VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY,
BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY
CEREMONIA DE BIENVENIDA
DISCURSO DEL
SANTO PADRE JUAN
PABLO II
Aeropuerto Carrasco de Montevideo,
Uruguay
Sábado 7 de mayo de 1988
Señor Presidente de la República, venerables hermanos en el Episcopado,
autoridades, hermanos y hermanas todos muy queridos:
¡Alabado sea Jesucristo!
1. Sean estas mis primeras palabras de invocación y agradecimiento al
encontrarme de nuevo en esta bendita tierra para continuar el encuentro que
comencé, hace poco más de un año, en este mismo aeropuerto de Carrasco con los
amados hijos del Uruguay. Entonces manifestasteis repetidas veces el deseo de
que regresara a vuestro país. En mi despedida os decía: “Gracias por vuestra
hospitalidad que es ya una invitación para volver a visitaros con más tiempo”.
“Me despido con el propósito de volver otra vez”.
Demos todos juntos gracias a Dios porque hoy nos permite cumplir el deseo que
tanto yo como vosotros habíamos manifestado. Demos gracias también a cuantos
hacen posible este encuentro.
Saludo, en primer lugar, al Señor Presidente de la República, que acaba de
recibirme, en nombre también del Gobierno y del pueblo de esta querida nación.
Gracias, Señor Presidente, por haber expresado con tan amables palabras la
generosa acogida que los uruguayos reservan al Papa. Saludo igualmente con
respeto a los miembros del Gobierno y demás autoridades aquí presentes.
A vosotros, hermanos obispos, el Sucesor del Apóstol Pedro da el beso santo,
símbolo de unión en el amor de Cristo. En vosotros el Obispo de la Iglesia de
Roma, que preside en la caridad, ve y saluda a cada una de las Iglesias
particulares que presidís en el nombre del Señor, a vuestros queridos sacerdotes
y diáconos, religiosos y religiosas, seminaristas y a todos los fieles laicos.
A vosotros, uruguayos, a cuantos habitáis esta noble tierra oriental del
Uruguay, va mi caluroso saludo de padre, hermano y amigo. Llevo en mi corazón el
recuerdo vivo de la maravillosa bienvenida que me dispensasteis bajo una lluvia
torrencial, y del encuentro que tuvimos en la explanada de Tres Cruces con un
sol que brillaba luminoso en vuestro cielo tan azul. Me alegro mucho de que
hayáis dejado la blanca cruz conmemorativa de aquella celebración de amor y
esperanza como testimonio de pública profesión cristiana. Como os decía al
despedirme: “Tengo que confesar que el Papa y los uruguayos han sabido
entenderse perfectamente”.
2. Hoy quiero conocer mejor vuestra tierra y sus habitantes. Por eso, en mi
deseo de visitar todos y cada uno de los diecinueve departamentos, recorreré el
país en todas las direcciones. Partiendo de la capital, iré a Melo, Florida y
Salto: de esta forma quiero acercarme a cada uno de vosotros.
A ti, querido Uruguay, el Papa viene cargado de esperanza para anunciarte a
Cristo. Amadísimos orientales: Escuchad a Jesucristo, abridle las puertas de
vuestro corazón, de vuestras familias, de vuestras instituciones. Que nuestro
encuentro mueva a todos y a cada uno a fijar su mirada en Jesús. Estamos a las
puertas del quinto centenario de la llegada del Evangelio a este continente, y
en la conclusión del segundo milenio de la venida del Hijo de Dios al mundo para
salvar a todos los hombres. Estos acontecimientos son verdaderamente un tiempo
oportuno en el que todos deben sentirse invitados a asumir la responsabilidad de
la historia a la luz de Cristo. Vuestra patria nació cristiana, vuestros héroes
inspiraron su vida en el Evangelio, vuestra cultura está impregnada de los
aportes de la fe católica.
Quiera Dios que mi viaje apostólico sea propicio para fomentar una escucha
más atenta del mensaje cristiano; que la vida personal, familiar y social se
deje renovar por la fuerza de la verdad y los ideales superiores que hacen noble
y grande a una nación.
Como Sucesor del Apóstol Pedro, vengo a vosotros para cumplir la misión que
he recibido de Cristo. Proclamando la verdad revelada por Dios, quiero ayudaros
a manteneros firmes en la fe recibida de los Apóstoles, a crecer en ella, a
sacar las consecuencias para la vida práctica. Deseo animaros a la esperanza,
que se apoya en las promesas divinas, para que plenamente confiados busquéis con
perseverancia lo que Dios os tiene preparado. Este encuentro ayudará a
desarrollar los vínculos de la caridad: caridad dentro de la Iglesia, para que
todos estemos más unidos; caridad con todos, poniendo las mejores energías al
servicio de los demás.
3. A lo largo de su historia, vuestra patria ha sido tierra de encuentro de
grupos de diferente procedencia étnica, diversas creencias religiosas, distintas
concepciones sociales y políticas. No sin dificultades, habéis sabido crear y
defender una sociedad tolerante y respetuosa, que ha fomentado el progreso
social, la participación; unas instituciones que han promovido la educación y la
cultura.
La Iglesia católica, a través de estos casi cinco siglos de historia, ha dado
su gran aporte a la construcción de vuestro país. En efecto, los cristianos han
estado presentes en todos los órdenes de la vida nacional. También hoy la
Iglesia en el Uruguay quiere servir a la edificación de la civilización del
amor, que lleve a la promoción integral de todo hombre, que cree una sociedad
más fraterna y más justa. Con esta visita quiero reafirmar el empeño de los
católicos en pro del bien común y animarlos a un esfuerzo aún más generoso.
De manera especial deseo acercarme a los que más sufren: a quienes carecen de
los medios suficientes para sustentar su vida, a los que no tienen casa y a los
desocupados; a los enfermos, a los minusválidos; a las familias divididas, a
quienes les falta el cariño y la comprensión. A todos quisiera llegar con amor,
para acompañarlos y ayudarlos, para consolarlos y animarlos.
Este viaje apostólico, que hoy comienzo por vuestra tierra y que me llevará
al corazón de América del Sur, lo realizo dentro del marco del Año Mariano. Por
eso invoco a María, Madre de Dios, para que Ella nos acompañe y guíe en estos
días.
Mañana peregrinaré con todo vuestro pueblo para honrar la imagen sagrada que
veneráis en Florida, la Virgen de los Treinta y Tres, Patrona del Uruguay. A
Ella encomiendo esta peregrinación pastoral, así como a vosotros, vuestras
familias y vuestra patria.
¡Orientales! ¡El Papa está en vuestra casa bajo el signo de la paz: la cruz
de Cristo! ¡Gracias por recibirme!
¡Que Dios bendiga a vuestro pueblo!
© Copyright 1988 - Libreria
Editrice Vaticana
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