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VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS Y CANADÁ

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS,
RONALD REAGAN

Museo «Vizcaya», Miami
Jueves 10 de septiembre de 1987

 

Señor Presidente:

1. Le estoy muy agradecido por la cortesía que me ha mostrado viniendo en persona a recibirme a esta ciudad de Miami. Mis más expresivas gracias por este gesto de amabilidad y consideración.

Por mi parte, le presento mi más cordial saludo como Jefe del Ejecutivo de Estados Unidos de América. Al dirigirme a usted, deseo expresarle mi profundo respeto por la estructura constitucional de esta democracia, que usted está llamado a «preservar, proteger y defender». En su persona, Señor Presidente, saludo una vez más a todo el noble pueblo americano, con su historia, sus realizaciones y sus grandes posibilidades para servir a la Humanidad.

Me complazco en honrar a Estados Unidos por todo lo que ha realizado a favor de su propia gente, por cuantos han sido integrados en su propia creación cultural y han sido acogidos en su indivisible unidad nacional, según el lema: E pluribus unum. Doy las gracias a América y a todos los americanos —a los de las generaciones pasadas y a los de la presente— por su generosidad hacia millones de seres humanos en todo el mundo. También quiero hoy ensalzar las bendiciones y regalos que América ha recibido de Dios, y que, cultivándolos adecuadamente, han venido a ser los auténticos valores de toda la experiencia americana durante los dos siglos pasados.

2. Para todos vosotros ésta es una hora especial en vuestra historia: la celebración del bicentenario de vuestra Constitución. Es un tiempo para reconocer el significado de este documento y para reflexionar sobre los importantes aspectos que se derivan del constitucionalismo. Es un tiempo para traer a la memoria la primitiva fe política americana, con su llamada a la soberanía de Dios. Celebrar el origen de Estados Unidos es enfatizar aquellos principios morales y espirituales, aquella preocupación ética que imprimieron vuestros padres fundadores y que fueron incorporados en la experiencia americana.

Hace once años, cuando vuestro País celebraba otro gran documento, la Declaración de Independencia, mi predecesor Pablo VI habló en Roma a un grupo de diputados del Congreso Americano. Sus palabras siguen siendo actuales: «Continuamente, dijo, vuestro bicentenario os habla de principios morales, convicciones religiosas, derechos inalienables conferidos por el Creador”. Y añadió: “Abrigamos la firme esperanza de que... la conmemoración de vuestro bicentenario constituya la ocasión de una renovada fidelidad a estos sólidos principios morales formulados y conservados como preciosa reliquia a lo largo de vuestra historia” (Alocución, 26 abril 1976: L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 2 mayo 1976, pág. 10).

3. Entre los muchos valores admirables de esta Nación existe uno que descuella de modo particular: la libertad. El concepto de libertad forma parte de la Constitución de esta nación como comunidad política de personas libres. La libertad es un gran don, una gran bendición de Dios.

Desde los orígenes de América, la libertad se orientó a constituir una sociedad recta y ordenada y a la promoción de una vida pacífica. La libertad fue canalizada hacia la plenitud de la vida humana, hacia la tutela de la dignidad humana y la salvaguardia de los Derechos de la persona. La experiencia de una libertad ordenada es ciertamente parte integrante de la historia de esta tierra.

Es la libertad que América está llamada a vivir, conservar y transmitir. Ella está llamada a ejercitarla de tal manera que beneficie a la causa de la libertad también en otras naciones y entre otros pueblos. La única libertad verdadera, la única libertad que puede realmente satisfacer es la libertad de cumplir nuestro deber como seres creados por Dios y de acuerdo con sus designios. Es la libertad de vivir la verdad de lo que somos y de quienes somos ante Dios, la verdad de nuestra identidad como hijos de Dios, como hermanos y hermanas en la común humanidad. Es por ello que Jesucristo puso en estrecha relación la verdad y la libertad, al decir solemnemente: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). Todos están llamados a reconocer la verdad liberadora de la soberanía de Dios, tanto como individuos como en cuanto naciones.

4. El esfuerzo por salvaguardar y perfeccionar el don de la libertad ha de incluir también el perseguir la verdad sin pausa. Hablando en otra ocasión a los americanos, acerca de la relación entre libertad y verdad, les dije: «Como pueblo, todos compartís la responsabilidad de mantener la libertad y purificarla. Al igual que tantas otras cosas de gran valor, la libertad es frágil. San Pedro lo admitió cuando dijo a los cristianos que nunca utilizaran la libertad “cual cobertura de maldad”» (1 Pe 2, 16). Toda distorsión de la verdad o siembra de no-verdad, es ofensa contra la libertad; toda manipulación de la opinión pública, todo abuso de autoridad o poder y, de otro lado, incluso la omisión de vigilancia, ponen en peligro la herencia de un pueblo libre. Pero hay algo aún más importante; toda contribución a promover la verdad en la caridad consolida la libertad y edifica la paz. Cuando todos aceptan de verdad compartir la responsabilidad de la libertad, una fuerza grande y nueva se pone al servicio de la Humanidad” (Alocución, 21 junio 1980: L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 6 julio 1980, pág. 15).

5. Servir a la Humanidad ha sido siempre una parte esencial de la vocación de América, y es relevante también en nuestros días. Deseo ahora repetir lo que dije al Presidente de Estados Unidos en 1979: “La vinculación a los valores humanos y a los intereses éticos que ha constituido la señal distintiva del pueblo americano, debe situarse, especialmente en el contexto actual de la creciente interdependencia de los pueblos a lo largo y lo ancho del Globo, en el marco de la concepción de que el bien común de la sociedad abarca no sólo a la nación concreta, a la que uno pertenece, sino a los ciudadanos de todo el mundo... Las relaciones actuales entre los pueblos y entre las naciones exigen el establecimiento de una mayor cooperación internacional también en el campo económico. Cuanto más poderosa es una nación, tanto mayor resulta su responsabilidad internacional, tanto mayor debe ser su compromiso de cara a la mejora de la suerte de aquellas personas que ven su humanidad constantemente amenazada por la carencia y la necesidad... América, que en las décadas pasadas ha demostrado bondad y generosidad al proveer de alimentos en orden a aliviar el hambre del mundo, será capaz, estoy seguro, de igualar esa generosidad con una contribución también convincente al establecimiento del orden mundial, que creará las condiciones económicas y comerciales necesarias para una más justa relación entre todas las naciones del mundo respetando su dignidad y su propia personalidad” (Alocución en la Casa Blanca, 6 octubre 1979: L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 4 noviembre 1979, pág. 6).

6. En estrecha relación con el servicio, la libertad es sin duda un gran don de Dios a esta nación. América necesita libertad para ser ella misma y para llevar a cabo su misión en el mundo. En un difícil momento en la historia de este país, un gran americano, Abrahán Lincoln, habló de una particular necesidad de aquel tiempo: “Que esta nación, bajo la guía de Dios, conozca un nuevo nacimiento de libertad». Un renacimiento de libertad es continuamente necesario: libertad para ejercer la responsabilidad y la generosidad, libertad para afrontar el desafío de servir a la Humanidad, la libertad necesaria para llevar a cabo el destino humano, libertad para vivir de la verdad, para defenderla contra cualquier distorsión o manipulación, libertad para observar la ley de Dios, que es el modelo supremo de toda libertad humana, libertad para vivir como hijos de Dios, seguros y felices: libertad para ser América en esta democracia constitucional que fue concebida para ser “una nación bajo la mirada de Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos».


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 38 p.5.

 

© Copyright 1987 -  Libreria Editrice Vaticana 

 

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