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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PUEBLO URUGUAYO

Viernes 6 de mayo de 1988

Queridos hermanos en el Episcopado,
amadísimos hermanos y hermanas
de la noble nación uruguaya:

1. A poco más de un año de mi primera visita pastoral a Montevideo, he aquí que con el favor de la Divina Providencia volveré a visitaros dentro de pocos días.

Desde la sede del Apóstol Pedro, centro de la catolicidad, quiero enviar por adelantado un entrañable y afectuoso saludo a través de la radio y la televisión: “Que la gracia y la paz sea con vosotros de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo” (Ga 1, 3). 

Mi animo se llena de gozo al pensar que dentro de poco podré estar nuevamente a vuestro lado, Pastores y fieles del Uruguay, en dos intensas jornadas, no sólo en la capital, Montevideo, sino también en Melo, Florida y Salto, durante las cuales compartiré el tesoro de nuestra fe común para que os sea de aliento en vuestra vida cristiana.

2. Emprenderé este viaje, que tendrá como todos los precedentes un carácter eminentemente religioso, con el pensamiento puesto en todos los amados hijos de esas Iglesias locales, y con el deseo de que sientan la voz de mi presencia.

Esa voz que abraza en el Señor a toda la Iglesia metropolitana de Montevideo, con su arzobispo y obispo auxiliar, con su arzobispo emérito y todos los fieles.

Voz de amor fraterno en Cristo a las Iglesias de Canelones, Florida, Maldonado-Punta del Este y a sus obispos diocesanos.

Voz de paz perdurable en el Señor a los Pastores y fieles de las diócesis de Melo, Mercedes y Minas.

Voz de afectuosa comunión en la fe a la Iglesia de Salto con su obispo y su coadjutor, a las Iglesias de San José de Mayo y Tacuarembó con sus respectivos Ordinarios.

3. He aceptado de buen grado la invitación de la Conferencia Episcopal Uruguaya y del Gobierno de la República, para visitar de nuevo vuestro país, cuna de figuras notables y reserva de grandes valores históricos, humanos y cristianos que tanto aprecio merecen. Durante mi estancia entre vosotros, desde cualquier lugar donde me encuentre, mi palabra de aliento y esperanza irá dirigida a todos los uruguayos sin distinción de origen y posición social: hombres y mujeres, familias, ancianos, jóvenes y niños.

Mi deseo es que todos me sientan cercano, como mensajero de la Buena Nueva que promueve en el mundo una lucha sin tregua del amor contra el odio, de la unidad contra la rivalidad, de la generosidad contra el egoísmo, de la paz contra la violencia, de la verdad contra la mentira. En una palabra: la victoria del bien sobre el mal.

4. Sé que, bajo la guía de vuestros Pastores, os estáis preparando con entusiasmo para que la visita del Papa produzca abundantes frutos espirituales. Vaya ya desde ahora mi agradecimiento sincero a todas las personas y instituciones, que con dedicación no siempre exenta de sacrificio, están colaborando para el buen desarrollo de los diversos encuentros del amado pueblo uruguayo con el Sucesor del Apóstol Pedro.

Encomiendo a vuestras plegarias las intenciones pastorales de mi viaje apostólico, a las cuales se unen las de tantos millones de hijos de la Iglesia esparcidos por todo el mundo. A nuestra Madre amorosa, “Estrella de la mañana, Virgen soberana de los Treinta y Tres”, a cuyos pies tendré el gozo de postrarme en su santuario de Florida, elevo mi ferviente plegaria, pidiendo a su divino Hijo que derrame abundantes gracias sobre la amada nación uruguaya. A todos os bendigo de corazón en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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