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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II AL SEÑOR JESÚS
EZQUERRA CALVO NUEVO EMBAJADOR DE ESPAÑA ANTE LA SANTA SEDE*
Sábado 17 de octubre de 1987
Señor Embajador:
Le agradezco sinceramente las amables palabras que ha tenido a bien dirigirme al
presentarme las Cartas Credenciales, que le acreditan como Embajador
Extraordinario y Plenipotenciario de España cerca de la Santa Sede.
Antes que nada, deseo corresponder a los sentimientos de cercanía y adhesión que
Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I ha querido hacerme llegar por medio de
Usted y le ruego que tenga a bien transmitirle mi deferente saludo y mis mejores
votos de paz y bienestar.
En sus palabras, Señor Embajador, ha aludido Usted a la amplia y profunda
presencia de la fe católica en la vida de la mayoría de los españoles y en la
misma historia de España. Precisamente dentro de pocos años se celebrará el XIV
Centenario del III Concilio de Toledo, a partir del cual la fe católica echó
profundas raíces en las gentes de España, como parte esencial de su patrimonio
espiritual y cultural. Aunque otras religiones como el judaísmo y el islamismo
han tenido también notable presencia en vuestra Patria y han dejado importantes
huellas, es indudable que ha sido la fe católica la que ha configurado con mayor
profundidad el alma y costumbres de vuestra nación, influyendo de manera
decisiva en los acontecimientos de mayor relieve de vuestra historia. Entre los
muchos hombres y mujeres insignes que España ha dado al mundo, figuran numerosos
santos, obispos, fundadores, misioneros, doctores y mártires, que son a la vez
honra de España y de la Iglesia católica.
En efecto, en mis viajes a las queridas tierras de América, he podido comprobar
por mí mismo la inmensa obra evangelizadora y de promoción humana y cultural que
llevaron a cabo los misioneros españoles colaborando, al mismo tiempo, en modo
decisivo al establecimiento de un orden político y social apoyado en el
reconocimiento de la dignidad de la persona humana como ciudadano e hijo de Dios.
En vuestro país han tenido lugar recientemente transformaciones importantes en
sus instituciones y estructuras socio-políticas. En un Estado de derecho, el
reconocimiento pleno y efectivo de la libertad religiosa es a la vez fruto y
garantía de las demás libertades civiles. En este marco jurídico, pues, la no
confesionalidad del Estado no impide que las autoridades civiles garanticen,
desde el campo que les es propio, la práctica de la fe religiosa y de la vida
moral profesadas y vividas libremente por los ciudadanos; en ello se ve una de
las manifestaciones más profundas de la libertad del hombre y una contribución
de primer orden, para el recto desenvolvimiento de la vida social y la
prosecución del bien común.
Quiero manifestarle, Señor Embajador, la voluntad decidida de la Iglesia para
colaborar, dentro de su propia misión religiosa y moral recibida de Jesucristo,
con las autoridades y las diversas instituciones de su país, en favor de la paz
y prosperidad tanto espiritual como material de la nación española. Muchos e
importantes son, por tanto, los campos en los que esta colaboración puede
desarrollarse siguiendo las pautas señaladas por los Acuerdos firmados en 1979,
de cuya fiel aplicación la Iglesia espera que se fomenten relaciones de mutuo
respeto y entendimiento, teniendo siempre encuentra tanto las disposiciones
constitucionales de su país como la naturaleza propia de la misión de la Iglesia.
Es innegable que la presencia y actuación de la comunidad católica en España es
ya por sí misma una contribución importante al bien de la sociedad española. No
se debe olvidar que muchos problemas sociales e incluso políticos tienen raíces
de orden moral, al cual llega de forma respetuosa la acción evangelizadora y
educadora de la Iglesia. Por eso vemos que la vida cristiana consolida la
familia, dignifica las relaciones humanas, favorece la convivencia y educa para
vivir libremente en el marco de la justicia y del respeto mutuo. Los católicos
españoles, pues, en la medida en que sean fieles al Evangelio y a las enseñanzas
de la Iglesia, serán también sinceros defensores de la justicia y de la paz, de
la libertad y de la honradez, del respeto a la vida en todas las circunstancias
y de la solidaridad con los más necesitados. De todo ello resultarán grandes
bienes para la sociedad española, que pueden ser favorecidos y aumentados
mediante una leal colaboración entre la Iglesia y el Estado, desde el respeto y
la libertad.
Quiero aprovechar esta solemne circunstancia para expresar mi vivo deseo de que
la nación española, que contribuyó tan singularmente a la expansión de la fe
cristiana sobre todo en América, siga encontrando en su arraigada religiosidad
una ayuda valiosa para orientar y resolver los problemas internos, y proyectarse
así en el campo de las relaciones internacionales en favor de los derechos
humanos, de la justicia, del desarrollo y de la consolidación de una paz estable
y duradera entre todos los pueblos de la tierra. Son, pues, las grandes causas
del hombre las que esta Sede Apostólica, sin otro poder que la autoridad moral
de la misión que le ha sido confiada por su Fundador, trata de defender en todos
los foros internacionales en que está presente. Será, por tanto, motivo de gozo
y de consuelo coincidir con los esfuerzos de España en esta batalla pacifica y
generosa en pro de los valores del espíritu.
Señor Embajador, antes de concluir este encuentro, deseo expresarle las
seguridades de mi estima y apoyo, junto con mis mejores deseos para que la
importante misión que hoy inicia sea fecunda para el bien de su país. Le ruego,
de nuevo, que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante Sus
Majestades los Reyes de España, su Gobierno y Autoridades, mientras invoco la
bendición de Dios y los bienes del Espíritu sobre Usted, sobre su familia y
colaboradores, y sobre todos los amadísimos hijos de la noble Nación española.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. X, 3 pp. 876-879.
L'Attività della Santa Sede 1987 pp. 862-863.
L’Osservatore Romano 18.10.1987 p.5.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.43 p.7 (p.775).
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