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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO
DE LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE EX ALUMNOS
Y EX ALUMNAS DE LA ESCUELA CATÓLICA


Sábado 14 de noviembre de 1987

 

Señoras, señores:

1. Soy feliz de poder daros la bienvenida a vosotros que animáis la Organización mundial de antiguos alumnos y alumnas de la escuela católica. Celebráis en Roma el XX aniversario de vuestra Organización y podéis ofrecer un balance de trabajo considerable ya realizado. Renovando vuestro compromiso, preparáis iniciativas destinadas a dar solución lo más eficazmente posible a los problemas que se plantean en la sociedad. Pero vosotros habéis venido aquí ante todo, con un itinerario inspirado por la fe, para expresar vuestra adhesión a las orientaciones del magisterio pontificio en un sector importante y delicado de la vida de la Iglesia: la escuela católica.

Quiero deciros cuánto aprecio la obra de vuestra Organización. Convencido de que sabréis trabajar todavía con generosidad por el bien de la Iglesia, en conformidad con las firmes opciones de vuestros estatutos, os garantizo mi confianza y os animo vivamente a proseguir en vuestras actividades.

2. En el marco de las reflexiones de estos días, quiero recordar simplemente algunos puntos esenciales para aquellos que trabajan en una escuela católica y por ella: esta institución constituye hoy, más que nunca, un servicio muy precioso en la comunidad cristiana misma y también en la sociedad civil, pues garantiza a los padres la libertad de su elección educativa.

En el curso del reciente Sínodo de los Obispos sobre la vocación y misión de los laicos en la iglesia y en el mundo, se ha subrayado con razón que la educación en las escuelas representa un ministerio eclesial de valor para la obra de la evangelización.

La escuela cumple, en efecto, un servicio pastoral auténtico. La Declaración conciliar sobre la educación cristiana (Gravissimum educationis, n. 8), resalta con claridad que la escuela católica es en sí misma un lugar de evangelización, de acción pastoral, y no en razón de sus actividades complementarias o "extraescolares", sino en razón de su misma naturaleza y de su acción pedagógica por la formación de la personalidad cristiana de los alumnos.

Por otra parte, la escuela católica es un lugar de mediación cultural: junto a sus alumnos, ella respeta la "autonomía" de todas las ciencias permaneciendo fiel a la originalidad del Evangelio, Y, además, asegura una presencia activa de la cultura católica en un mundo fuertemente secularizado.

3. Sin embargo, para que se puedan cumplir estas finalidades, es decir, para que nuestras escuelas mantengan en el futuro la posibilidad de trabajar en paz al servicio de todas las categorías sociales, es necesario y urgente que todos los padres tengan libertad para elegir, sin discriminación de ninguna clase, el tipo de escuela que deseen. En bien de ello, vuestra atención vigilante puede ser determinante en este asunto.

Permitidme formular un deseo: que la identidad de nuestras escuelas sea cada vez más manifiesta, por sus vínculos constantes con la Iglesia local, por el estilo de vida de los educadores, por la atención a los pobres y a los jóvenes afectados por diversas incapacidades, por una promoción auténtica de valores abiertos a una visión integral del hombre. Sé que vuestra Organización se preocupa de estos objetivos y contribuye de manera apreciable a su realización.

De todo corazón, os confío al Señor y a Nuestra Señora, lo mismo que todos los amigos de la Organización, y os imparto mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1987 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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