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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE CUBA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Jueves 25 de agosto de 1988

Queridos Hermanos en el episcopado:

1. Al término de esta visita ad Limina quiero expresarles el gozo de haber compartido con Ustedes, Obispos de la Iglesia en Cuba, estos momentos de particular e intensa comunión. En Ustedes he percibido el temple que anima a los católicos cubanos: perseverancia en la fe, esperanza empapada de iniciativas evangelizadoras, caridad abierta a todos.

Son ciertamente complejas las circunstancias en que Ustedes desarrollan el ministerio episcopal. Sin embargo, es de alabar su actitud al trabajar con sereno optimismo, ciñéndose a la realidad que tienen delante y esforzándose en ir superando las dificultades que puedan encontrar. En todo es aconsejable, siempre que sea posible, continuar el camino del diálogo. He ahí un campo donde la Iglesia en Cuba, fiel a su ministerio de reconciliación, debe seguir estando presente, tal como ha sido desde hace mucho tiempo su preocupación y constante empeño. A este respecto, es conocido el celo, la valentía y la cohesión de que han sabido dar prueba para iluminar y guiar a su pueblo cristiano cuando las circunstancias lo han exigido.

Es de desear, pues, que los signos positivos que han surgido en los últimos anos se desarrollen y consoliden ulteriormente, de manera que la Iglesia pueda cumplir libre y cabalmente su misión evangelizadora y emplear todos los medios que para ello se necesitan. Pues hay que reconocer que cuando la Iglesia ha gozado de libertad, su acción evangelizadora ha sido beneficiosa para los pueblos en los que ha arraigado.

2. Las reflexiones que expongo en este encuentro han nacido de la consideración de los planes pastorales que Ustedes llevan a cabo. Ante todo, quiero referirme al Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), que tuvo lugar en febrero de 1986, fruto maduro de la Reflexión Eclesial Cubana, que duró cinco anos y en la que participó toda la Iglesia Católica en Cuba. Este acontecimiento eclesial ha significado ciertamente un paso importante en la vida cristiana de esa Nación, a la vez que constituye el sendero que esa Iglesia local se propone recorrer hacia el año 2000.

El ENEC, al mismo tiempo que establecía un diálogo respetuoso con la cultura y las realidades sociales, lanzaba un vigoroso llamado a la evangelización. Ha sido un “ponerse en camino”, guiados por la fuerza del Espíritu. Esto ha sido posible a partir de una profunda toma de conciencia del ser cristiano y del ineludible compromiso de seguir fielmente a Cristo en la vida de cada día. Este es el llamado que hace la Iglesia extendida en toda América Latina, cuando está ya cercano el V centenario de la evangelización del continente.

Evangelizar hoy en vuestro país hay que entenderlo como un volver a anunciar y proclamar el mensaje de Jesús de Nazaret, encarnándolo en la realidad actual. Al respecto, es consolador saber que la “cruz de la evangelización”, en su peregrinar misionero por tierras cubanas, ha recorrido ya cuatro diócesis, con un gran poder de convocación en todas las comunidades.

Todo esto hará posible que se dé en Cuba “una Iglesia encarnada... que con la libertad de los hijos de Dios, se comprometa a la edificación de la Civilización del Amor en el seno de una cultura mestiza... marcada por el signo de la fe. La Iglesia quiere estar activamente presente en la realidad histórica cubana y latinoamericana con una clara y consecuente vocación de paz” (Documento final del ENEC). 

3. Este Encuentro Nacional tenía dos grandes puntos de partida. En primer lugar, quería profundizar la naturaleza misma de la Iglesia en Cuba en su relación con la persona de Jesucristo y su mensaje de salvación. En segundo lugar, quería ser también un instrumento eficaz para servir mejor al pueblo cubano. Todo ello en el marco de la Iglesia que, al celebrar y proclamar su fe, se siente misionera, signo de comunión y encarnada en la realidad cubana. El punto de partida era ciertamente la doctrina del Concilio Vaticano II que, en la constitución dogmática “Lumen gentium”, presenta a la Iglesia como sacramento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1). 

La eclesiología conciliar invita a los Pastores de la Iglesia a orientar su ministerio en crear, hacer madurar y consolidar, en cada hombre y mujer, esa comunión, profunda y personal con Dios. Esto hace posible la unión, así, como la reconciliación de los hombres entre sí, de tal manera que el testimonio cristiano llegue a ser más vivo con repercusiones beneficiosas para la cultura, la sociedad, las relaciones laborales, económicas y sociopolíticas.

Al exhortar al seguimiento fiel de Jesucristo, hay que procurar que la vida de todos los cristianos de Cuba arraigue en una comunión más íntima con Dios. En este sentido, es de alabar que desde el mismo ENEC se haya alentado un mayor espíritu de oración en la Iglesia, así como que se haya promovido también una participación más viva en la liturgia, que tiene como centro el gran sacramento de la Eucaristía. En ésta es donde se realiza la más profunda unidad del Pueblo de Dios en torno a sus Pastores, al participar todos de un mismo pan y de un mismo cáliz (cf. 1Co 10, 17; 12, 12). Pues “todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos”(Lumen gentium, 4). 

4. Por otra parte, el magisterio conciliar ha enseñado que la misión evangelizadora no es sólo competencia de los Pastores, sino que es a la vez responsabilidad común de todos los cristianos (cf. Lumen gentium, 17). Ello significa que el discípulo de Cristo no sólo cree, espera y ama; sino que además, como miembro de la Iglesia, debe llevar a otros a la fe, a la esperanza y a la caridad. De este modo podrá lograrse que la comunión eclesial brote en todas partes: en la vida familiar, en la amistad humana, a partir de cualquier circunstancia normal de la vida de los hombres. Es importante que los fieles no sólo conozcan la doctrina evangélica, sino que además sepan transmitirla, a través de la palabra y del propio testimonio de vida.

Seguir fielmente a Jesucristo implica también la necesaria proyección del Evangelio en todos los ámbitos de la vida humana: en la sociedad y en la cultura, en la economía y en la educación. Ninguna realidad ha sido ajena al plan redentor de Cristo. Por eso es de desear que los fieles cubanos tengan la oportunidad y sepan testimoniar su fe en todos estos ámbitos; que conozcan bien la Doctrina Social de la Iglesia, que arranca de las mismas enseñanzas de Jesús de Nazaret, y que se empeñen en aplicarla con generosidad en su vida personal y comunitaria. En su acción evangelizadora, “es de justicia que la Iglesia pueda en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad, ...ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar un juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona” (Gaudium et spes, 76). 

Por otra parte, toda la acción de los fieles cristianos en favor de sus hermanos debe estar orientada por la fidelidad a la Jerarquía. Sin embargo, esto no debe hacer olvidar que las energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana no radican en el dominio exterior ejercido con medios humanos, sino en la fe y en la caridad aplicadas a la vida práctica. De manera que, “donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo y lugar, la misión de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear obras al servicio de todos, particularmente de los necesitados” (Gaudium et spes, 42).

5. En la Relación quinquenal que Ustedes han presentado, me ha llamado particularmente la atención el tema de los jóvenes. Conozco el dolor y preocupación de Ustedes al ver que una parte de la juventud es influida por modos de pensar que conducen al goce instintivo y descomprometido, con menoscabo de la dignidad y libertad de la persona. Las consecuencias de esto son de sobra conocidas: una conducta apática, la ausencia de ideales y valores trascendentes, la desidia y un gran vacío interior. Hay que alentar a los jóvenes a que tomen conciencia de estas formas de esclavitud y mostrarles así el camino de vuelta al Padre (cf Lc 15, 11-32), con el fin de alcanzar la libertad excelsa de los hijos de Dios, para que puedan asumir su vida entera, comprometiéndola libremente en un amor pleno y enriquecedor. Este sería el modo de enfocar todas las actividades personales, oriéntandolas a la construcción de una vida noble y fecunda en Jesucristo.

Como Obispos de la Iglesia, Ustedes comparten la inquietud generalizada a la vista de la degradación de las familias. Cada día va disminuyendo el debido respeto a la fidelidad conyugal propia del matrimonio indisoluble y se va abriendo camino una pseudocultura que favorece el divorcio, la unión libre, la mentalidad abortista y contraceptiva. Así como es triste contemplar a muchos padres que no se preocupan de educar rectamente a sus hijos.

Ante esto se impone una acción pastoral conjunta donde la Iglesia proponga claramente la vigencia de los valores éticos iluminados por el Evangelio y recuerde a los fieles cristianos cuál debe ser su comportamiento ante la Ley de Dios, así como el deber ineludible de los padres de educar a sus hijos sobre la base de unos sólidos principios cristianos (cf. Familiaris consortio, 40). 

6. En sus planes de evangelización veo que Ustedes han dedicado una atención particular a la pastoral de la religiosidad popular, promoviéndola en sus valores más genuinos. En efecto, se manifiesta un sentido religioso vivo y despierto en amplios sectores del pueblo cubano. La religiosidad popular, purificada en sus motivaciones ajenas al mensaje cristiano y fundamentada en la persona de Cristo, en el culto a la Virgen María y a los Santos, es un terreno muy propicio para la evangelización.

7. Otro aspecto importante de la vitalidad eclesial de Cuba son las vocaciones. En este sentido, es un signo esperanzador que, junto a la llegada de algunos sacerdotes, religiosos y religiosas, estén aflorando nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. La promoción de las vocaciones sacerdotales autóctonas debe constituir una preocupación permanente de los Pastores de América Latina; porque las vocaciones son un indicador elocuente de la vitalidad cristiana de esas comunidades.

Digan a sus seminaristas que el Papa les quiere de manera particular. A ellos les pido que sean fieles, perseverantes, ¡santos! Que no regateen esfuerzos en entregarse enteramente al Señor. La Iglesia espera mucho de ellos: de su fortaleza en la fe, de su testimonio de esperanza, de su caridad pastoral, de su disponibilidad y generosidad.

En esta ocasión no puedo menos de recordar la gran figura humana y sacerdotal del Padre Félix Varela, cuyo II centenario del nacimiento están conmemorando y cuya causa de Beatificación se ha iniciado. Todos los sacerdotes necesitan nuevos modelos de heroica caridad pastoral. Estos beneméritos hijos de la Iglesia son como una renovada manifestación de la Providencia, que al cruzarse en nuestro camino nos invitan a que seamos fieles seguidores del Buen Pastor y abnegados servidores de nuestros hermanos.

8. En la perspectiva del III Milenio y del nuevo impulso evangelizador de América Latina, acudimos a María, la Madre del Redentor. Hace pocos días hemos clausurado el Año Mariano, que tantas gracias y favores ha traído sobre el Pueblo de Dios y la humanidad entera. Los fieles cristianos de Cuba se sienten muy unidos bajo el manto maternal de la Virgen en su advocación de la Caridad del Cobre. Que la generosa respuesta de María a la llamada divina les recuerde a cada uno su deber de fidelidad a la Iglesia y a la misión que Dios les ha confiado: la evangelización permanente del pueblo cubano. Para ello cuenten con toda la fuerza de Dios y la intercesión de nuestra Señora.

Al encomendarlos constantemente en la plegaria, que les acompañe también mi Bendición Apostólica, que de corazón les imparto, haciéndola extensiva a todos los que forman parte de la Iglesia de Dios en Cuba.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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