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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE ZAMBIA
ANTE LA SANTA SEDE*


Lunes 4 de enero de 1988

 

Señor Embajador:

1. Es un placer para mí ofrecer a Vuestra Excelencia una cordial bienvenida en el momento en que presenta sus Cartas Credenciales como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Zambia ante la Santa Sede. Le ruego que exprese mi agradecimiento a su Presidente, Su Excelencia Dr. Kenneth David Kaunda, por su amable saludo y por los buenos deseos que usted me ha transmitido. Quiero pedirle también que le asegure mis mejores deseos y mis oraciones por la armonía y el bienestar de todos los ciudadanos de su País.

Usted se ha referido, Señor Embajador, a las relaciones estrechas y cordiales que existen entre Zambia y la Santa Sede. Por mi parte, confío en que la cooperación y el entendimiento que han caracterizado nuestras relaciones diplomáticas en el pasado, se fortalecerán y desarrollarán, con su valiosa ayuda, en el futuro.

Quiero agradecer a Vuestra Excelencia su amable elogio a mis esfuerzos y a los de la Iglesia por hacer posible la paz, el entendimiento y la reconciliación entre todas las naciones y los pueblos del mundo. Ciertamente, toda persona tiene el deber de trabajar y orar por estos objetivos tan deseados.

2. Como usted bien sabe, la misión de la Iglesia es esencialmente religiosa, pero su recurso a la Diplomacia responde a la urgente necesitad de afirmar y reforzar, a nivel internacional, la unidad de la familia humana. Como enseña el Concilio Vaticano II, «la promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la Iglesia» (Gaudium et spes, 42). Esta verdad es una consecuencia del hecho que «la Iglesia es en Cristo como un sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1).

3. En conformidad con su misión de lograr una auténtica unión de mentes y de corazones, «la Iglesia advierte a sus hijos, y también a todos los hombres, que con este familiar espíritu de hijos de Dios superen todas las desavenencias entre naciones y razas» (Gaudium et spes, 42). En este contexto quiero asegurar a Vuestra Excelencia los continuos esfuerzos de la Santa Sede por seguir de cerca las crecientes tensiones políticas relacionadas con la discriminación racial en su región. Como afirmé en una carta al Presidente de su País, «A pesar de la conciencia, tan extendida e intensa, de que la discriminación racial representa una grave violación de la dignidad de la persona humana y de sus Derechos fundamentales –sancionada, por ejemplo, por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y por solemnes Convenciones Internacionales– desgraciadamente, de hecho, todavía se pueden encontrar frecuentes y sistemáticas violaciones de estos derechos y normas. Mientras este escándalo continúe, la Iglesia Católica no eludirá su deber de presionar las conciencias de los líderes y de los ciudadanos para que muestren respeto a la ley moral, y para que acepten las serias responsabilidades de poner su conducta de acuerdo con esta ley moral» (10 mayo 1985).

4. Vuestra Excelencia se ha referido también a los serios y complejos problemas económicos que Zambia está experimentando en este momento. A este respecto, le puedo asegurar que la Iglesia, plenamente consciente de que la solución de estas dificultades requiere el compromiso de todos, está dispuesta a realizar su contribución específica. Ella lucha por despertar la conciencia de todos sus miembros para que puedan responder a las necesidades del momento actual.

Además, exhorta a todas las personas a promover la justicia, la solidaridad y el bien común, con una preocupación particular por los más pobres y los más necesitados. Por este motivo, los obispos católicos de su País, en un documento reciente que trata de «La liberación, la justicia y el desarrollo cristianos”, publicado junto con el Consejo Cristiano de Zambia y la Comunión Evangélica de Zambia, han afirmado: «Nuestras Iglesias están decididas a desempeñar su papel para ayudar a superar las dificultades actuales y trabajar para obtener una sociedad más justa y más hermana» (n. 1. 32).

5. Se ve cada vez más claramente que cualquier esfuerzo por solucionar los problemas económicos, requiere la promoción de una nueva solidaridad mundial. De este modo, se pueden encontrar mejor las soluciones adecuadas a los conflictos Norte-Sur y Este-Oeste. Como afirmaba en mi Mensaje para la Jornada mundial por la Paz de 1986: «El justo camino para una comunidad mundial en donde reine la paz y la justicia sin fronteras entre todos los pueblos y todos los continentes, es el camino de la solidaridad, del diálogo, y de la fraternidad universal. Éste es el único camino posible. Las relaciones y sistemas políticos, económicos, sociales y culturales deben estar imbuidos por los valores de la solidaridad y el diálogo, a su vez, exigen una dimensión institucional en la modalidad de organismos especiales de la comunidad mundial, que custodien el bien común de todos los pueblos» (n. 4; L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 22 de diciembre, 1985, pág. 23).

Al comenzar su tarea, Señor Embajador, le aseguro mis oraciones para que realice con éxito y felizmente su misión diplomática. La Santa Sede desea ayudarle en el cumplimiento de sus responsabilidades. Sobre Vuestra Excelencia y el Presidente, el Gobierno y el Pueblo de Zambia invoco las abundantes bendiciones de Dios.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.5 p.11.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

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