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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE LA UNIÓN CATÓLICA ITALIANA
DE PROFESORES DE ENSEÑANZA MEDIA


Viernes 9 de diciembre de 1988

 


1. Este encuentro nuestro con ocasión del XVII Congreso Nacional de la Unión Católica Italiana de Profesores de Enseñanza Media (UCIIM) se une a los tenidos precedentemente con el Sucesor de Pedro, en otros momentos significativos de vuestra historia asociativa, y es signo del valor prioritario que atribuís a la naturaleza eclesial de vuestra Asociación, a la que queréis continuar haciendo honor, mientras perseveráis en vuestro compromiso de servicio a la escuela italiana.

Esta visita vuestra me ofrece la ocasión de saludaros y expresaros mi participación y mi interés por los problemas de la escuela, porque son los problemas de los muchachos y de los jóvenes, de las mujeres y de los hombres del mañana: problemas a los que está unido en gran medida el significado y la calidad de la vida espiritual, cultural y civil en Italia.

Pero están también los problemas de los que, como vosotros, dedican su vida a la escuela con seriedad, convencimiento y continuidad. Hasta tal punto que vuestras vidas se unen profundamente a aquellos que Dios os hace encontrar en los bancos de la escuela.

Estoy convencido, también por mi experiencia personal de profesor, que el tema sobre los jóvenes y el tema sobre los profesores se implican mutuamente.

Al hablaros a vosotros sé que llego a los muchachos y a los jóvenes que son vuestros alumnos. Y si esta palabra tiene algún eco en vosotros, estoy seguro que de vosotros pasará a ellos.

Por ello, ésta nace de mi corazón lleno de confianza y quiere servir de consuelo y de estímulo.

2. Vuestra Unión constituye, sin duda, una rica y reconocida concentración de competencia, de iniciativas, de intuiciones educativas, de disponibilidad, y ha merecido, precisamente por esto, la atención de muchos trabajadores de la enseñanza que se dirigen a ella en busca de apoyo para su formación profesional.

Quisiera que los profesores de la Escuela italiana acojan también la dimensión más profunda de la UCIIM: ser un testimonio ofrecido por cristianos en el mundo de la Escuela, con vistas a una auténtica obra educativa y cultural, que sólo puede surgir para un cristiano desde una síntesis viva entre una fuerte experiencia de fe y una creíble y competente profesionalidad.

La tarea que os proponéis es ardua y os llama a una continua revisión de vuestra acción personal y asociativa. Una asociación católica asume su significado y se ilumina desde la experiencia eclesial, de la que es expresión. Por eso deben brillar en ella el sentido y la preocupación por el servicio desinteresado: sólo un principio superior puede servir a la causa de un valor superior, como es el de la instrucción y educación de las nuevas generaciones.

Así aparece como esencial, para la continuidad misma de la Asociación, que se realice en ella la complementariedad entre las personas, en esa perspectiva de intercambio y de servicio recíproco que permite, es más, exige el principio de la solidaridad cristiana.

En particular, esta complementariedad se debe manifestar en la alianza entre las diversas generaciones de profesores para mantener viva y atrayente la tradición asociativa. Esta tarea parece hoy ardua, pero es muy necesaria para constatar con un cierto individualismo entre los profesores y para apoyar y formar a aquellos, y lo son en gran número, que se han incorporado recientemente al mundo de la escuela.

3. No puede faltar entre las funciones de la UCIIM la de iluminar y motivar una idea exacta de escuela, oscurecida algunas veces por discusiones y posiciones reductivas. No es difícil encontrar quien cierra o agota los problemas de la escuela en el ámbito de las metodologías didácticas o de la adquisición de nuevas tecnologías. O quien piensa en la escuela simplemente en función de las exigencias del mercado de trabajo. O quien prevé o persigue una escuela de bajas cotas, falta de valores o de propuestas, con el equívoco de que ésta, queriendo aparecer como escuela de todos, de hecho, corre el riesgo de ser escuela de nadie.

Quiero subrayar, sabiendo que entro en un filón consolidado de vuestra sensibilidad, que la noción más adecuada y comprensiva de escuela es la de escuela-comunidad: es decir, escuela como tarea compartida por los profesores, padres, alumnos, comunidades locales. También las leyes deberán tomar nota de esta nueva conciencia de escuela y poner en marcha las variaciones legislativas y estructurales que le permitan expresarse como tal. Vuelve, por tanto, muy oportuna la reflexión que habéis puesto como tema de vuestro Congreso: "La UCIIM por la calidad y la autonomía de la escuela secundaria".

Es una aportación que dais, junto con otras asociaciones católicas comprometidas en los mismos temas, a una evolución de la escuela italiana que finalmente haga que pueda expresar hasta el fondo su vocación de instrumento primario para la educación de las nuevas generaciones.

Ciertamente, la escuela no puede dar todas las respuestas, y por ello, está llamada a colaborar e integrarse en las demás "escuelas", las demás organizaciones e iniciativas educativas, celosa, sin duda, de su especificidad, pero consciente también de los otros papeles en la educación, sobre todo del que corresponde por derecho primario a los padres.

Sé con cuanto interés defiende la UCIIM la especificidad de la escuela, para que en su interior la cultura tenga el puesto que le compete como factor de una mediación esencial entre la experiencia que vive todo muchacho y las adquisiciones de aquellos que nos han precedido dejando rastros de sí en las maravillosas obras del empeño humano, de la sabiduría, de la bondad y de las virtudes de cada uno en particular y de comunidades enteras.

Sólo así la escuela se convierte en el lugar de la asimilación sistemática y crítica del saber, es decir, en un itinerario hacia la plena madurez humana.

A esta afirmación de principios y de valores ha de seguir claramente una acción concreta, intensa, para resolver los problemas más relevantes del sistema escolar.

Entre estos está también la correcta puesta en marcha de la prolongación de la obligatoriedad escolar, que tenga en cuenta también las posibilidades de utilizar a tal fin las instituciones en las que se provee actualmente a la formación profesional.

No es menos importante la revisión de programas y estructuras de las escuelas secundarias superiores, de manera que se adhieran a la perspectiva del futuro y al mismo tiempo sean fieles a las raíces culturales de las que continúa viviendo el pueblo italiano.

Por su parte, la Iglesia prosigue el propio compromiso de promoción y apoyo a las escuelas católicas, para las cuales pide el obligado y concreto reconocimiento del servicio prestado en favor de muchachos y de jóvenes, de las familias y de las comunidades, y con ello, la actuación del principio de la igualdad escolar. Pero también, con solicitud no menor, la Iglesia continúa el compromiso de colaboración con la obra educativa que tiene lugar en las escuelas del estado, particularmente a través de la acción benemérita de los profesores de religión católica y de todos los creyentes que viven y trabajan en la escuela: A ellos se ha de dirigir la atención y la solidaridad de cada comunidad cristiana.

4. Vosotros estáis llamados a conocer y comprender a los jóvenes y su futuro. Estáis en la escuela para afirmar las razones de la verdad y de la caridad.

En vuestro horizonte tienen cabida las razones del humanismo pleno, como posibilidad ofrecida a todo el hombre y a todos los hombres de crecer a la medida de la dignidad, con la que Dios ha honrado a cada mujer y a cada hombre.

A este itinerario de plena humanización, el Evangelio, que testimonian en la escuela los creyentes, lleva su propio, insustituible y original aporte, según la palabra del Concilio: "El fermento evangélico suscitó y suscita en el corazón del hombre esta irrefrenable exigencia de dignidad" (Gaudium et spes, n. 26).

Os animo, por tanto, a alimentar una pasión genuina, resuelta y cristiana por el hombre en su proceso de formación. Ante las dificultades que os encontréis, os pido que seáis perseverantes y que no miréis sólo el efecto inmediato de vuestra obra. Os repito, con convicción, las palabras consoladoras y proféticas del Concilio: "Legítimamente se puede pensar que el futuro de la humanidad está en las manos de aquellos que son capaces de transmitir a las generaciones de mañana razones de vida y de esperanza" (Gaudium et spes, n. 31).

En estas palabras se inspira también el deseo que dirijo a todos vosotros, y de modo particular a vuestra Presidenta, al reverendo Consultor Nacional, a los Miembros de Consejo Nacional, a todos los socios de la UCIIM y a cuantos queréis: ¡Sed testigos de vida y de esperanza!

A la felicitación se acompaña la bendición que ahora os imparto de corazón.

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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