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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II
A LA ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA CULTURA
Viernes 15 de enero de 1988
Señores cardenales,
queridos amigos:
1. Es un placer para mi recibiros aquí con ocasión de la reunión anual del
Consejo Pontificio para la Cultura. Después de un primer quinquenio, rico en
realizaciones y promesas, se abre una nueva etapa para vuestro joven
dicasterio, y me siento feliz de saludar entre vosotros a los miembros
recientemente nombrados. América del Norte y América Latina, África y Asia,
Europa dan testimonio por medio de vosotros de la vitalidad y diversidad de las
culturas, como de la presencia de la Iglesia en los vastos ámbitos donde se
despliega la actividad humana. El dinamismo evangélico está presente en las más
grandes realizaciones de la cultura: la filosofía y la teología, la literatura y
la historia, la ciencia y el arte, la arquitectura y la pintura, la poesía y el
canto, las leyes, la economía y la universidad. Queridos amigos, os toca ser, al
mismo tiempo, los testigos activos de las culturas de hoy en la Iglesia y los
representantes visibles y activos del Consejo Pontificio para la Cultura en todo
el mundo.
2. El reciente Sínodo de los Obispos, dedicado a la vocación y misión de
los laicos en la Iglesia y en el mundo, veinte años después del Concilio
Vaticano II, ha subrayado la urgencia de formar a los laicos para hacer que el
Evangelio esté más presente en el entramado vivo de las culturas, en los
ambientes que caracterizarán las mentalidades del mañana e inspirarán las
conductas: la familia, la empresa, la escuela, la universidad y los medios de
comunicación social. Algunos de vosotros habéis dado una contribución valiosa,
subrayando la importancia de la acción que se debe realizar para abrir el mundo
intelectual y universitario a los valores evangélicos.
Los trabajos del Sínodo han hecho tomar conciencia aún más claramente de que el
desafío de todos los bautizados es dar testimonio de su fe con inteligencia y
valentía, para ofrecer la salvación y la esperanza a través de las culturas de
nuestro tiempo. Os invito de nuevo a hacer comprender mejor a nuestros
contemporáneos lo que significa concreta y vitalmente evangelizar las culturas.
La tarea es compleja y ardua, pero mi estímulo, mi apoyo y mi oración os
acompañan en esta misión a la cual concedo una importancia primordial.
3. Para que el Evangelio pueda fecundar las culturas de este mundo, en
plena transformación, un impulso renovado debe venir de todos los componentes de
la Iglesia, bien de los organismos de la Santa Sede como de las Conferencias
Episcopales, de las Organizaciones internacionales católicas como de las
comunidades religiosas y de los institutos seculares; de los laicos
comprometidos en la rica diversidad de los movimientos de apostolado, como
también en el seno de las instituciones civiles.
Vuestro Presidente ejecutivo me ha informado de los proyectos de encuentros,
preparados desde hace mucho tiempo, que os permiten poco a poco entrar en
contacto con las realidades vivas dé la Iglesia en los diversos continentes.
Pienso en particular en el ya próximo coloquio africano debido a la hospitalidad
de la señora Victoria Okoye, quien en Onitsha, os permitirá reconocer el
extraordinario compromiso de las mujeres africanas para transmitir la fe y la
cultura, para encarnar los valores del Evangelio en las generaciones venideras
que serán el África del próximo milenio.
Dentro del marco de la actividad de la Santa Sede al lado de las Instituciones
internacionales, empezando por la UNESCO y el Consejo de Europa, tenéis
contribución específica para dar según vuestras propias atribuciones, con el fin
de hacer aún más incisiva la presencia de los cristianos y de sus organizaciones
en los grandes encuentros donde se debaten los problemas de la educación, de la
ciencia, de la información y de la cultura. Animo vivamente vuestra
participación en las iniciativas emprendidas por los dicasterios romanos
interesados para realizar estos objetivos que responden a las aspiraciones de
nuestra época, tan sensible a la puesta en práctica de una cultura solidaria y
fraterna.
4. Al término del primer quinquenio, es un placer rendir homenaje a todos
aquellos que se han entregado sin medida para crear el Consejo Pontificio para
la Cultura, y asegurar su presencia, viva y activa en el mundo. El querido
cardenal Garrone y los miembros del Consejo de Presidencia, el cardenal Poupard
y el Comité ejecutivo, el Consejo internacional, todos habéis trabajado sin
descanso para realizar el mandato que os confié el 20 de mayo de 1982 al
instituir vuestra Consejo. Como testimonian vuestro boletín y vuestras diversas
publicaciones, este nuevo dicasterio de la Santa Sede ha sabido, con su estilo
propio, suscitar en la misma Roma como en todo el mundo, una red activa de
corresponsales y emprender una acción capilar que comienza a dar sus frutos. Me
agrada especialmente subrayar la utilidad de la colaboración con los otros
organismos de la Santa Sede, con las Conferencias Episcopales, las
Organizaciones internacionales católicas y las Conferencias de religiosos.
Queridos amigos, con vuestra equipo renovado, continuad vuestra fructuosa
cooperación, en estrecha unión igualmente con la Pontificia Academia de las
Ciencias, como ya he subrayado en muchas ocasiones.
Aprecio también vuestra colaboración con la Comisión Teológica Internacional.
Los problemas concernientes con la fe y la inculturación, que habéis comenzado a
explorar juntos, merecen ciertamente un estudio profundo para clarificar una
justa pastoral de la cultura.
5. El proyecto «Iglesia y cultura universitaria» llevado conjuntamente con la
Congregación para la Educación Católica y el Consejo Pontificio para los Laicos,
también llega a ser un medio eficaz de colaboración de la Iglesia en la
promoción cristiana de una civilización del amor y de la verdad, en vísperas del
nuevo milenio. El mundo universitario constituye para la Iglesia un campo
privilegiado para su obra de evangelización y su presencia cultural ¿Qué valores
humanos y religiosos caracterizarán la cultura universitaria del mañana? ¿Quién
no ve la gravedad de estas cuestiones para la salud intelectual y moral de las
nuevas generaciones? Se trata de una postura muy compleja que requiere una
cooperación activa de todos en la Iglesia. Me alegro también del estudio y de
las reflexiones comunes que el Consejo Pontificio para la Cultura y los dos
dicasterios ya mencionados han suscitado, en colaboración con los Episcopados,
las organizaciones de laicos y los institutos religiosos, a fin de que la acción
de la Iglesia cercana a la cultura universitaria responda verdaderamente a las
exigencias de nuestra época.
6. En este Año Mariano, ¡que Nuestra Señora sea vuestra estrella y vuestro
modelo! Al darnos a su Hijo Jesús, nos lo ha dado todo. En ella, los valores
humanos han sido asumidos y transfigurados en un misterioso conjunto de
interioridad y de trascendencia. Que, según su ejemplo, vuestra cultura sea el
reflejo de lo que habéis recibido y el crisol de lo que ofrecéis a la Iglesia y
al mundo, es decir, el testimonio de que el Reino anunciado por el Evangelio se
vive en vuestra propia cultura!
Con mis mejores deseos para vosotros y para vuestras familias, os aseguro mi
oración por el fruto de vuestro trabajo, sobre el que invoco la abundancia de la
gracia divina, al impartiros de todos corazón mi bendición apostólica
© Copyright 1988 - Libreria
Editrice Vaticana
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