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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Aeropuerto Carrasco de Montevideo, Uruguay
Lunes
9 de mayo de 1988

 

Señor Presidente de la República,
dignísimas Autoridades,
amados hermanos en el Episcopado,
queridísimos amigos del Uruguay:

1. Al terminar mi visita pastoral a vuestro noble país, que he recorrido durante estos días, tomando contacto directo con diversas Iglesias locales y encontrándome con gentes de todos los sectores y categorías sociales, me siento obligado a deciros que sois realmente un pueblo “de corazón”: lo he comprobado en todas partes viendo que sabéis ganaros con vuestro afecto el corazón de quien os visita. Me llevo un imborrable recuerdo de este viaje apostólico y no podré olvidar las manifestaciones de religiosidad y de entusiasmo que he presenciado a lo largo de mi itinerario evangelizador.

¡Gracias, pueblo de Uruguay, por la hospitalidad que has dado al Papa y por la acogida que has reservado a su palabra de sembrador de esperanza evangélica!

Sé que cuando parte un amigo, vosotros tenéis la costumbre de despedirlo deseándole lo mejor: ¡Que seas muy feliz! Vosotros lo deseáis también a este peregrino que ahora se despide y yo correspondo de verdad con este mismo deseo por mi parte: ¡Uruguay, que seas muy feliz!

En este momento quiero recordaros una vez más que la auténtica felicidad sólo se logra estando cerca de Dios, que os espera para colmaros con todos sus dones, de manera particular en la Eucaristía. Que la celebración en el estadio “Centenario”, donde os impartí la bendición con el Santísimo Sacramento, la tarde misma de mi llegada, constituya para vosotros un recordatorio perenne de lo que ha de ser vuestra actitud como cristianos: vivir con la atención puesta en el Redentor y poner en práctica su consigna de amar a los hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados. Este y no otro tiene que ser el servicio diligente y cuidadoso, de la Iglesia en Uruguay a lo largo del Año Eucarístico y siempre.

2. Uruguay será feliz si sus familias responden afirmativamente al plan de Dios, abriéndose con generosidad al don de la vida.

Al igual que vuestro primer prócer, José Artigas, todos soñáis una nación próspera, libre y unida, que sea hogar común donde se viva la paz, el respeto mutuo y la convivencia en la justicia. Este sueño no es una utopía: tenéis que hacerlo realidad con la colaboración y esfuerzo de todos; los cristianos están llamados a ser los primeros en esta tarea necesaria y urgente.

Antes de dejar vuestra patria, quiero dirigirme nuevamente a los jóvenes, quienes me han regalado su amistad estos días. ¡Cuento con vosotros! Sed fuertes en la fe y dad testimonio de esperanza y de generosidad para construir un mundo mejor. Seguiremos unidos, rezando y dialogando, para que os mantengáis fieles al Señor, constantes en vuestro propósito, bien conscientes de que la sociedad nueva que anheláis no es obra fácil; para construirla hay que superar muchos obstáculos, sobre todo, los que anidan en el corazón del hombre. Pero, si mantenéis viva vuestra esperanza y vuestro compromiso cristiano, tenéis también asegurada la victoria. ¡Cristo es vuestra victoria! El es el amigo que nunca defrauda.

Entre los muchos y emotivos recuerdos de estos días, me llevo el del encuentro con los representantes del mundo de la cultura, de la Universidad Católica del Uruguay, “Dámaso Antonio Larrañaga”. Si vuestro país sigue aplicándose con todo esmero para que su cultura sea vivificada por los principios de la fe cristiana, hechos vida primero en los hijos de la Iglesia, estará asegurando su felicidad.

Haced cuanto esté en vuestras manos para que sea una realidad el “evangelio del trabajo” y la “civilización del amor”, que fueron tema de nuestra reflexión en Melo y en Salto respectivamente.

3. La Iglesia en Uruguay, es decir, cada uno de sus miembros unidos a los Pastores, será verdaderamente el alma de la sociedad uruguaya si no ceja en su voluntad por llevar a cabo la “nueva evangelización”, que ella necesita y a la que ha sido convocada con todos los países de América Latina, con motivo del V centenario, ya cercano, de la llegada del mensaje de Cristo a este continente. En el horizonte comienza a vislumbrarse también el gran jubileo del tercer milenio del cristianismo.

Ambos acontecimientos exigen una buena preparación para que maduren en frutos abundantes: frutos de convivencia social más justa y fraterna, frutos de vida cristiana más intensa y profunda, frutos de abundantes vocaciones para el servicio de Dios y de su Iglesia.

En Florida confié vuestras vidas, vuestras familias y vuestro trabajo a la Santísima Virgen, Capitana y Guía de los Treinta y Tres y Madre del pueblo oriental. En este Año Mariano, Ella nos protege de un modo especial. Dejaos conducir por María, Estrella de la Evangelización, que siempre señala el camino seguro.

4. Gracias, Señor Presidente, por todas las atenciones que me ha dispensado y por su generosa contribución al buen desarrollo de este viaje pastoral. Deseo manifestar igualmente mi gratitud a todas las Autoridades de Montevideo, Melo, Florida, Salto y Canelones, que han colaborado puntual y eficazmente con los representantes de la Iglesia, para hacer posible y facilitar mi viaje apostólico. Muchas gracias a todos.

A los hermanos en el Episcopado, con los que me siento tan unido, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, a todos los hermanos, hombres y mujeres, especialmente a los que sufren el dolor físico o moral; a todos digo desde lo más profundo de mi corazón: ¡Adiós y gracias! ¡Que el Señor os bendiga!

¡Uruguay, que seas muy feliz en el camino de tu nueva historia!

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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