canje de los instrumentos de ratificación, justifica
todavía más nuestra conmemoración de hoy, constituyendo en sí mismo una prueba
evidente de que aquella apuesta por el diálogo y la negociación que Argentina y
Chile hicieron en este Palacio fue el justo camino a seguir.
Sin limitarse al
arreglo del diferendo inicial –que de por sí habría sido ya un resultado
positivo–el Tratado consagra además la misma vía de diálogo, de negociación para
la solución de nuevas posibles controversias Su texto incluye un compromiso
solemne de preservar, reforzar y desarrollar los vínculos de paz y de amistad,
así como una serie de cláusulas concretas encaminadas, antes de todo, a evitar
que surjan controversias, a la vez que al mantenimiento y afianzamiento de las
buenas relaciones entre ambas naciones. Además, Argentina y Chile consientes de
que, a pesar de la mejor buena voluntad, podrían presentarse en el futuro
algunas situaciones conflictivas, confirman la exclusión total del recurso a la
fuerza y la obligación de solucionarlas únicamente por medios pacíficos: este
solemne compromiso queda asegurado y facilitado con un detallado sistema para el
arreglo pacífico de las controversias.
En este Palacio Taranco, en el que se
sembró la semilla que produciría sazonados frutos de paz y de colaboración, me
complazco hoy en resaltar, ante tan distinguida representación de la comunidad
internacional, el valor doblemente ejemplar de ese Tratado, con el que las
Partes supieron resolver un difícil y centenario diferendo y establecer además
cauces de solución para los que en un futuro pudieran aparecer. En esta
circunstancia, deseo renovar un apremiante llamado para que nadie desfallezca en
la búsqueda tenaz de vías pacíficas para la solución efectiva y honrosa de los
conflictos –abiertos o latentes, nacionales o internacionales– que actualmente
existen en nuestro mundo. Ante quienes pretenden resolverlos a espaldas del
diálogo y de la razón o mediante el uso de la fuerza, reitero ahora el voto
ferviente que hice el día de la entrada en vigor del Tratado que conmemoramos:
que el camino del diálogo y de la negociación sea la “senda por la que
transiten los países que, por diversas controversias, se ven ahora enfrentados”.
No duden jamás quienes están tentados de servirse de la fuerza con
finalidades que pueden parecer legítimas, que siempre hay posibilidades de
negociación con vistas a verdaderas soluciones, honrosas y aceptables para todos.
E1 recurso a la fuerza, a la violencia, para intentar resolver situaciones
conflictivas o de injusticia, a nivel internacional e incluso nacional, suele
llevar consigo –además de otros graves inconvenientes– un coste elevado de vidas
humanas, que lo descalifican como vía de solución. El camino que lleva de veras
a la paz implica, por otra parte, una sincera voluntad de conseguirla, a la vez
que la aceptación del interlocutor como portador de aspiraciones y propuestas a
considerar, y no como un enemigo a subyugar o suprimir.
Al Señor, rico en
misericordia, a quienes los cristianos invocamos como “ Príncipe de la paz ” (Is.
9, 6),
elevo mi plegaria llena de esperanza para que en el corazón de todos los hombres
pueda reinar la paz.
© Copyright 1987 - Libreria
Editrice Vaticana
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