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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS RELIGIOSAS DE BOLIVIA REUNIDAS EN LA CATEDRAL DE NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ

La Paz, Bolivia
Martes 10 de mayo de 1988

 

Queridas religiosas de Bolivia:

1. Me siento realmente contento de estar aquí en La Paz, hermosa ciudad del Illamani, de panorama y belleza impresionantes, donde he venido para encontrarme con tantos hijos de esta querida tierra, y en esta oportunidad, con las religiosas de Bolivia, tanto de vida activa como contemplativa.

Os saludo con todo afecto y os agradezco que estéis aquí. Muchas de vosotras habéis venido de lugares alejados, seguramente no sin sacrificio por vuestra parte, lo mismo que por parte de las hermanas que se han quedado supliendo vuestra ausencia. A todas quiero expresar mi más vivo agradecimiento por la abnegada labor que estáis llevando a cabo, a veces en medio de grandes dificultades, especialmente en favor de los más pobres y marginados: en la catequesis, acción pastoral directa, asistencia sanitaria, promoción humana, educación, vocaciones; destacando vuestra presencia activa en los hospitales, asilos de niños y de ancianos y en los centros de oración y de celebración litúrgica.

Tras haber escuchado la lectura del Evangelio, en que María, la llena de gracia, canta las alabanzas de Dios, os invito a meditar conmigo la Palabra del Señor con la misma actitud de la Virgen, esto es, dispuestos a escuchar con fidelidad y a responder con generosidad.

Para ser luz que ilumine con la fuerza del Evangelio a cuantos nos rodean, necesitamos meditar con frecuencia la Palabra de Dios en momentos fuertes de oración, mediante los cuales las personas consagradas siguen capacitándose más y más para dar y para darse. Efectivamente, esa capacidad de darse nace de la palabra divina y de la fuerza del Espíritu Santo.

2. La actitud humilde de escucha, de oración de la Virgen del “Magnificat”, mantendrá siempre su cualidad de pauta y modelo para toda vida consagrada. La asociación de María a Cristo Redentor, afianzada sin cesar por su fidelidad a la Palabra divina, constituye el secreto de su existencia como figura de la Iglesia: “Creer quiere decir “abandonarse” en la verdad misma de la palabra del Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente "¡cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!” (Rm 11, 33). María, que por eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro mismo de aquellos “inescrutables designios” de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio divino” (Redemptoris Mater, 14). ¿No son también éstos los designios que Dios mismo proyecta sobre vosotras, queridas Religiosas?

Si de veras queréis servir de ayuda a los hermanos, en primer lugar a los más necesitados, habéis de plasmar a diario vuestras vidas como una donación personas a Cristo, que en la Eucaristía sigue inmolándose, asociándoos, a la vez, a su obra redentora. En la meditación de la palabra y en la celebración eucarística es siempre Jesús, “pan de vida”, quien viene a nosotros para hacernos semejantes a El (Jn 6, 35. 48). Vuestro “sí” a la Palabra de Dios y vuestra asociación a Cristo en la economía de la redención sigue las huellas de María, que “se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo” (Lumen gentium, 56).

3. Deseo felicitaros por vuestra fidelidad y comunión con la Iglesia, con el Papa y los obispos los cuales son, según expresión del Concilio Vaticano II, “principio y fundamento de la unidad en sus Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal” (Ibíd., 23). Vuestra colaboración responsable con ellos, con los sacerdotes y laicos en las tareas de la evangelización aumentan en la vida religiosa el sentido de participación en la naturaleza sacramental de la Iglesia como misterio, comunión y misión.

La persona consagrada representa dignamente a la Iglesia en su condición de virgen, que espera con la lámpara encendida la llegada del esposo. Mantener de por vida esta actitud como quien guarda un gran tesoro, es un testimonio especial para la Iglesia y “un medio privilegiado de evangelización eficaz” (Evangelii Nuntiandi, 69). Efectivamente, la profesión religiosa os ha consagrado al servicio de los hermanos, en su situación concreta y en la perspectiva de la esperanza escatológica, esto es, con la mirada puesta en la última venida del Señor (Mt 25, 6; Ap 3, 20). La capacidad para inseriros en las más diversas situaciones humanas dependerá también de vuestra vivencia de esta esperanza cristiana.

4. Esta actitud de servicio a la Iglesia de modo incondicional y responsable, os ayudará a descubrir y anunciar el puesto y la dignidad peculiar que corresponden a la mujer en el mundo actual. “A la luz de María, la Iglesia lee en el rostro de la mujer los reflejos de una belleza, que es espejo de los más altos sentimientos, de que es capaz el corazón humano: la oblación total de amor, la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores, la fidelidad sin límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo” (Redemptoris Mater, 46).

Consagradas pues a Dios, por medio de Cristo Esposo, en la caridad del Espíritu Santo, habéis de hacer que vuestras vidas brillen como luz o transparencia del modo de amar y servir de Jesús. Sí. En el seguimiento de Jesús está la esencia y, por decirlo así, el culmen de la vida religiosa: “... Vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme” (Mc 10, 21). Vuestra presencia profética de personas consagradas en el mundo, de acuerdo con el carisma del propio instituto, será siempre un signo permanente y esperanzador de este seguimiento evangélico, con la peculiaridad de ser luz y sal, signo y estímulo distintivos del espíritu del sermón de la montaña.

5. Otro testimonio que debéis dar al Pueblo de Dios es el de la vida comunitaria, como signo eficaz de evangelización (cf. Jn 17, 23). Es éste un elemento indispensable en la vida religiosa, una característica que han vivido, desde los orígenes, todas las instituciones religiosas. Los vínculos espirituales no pueden crearse, desarrollarse y perpetuarse si no es mediante relaciones cotidianas y prolongadas en la vida de fraternidad. Por otra parte, la vida comunitaria es también ayuda eficaz para la perseverancia en el seguimiento evangélico.

Los quehaceres propios de la vida comunitaria, informados por la caridad evangélica, tienen como punto de convergencia la relación personas con Cristo y, en consecuencia, con el misterio de la Iglesia, que es misterio de comunión y participación. Poned pues todo vuestro empeño en cultivar esta vida comunitaria para reforzarla y hacerla cada vez más amable, de tal manera que se convierta en resorte precioso de ayuda recíproca y en vía inmejorable de realización personas. Esto exige que todos los miembros se sientan corroborados en el mismo propósito de ser un testimonio de amor evangélico, como sucedía en las primeras comunidades eclesiales: “La multitud de los creyentes no tenían sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyo a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos” (Hch 4, 32). “La unidad de los hermanos pone de manifiesto el advenimiento de Cristo (cf. Jn 13, 35; 17, 21) y de ella emana una gran fuerza apostólica” (Perfectae Caritatis, 15).

6. Al igual que en otros lugares de América Latina, también aquí los pobres sufren toda clase de privaciones. Con excesiva frecuencia les falta lo indispensable para vivir como personas humanas y como hijos de Dios. Hay campesinos, mineros y otros muchos trabajadores y habitantes de los barrios marginales de las ciudades, que no ganan ni para dar el alimento necesario a sus hijos. Hay también nuevos pobres y nuevos marginados, fruto de una sociedad materialista que pone en el corazón de la familia y en el corazón de los trabajadores y de los jóvenes, como objetivo principal, el deseo desenfrenado de confort, ganancia y dominio, que es el germen de toda violencia y opresión (cf. Sollicitudo rei socialis, 37).

Todas vosotras, aportando cada cual lo peculiar de su propio carisma, habéis de ser servidoras de los pobres, en los que Jesús está presente de una manera especial y preferente. Cristo os espera en los diversos campos donde hay que derramar la caridad a manos llenas. Vuestra fidelidad a la Palabra divina, vuestra vivencia cotidiana del misterio redentor presente en la Eucaristía y vuestro seguimiento evangélico a Cristo, os harán descubrir nuevos campos de evangelización y al mismo tiempo os harán disponibles para dedicar toda vuestra vida a estos servicios de caridad y misión.

7. Una de las consecuencias de la pobreza en Bolivia es la deficiencia de la educación en general, pero de una manera especial en las zonas rurales y en los barrios y sectores marginados, donde las condiciones de vida son más precarias. Sé que muchas de vosotras trabajáis directamente al servicio de los más pobres, por medio del movimiento “Fe y Alegría”, mientras otras estáis inseridas en otros servicios de la pastoral y de la educación. Un campo especial de vuestra actuación en favor de estos ambientes necesitados es la labor con las personas responsables como son los educadores, animadores de las comunidades, catequistas, etc. Es necesario animar en todo momento a estos colaboradores y colaboradoras para que trabajen sin decaimiento, con espíritu y generosidad evangélicos. Todo evangelizador, sea laico, sacerdote o persona consagrada, ha de acercarse a los pobres con un corazón “manso y humilde” que busca la luz en el Evangelio, y con una vida pobre que no pretende su propio interés o imponer sus criterios personales.

No habéis de olvidar que el testimonio de vuestras vidas es muy importante en medio de una sociedad acosada por la tentación de invertir los valores y de buscar, por encima de todo, la seguridad y el bienestar personal: tener y poseer más. Las religiosas debéis dar testimonio de los valores evangélicos que salvan al hombre en toda su integridad. El testimonio de vuestra vida, como seguimiento de Cristo casto, pobre y obediente, pone en evidencia la falsa seguridad de los bienes de este mundo, cuando se anteponen al verdadero bien de la persona y la comunidad.

A la luz de Cristo, que es camino, verdad y vida, aparece claro que el hombre “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes, 24). En el contexto de la doctrina evangélica, de la que vosotras dais testimonio, se comprende por qué “el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene” (Ibíd., 35). Por esto la verdadera riqueza no consiste en tener cosas ni incluso en dar cosas, sino en la capacidad de darse a sí mismo y, consecuentemente, saber compartir la vida con los hermanos que sufren y que buscan la verdad. Vuestra virginidad, pobreza y obediencia son un signo del modo de amar de Jesús: correr solidariamente la suerte de los hermanos, darse a sí mismo, no pertenecerse, seguir siempre los planes salvíficos universales del Padre. Con vuestra vida sois “como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo” (Lumen gentium, 42).

Vuestra vida será evangelizadora, si la vivencia diáfana de vuestra consagración y la capacidad de relación personas con Cristo en su seguimiento se traducen en obras en el campo de la misión: que los pobres sientan la solidaridad fraterna de quien se da; que los solitarios y abandonados experimenten una cercanía nueva; que los sin voz descubran que hay alguien que les escucha de corazón; en una palabra, que todos encuentren en vosotras un signo personas de la presencia y del amor de Cristo que “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38).

8. La vivencia de los consejos evangélicos tiene una conexión directa con el reino y es signo escatológico de su inicio ya en la Iglesia y por medio de la Iglesia, sabiendo que su plenitud será en el más allá. Vosotras sois testigos cualificados del reino, en su presente y en su futuro. “Por esto la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de este reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansía unirse con su Rey en la gloria” (Lumen gentium, 5).

La evangelización no puede prescindir, sino que ha de tomar muy en cuenta la situación real, que ha de iluminar con el mensaje evangélico, a fin de que se despierte en el corazón de toda persona el hambre y la sed de justicia verdadera y la esperanza de una liberación integral del hombre.

Toda institución religiosa debe estar abierta a la colaboración con los demás, para compartir los bienes recibidos, para reforzar los servicios y para obrar armónicamente en la pastoral de conjunto y en la vida de la Iglesia local. La formación y el afianzamiento en el propio carisma, que se reciben principalmente en el propio instituto, no han de impedir la participación prudente en la formación intercongregacional, cuando ésta haya sido establecida por los superiores religiosos y jerárquicos.

9. Vuestras vidas y actividades constituyen una parte muy importante de la realidad eclesial. La Iglesia os necesita al servicio de su acción evangelizadora, como personas que forman parte responsablemente de su misterio y de su misión. Y para que vuestras tareas e iniciativas obtengan continua proyección en el tiempo, es necesario que muchas jóvenes escuchen también el llamado del Señor y se decidan a seguirlo mediante una consagración total a El. El testimonio de vuestra vida consagrada y el ejemplo de servicio a los hermanos, llevado a cabo con la alegría del discípulo que ama al Señor, será muy importante en la promoción de las vocaciones.

En Bolivia, aproximadamente el 60 por ciento de las religiosas son de otros países y sólo un 40 por ciento son bolivianas. Naturalmente toda vocación es siempre parte de la misma familia eclesial, en la que no hay extraños; pero es muy importante que se intensifique la promoción de las vocaciones nativas, para que la evangelización pueda llegar de forma más eficaz al corazón de cada una de sus culturas, tan variadas y ricas en este querido país. La vocación es un don de Dios. Y es toda la comunidad eclesial la que debe convertirse en comunidad orante para que surjan vocaciones. El trabajo de la pastoral vocacional debe ser armónico, sin exclusivismos, ayudando a las jóvenes a abrir generosamente su corazón al llamado del Señor.

10. Os invito, por tanto, a la práctica de la oración ferviente y perseverante, como expresión de vuestro amor y de vuestro seguimiento a Cristo.

Seguir a Cristo es algo existencial. Los compromisos asumidos para poner en práctica los consejos evangélicos, son el modo más claro de expresar ese seguimiento, la imitación, la unión, la relación y la configuración o transformación en Cristo. Se sigue a Cristo y se le prolonga en el tiempo tal como fue: casto, obediente, pobre, humilde, sacrificado, hecho donación total a los designios del Padre para la salvación de los hombres. Esta realidad de vida consagrada, a modo de prolongación de Cristo en la historia, rebasa el entendimiento y sobrepasa las fuerzas humanas; sólo es realizable gracia a tiempos fuertes de oración y de contemplación silenciosa y ardiente. Las religiosas de vida activa deben ser contemplativas a partir de estos momentos fuertes para ser también contemplativas en la acción.

11. En la Iglesia, desde los primeros tiempos, existe la vida consagrada en su forma de vida contemplativa y claustral. Las religiosas de clausura fueron las primeras en venir a Bolivia, y a ellas dirijo ahora mi cariñoso saludo y mi exhortación al seguimiento radical, al desposorio con Cristo, a la oración y a la sintonía profunda con la misión de la Iglesia. Ellas “mantienen siempre un puesto eminente en el Cuerpo místico de Cristo... y lo dilatan con misteriosa fecundidad apostólica” (Perfectae Caritatis, 7). Su estilo de vida ha sido, es y será siempre apreciado por la Iglesia porque son un estímulo para la dimensión contemplativa y escatológica de todo el Pueblo de Dios. Vosotras, hermanas contemplativas, habéis entrado en un “dinamismo, cuyo impulso es el amor” (Pablo VI, Evangelica Testificatio, 8), que os hace asumir más radicalmente las necesidades de todos los hombres. Vosotras sois “el amor en el corazón de la Iglesia”, como quería ser Santa Teresa de Lisieux, Patrona de las misiones, porque, viviendo en el corazón de Dios, vivís más cerca que nadie “los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo” (Gaudium et spes, 1), De vuestra fidelidad generosa y gozosa a la vida contemplativa y claustral depende en gran parte la abundancia y calidad de las otras vocaciones a la vida consagrada y sacerdotal.

12. El Año Mariano, queridas hermanas todas, debe ser un punto de partida, de ilusionado caminar hacia el tercer milenio, cuando la Iglesia siente la necesidad y la urgencia imperiosa de ser signo claro de las bienaventuranzas. Os manifiesto mi deseo de que, con la mirada puesta en María –la mujer consagrada por excelencia, como figura del desposorio con Cristo– profundicéis durante estos años la doctrina conciliar y posconciliar sobre la vida consagrada, de suerte que se os convierta en una verdadera “espiritualidad mariana”, que es espiritualidad del “sí” total y esponsal al llamado del Señor.

El “sí” de María, pronunciado el día de la Encarnación y mantenido durante toda su vida, debe ser para todas las religiosas y personas consagradas un estímulo y una ayuda en su entrega total al Señor. Aquel “sí” de María lo hacemos nuestro todos los días, en particular cuando decimos el “amén” al final de la oración eucarística.

Que María os acompañe en vuestro “itinerario de fe”, con su “presencia materna” (Redemptoris Mater, 24), en vuestra vida contemplativa, litúrgica y comunitaria, en vuestro apostolado y en todas las obras de misericordia que practicáis con tanta generosidad y entrega. Llevad mi saludo cariñoso a todas las hermanas que no pudieron venir a este encuentro, pero que están muy unidas a nosotros en espíritu. Para ellas y para todas las religiosas y personas consagradas de Bolivia, mi Bendición Apostólica.

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

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