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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA FEDERACIÓN ITALIANA DE ESCUELAS MATERNAS


Sábado 16 de enero de 1988



1. Doy un cordial y sentido saludo a vosotros, presidentes, dirigentes y consultores de las escuelas maternas de inspiración cristiana, que habéis acudido a Roma para el V congreso de la "Federación Italiana de Escuelas Maternas" (FISM).

A través de vuestras personas quiero alcanzar a todas las educadoras, religiosas y laicas, a los sacerdotes y a los operadores, comprometidos en este delicado sector.

Un recuerdo muy especial reservo para las familias que en número verdaderamente considerable, aún en medio de no pocas dificultades, confían a vuestras escuelas sus propios hijos y participan, con auténtica dedicación, en las actividades de los organismos educativos y gestionales.

Ya en otras ocasiones he tenido la oportunidad de dirigiros una palabra de vivo aliento por el importante servicio que, con generosidad y competencia, dedicáis a los niños y a sus familias, especialmente las jóvenes, siempre necesitadas de apoyo y ayuda.

También hoy, aunque sea brevemente, ofrezco algún tema como objeto a vuestra constante y atenta reflexión.

2. Quisiera, ante todo, reafirmar la dignidad del niño, ya que hoy no raras veces se tiende a excluirlo o al menos a "soportar" su presencia, a menudo a instrumentalizarlo para segundos fines, o incluso sin más a abusar de su natural debilidad.

El niño es una "persona", es un hombre; como tal debe ser acogido, amado, ayudado en su desarrollo físico y moral para que pueda ocupar su puesto "irrepetible" en la sociedad y en la comunidad eclesial.

Todo niño es querido por Dios Padre, es redimido por Cristo, se hace templo del Espíritu Santo por el bautismo.

Si ésta es la dignidad del niño, todos deben considerar un privilegio acogerlo, cuidarlo y amarlo como nos ha enseñado el Señor.

Por el Evangelio nos consta lo mucho que Jesús amó a los niños; lo duras que fueron sus palabras contra aquellos que los alejaban de Él; cómo hizo de ellos un modelo para los adultos: "Si no os volviereis y os hiciereis como niños (sencillos-limpios-disponibles), no entraréis en el reino de los cielos. Y, pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos, y el que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe. Y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le hundiesen en el fondo del mar" (cf. Mt 18, 4-7).

3. La Iglesia, siguiendo a su Señor, en todo tiempo ha defendido, privilegiado y servido a los niños, promoviendo su dignidad. Basta pensar en los dos milenios de su historia, en las órdenes religiosas que se han sucedido en el tiempo, en la vida de los Pastores y Santos, para recoger de ello el más lúcido testimonio.

Este amor preferencial de la Iglesia por el niño se ha concretado en instituciones de todo tipo y, en los inicios del siglo pasado, en escuelas para niños, cuando todavía ninguno imaginaba siquiera un servicio semejante.

Así, las comunidades cristianas, las familias, nuestro pueblo, han querido en cada país aún el más remoto, como también en las grandes ciudades, esta escuela, que nació y ha permanecido siempre ligada al tejido social y eclesial.

En una palabra: las escuelas maternas han nacido y crecido profundamente arraigadas en la voluntad iluminada de nuestra gente y, en general, han sido confiadas a religiosas o promovidas por ellas.

A su vez el Concilio Vaticano II ha subrayado el lugar especialísimo que corresponde, entre los instrumentos educativos, a la escuela y en particular a la escuela católica. La Declaración conciliar sobre la educación cristiana afirma: "Entre todos los medios de educación, tiene peculiar importancia la escuela..."; "La presencia de la Iglesia en el campo escolar se manifiesta especialmente por la escuela católica. Esta persigue, en no menor grado que las demás escuelas, los fines culturales y la formación humana de la juventud. Su nota distintiva es crear un ambiente en la comunidad escolar animado por el espíritu evangélico..." (Gravissimum educationis, 5; 8).

Y el Documento subraya la importancia de los educadores: "Hermosa es, por tanto, y de suma trascendencia la vocación de todos los que, ayudando a los padres en el cumplimiento de su deber y en nombre de la comunidad cristiana, desempeñan la función de educar en las escuelas. Esta vocación requiere dotes especiales de alma y de corazón, una preparación diligentísima y una continua prontitud para renovarse y adaptarse" (Gravissimum educationis, 5).

Este alto magisterio ha sido reafirmado por mis venerados predecesores y tomado como propio por los obispos italianos que han querido traducirlo en el documento sobre la escuela católica hoy en Italia, y en el catecismo de los niños de la Conferencia Episcopal italiana, donde son identificados los elementos específicos que se refieren a la propuesta educativa de la escuela materna de inspiración cristiana.

4. Conociendo las dificultades presentes a nivel del compromiso pastoral y de la gestión administrativa, me alegro vivamente con vosotros por todo cuanto habéis hecho en vuestra historia asociativa en este período de tiempo, y renuevo mi estímulo a los distintos operadores, ya expresado en otras circunstancia, mientras pido la máxima generosidad a cada uno.

Me dirijo ante todo a los sacerdotes, especialmente a los que son párrocos, que con gran sacrificio e inteligencia han querido tener junto a su iglesia una escuela materna: que la sigan sintiendo como un lugar privilegiado de la pastoral.

Deseo, además, decir a las religiosas, todavía muy presentes en este sector pastoral con la riqueza de los carismas propios de cada instituto o congregación: no os dejéis desalentar por las dificultades y no cedáis a la tentación de abandonar este campo para dedicaros a otras actividades apostólicas. También vosotros, educadores y educadoras laicos, sentíos honrados de escoger como lugar de evangelización y de promoción humana la escuela materna.

Recomiendo a los padres, pero también a todos los fieles, que sientan la escuela de la comunidad como ambiente propio, donde los niños puedan encontrar una educación cristiana en sintonía con la recibida en la familia y donde ellos mismos puedan encontrar elementos de crecimiento como verdaderos educadores y cristianos auténticos.

Una palabra, en fin, a las autoridades civiles y políticas: que no descuiden el servicio social de más de ocho mil escuelas libres, asociadas en vuestra Federación, y que se esfuercen por encontrar rápidamente soluciones legislativas marcadas por una auténtica justicia, que no haga demasiado gravosa, y cargada de dificultades a veces insuperables, esta presencia reconocida por todos como capaz de servir capilarmente a las familias italianas.

5. Sé que el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación en este Año Mariano, celebraréis una Jornada de intensa experiencia eclesial "con María hacia el 2000". La oración de tantos inocentes no será desatendida por la Madre de Dios y nuestra.

A Ella confío vuestras personas y todas las escuelas maternas de inspiración cristiana que representáis.

Con su intercesión, invoco sobre vosotros y sobre todos los que operan en las escuelas maternas la abundancia de los dones del Señor, y a todos imparto de corazón mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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